José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz
Antes de la instalación del agua corriente domiciliaria y mucho antes de la generalización de la lavadora eléctrica y automática en la práctica totalidad de los hogares españoles, la colada doméstica se llevaba a cabo por la población femenina aprovechando corrientes naturales de agua, al aire libre, unas veces de manera indiscriminada, otras propiciadas por los ayuntamientos y otras más por particulares. En estos dos últimos casos ofreciendo ciertas comodidades e intimidad a las usuarias de los mismos.
En Caravaca tenemos información documental sobre estos lugares de uso común al menos desde 1548, cuando el Ayuntamiento prohibió, en ordenanza municipal concreta, que los hombres se detuviesen en los lavaderos públicos por lo que su presencia restaba de intimidad a las féminas en aquellos (conversaciones, posturas, ademanes etc).


Lo que hoy queda en Caravaca de aquella actividad es sólo el topónimo urbano de El Batán, cercano a la Glorieta, lugar donde se encontraba el último lavadero usado por la población femenina local.
Los mayores recuerdan un viejo lavadero de uso público ocupando parte del espacio donde hoy se encuentra el Hospital Comarcal del Noroeste, y lugar denominado entonces El Huerto, en terreno propio del matrimonio formado por Mateo Jiménez Sánchez (Mateo el de la Pesquera) y Ángeles Martínez-Carrasco López, donde luego se ubicó, temporalmente, el Campo de Fútbol en el ecuador del pasado siglo. Aquel lavadero lo erigió Mateo aprovechando una desviación del agua que venía, y viene, desde Las Fuentes del Marqués por acequia paralela al Camino del Huerto. Su propietario tuvo allí como empleada a Fermina, quien se ocupaba del control de acceso, aseo y orden en su interior, además de cobrar el oportuno e irrisorio importe por la utilización de las instalaciones, de todo lo cual rendía cuentas cada noche al dueño.
Al lugar se accedía por estrecho camino de tierra, que recorría uno de los laterales del complejo de Las Delicias, donde hoy se encuentra el instituto de Educación Secundaria Ginés Pérez Chirinos; espacio cercado por larga tapia de mampostería enlucida de blanco. El camino se veía continuamente transitado durante el día por las mujeres que, en barreños metálicos o cestos de mimbre a la cintura, o sobre la cabeza, trasladaban la ropa sucia para lavar, o ya limpia de regreso al domicilio. La actividad en su interior tenía lugar sobre todo, durante las horas de sol, para facilitar el secado, en sus inmediaciones, razón por la que en su interior no había luz eléctrica.
Simultáneo en el tiempo y heredero de la clientela de aquel, cuando el espacio se dedicó a otros usos, fue el lavadero de El Batán, en el costado de lo que fue Cruz de los Caídos, con entrada desde Maruja Garrido, ocupando el sitio donde anteriormente había habido un batán ó edificación dedicada a la manufactura de la lana animal, para tejer paños con la misma. (Téngase en cuenta que Caravaca basó parte muy importante de su economía en tiempos pasado en la cría y cuidado del ganado lanar, obteniendo del mismo no sólo carne sino piel y lana que se exportaban en diversas direcciones por la geografía nacional).
El lavadero de El Batán estaba atendido por Juana la del Batán quien lo tenía arrendado a quien lo edificó y fue su primer propietario: José Jiménez Bustamante, padre de Mateo el de la Pesquera ya mencionado (quien regentaba un almacén de ultramarinos en la C. del pintor Rafael Tejeo, frente a la ferretería de D. Liberato Díaz). Juana vivía con su familia en edificación anexa al lavadero y actuaba como guardesa del mismo, cobrando la entrada, reservando lugares, cuidando de la limpieza y manteniendo el orden en su interior.
Las mujeres solían llevar la ropa sucia por las tardes, depositándola en cocios de barro o barreños de cinc en agua jabonosa. Al día siguiente se procedía al lavado, generalmente utilizando las primeras horas del día, tras haber permanecido las prendas a remojo toda la noche y aprovechando las horas de sol para el secado de aquellas, en espacio anexo al aire libre. Las más madrugadoras cogían los mejores sitios, que siempre eran los más cercanos a la entrada del agua. A veces, las usuarias se enredaban en discusiones relacionadas con la ubicación, que Juana dirimía con tacto, echando mano de la experiencia. También había sitios reservados ciertos días a ciertas horas, a lavanderas a sueldo de las casas principales, cuyo abono se producía por temporadas completas.
El lavadero de El Batán respondía a una tipología constructiva muy común en toda España, con variantes según la climatología del lugar, habiéndolos cerrados y abiertos, en lo que se ha convenido en denominar Arquitectura del Agua. El que ocupa nuestra atención era abierto, ocupando un espacio cuadrangular por cuyo centro, en sentido longitudinal, corría el agua que, como en el caso anterior venía de las Fuentes del Marqués derivadas desde el Templete hacia el Río Ramoncico. A ambos lados de la acequia se situaban las losas de piedra, planas y ligeramente inclinadas hacia la corriente del agua, la cual iba a parar al Río Ancho tras ser utilizada para el riego (cuando el jabón no contenía los abrasivos que hoy tienen en su composición los modernos detergentes). El espacio se cubría con cubierta a dos aguas para proteger a las usuarias tanto del sol estival como de la lluvia y el frío en invierno.
A las puertas del Batán se congregaban muchos alpargateros que cosían las suelas de cáñamo en sus respectivos bancos de madera, creando un curioso ambiente en el que abundaban las bromas, los comentarios satíricos y las críticas más despiadadas, alternando con los piropos de mejor o peor gusto hacia las damas que se atrevían a pasar por allí. Otros grupos de alpargateros se reunían para trabajar en otros lugares de la ciudad, como El Hoyo, cuya actividad la describe, magistralmente el novelista Gregorio Javier en su novela Caravaca de la Cruz.
La actividad en el lavadero de El Batán concluyó a mediados de los años sesenta, a la vez que lo hizo la vida terrena de Juana, su cuidadora, cuando el agua corriente domiciliaria estaba ya instalada en toda la ciudad y comenzaron a instalarse en las casas lavadoras, primero mecánico-eléctricas y más tarde automáticas. Sólo puntual y ocasionalmente las mujeres visitaban el lavadero, prolongándose la actividad en el interior del mismo en las pedanías del campo, donde aún existen en pie y pueden visitarse en buen estado de conservación, en El Moral, Los Royos, el Calar de la Santa y Navares, entre otros, reconstruidos en época reciente con mejor o peor acierto, de cuyo aseo debería ocuparse alguien antes de que la suciedad reinante en el interior de alguno de ellos acabe adueñándose de los mismos.
Lavaderos de esta naturaleza pueden visitarse, reconstruidos, además de los mencionados, en El Chaparral (Cehegín), Ojós, La Garapacho (Fortuna), Abanilla y Barinas, junto a otros que sólo permanecen en el recuerdo de las gentes, caso de Alhama, Fortuna y Cieza, entre otros muchos.