MANUELA SEVILLA

Es Valentín una pedanía a la que la historia le ha hecho pertenecer a dos municipios: Calasparra, en el Norte, y Cehegín, al sur. No es el único caso que cuenta con estas características en España: Colonia Santa Eulalia (Alicante), Fontanosa (Ciudad Real) y, en la misma Región de Murcia, La Manga del Mar Menor, que pertenece a Cartagena y San Javier. Incluso hay algunas que pertenecen a tres municipios, como Casas del Pinoso (Alicante).

MANUELA SEVILLA

Es Valentín una pedanía a la que la historia le ha hecho pertenecer a dos municipios: Calasparra, en el Norte, y Cehegín, al sur. No es el único caso que cuenta con estas características en España: Colonia Santa Eulalia (Alicante), Fontanosa (Ciudad Real) y, en la misma Región de Murcia, La Manga del Mar Menor, que pertenece a Cartagena y San Javier. Incluso hay algunas que pertenecen a tres municipios, como Casas del Pinoso (Alicante).
Pero su historia comienza antes, en su origen romano, seguramente en el siglo I a.C. VAL es un apóstrofe de la palabra VALLE, y LENTIN, viene de la palabra árabe LITTIN, que se transforma con el tiempo en “lentín”, con el significado de fango, lodo, barro. El topónimo de VALENTIN, tiene su origen en el VALLE DEL BARRO. (Alcázar Pastor).
Ya aparece el nombre de Valentín en la relación de propiedades de la Orden de San Juan de Jerusalen en 1586 “…el sitio del molino Biejo de Balentin. El molino nuevo de Balentin una rueda este hizo también de nuevo el comendador mi señor” (Fray don Juan Jufre de Loaysa) y es precisamente la Ermita dedicada a San Juan Bautista, documentada desde 1725, la que hace de meridiano divisor del territorio. Dándose la anécdota, que siempre se ha dicho, que el cura daba misa en Calasparra y los feligreses la oían en Cehegín. También existen viviendas divididas por esta línea imaginaria que separan los dos municipios. Pero vamos a centrarnos en su principal característica, que lo hace único en España: el barro. Agua, tierra y fuego que mezclados resulta la esencia de Valentín. Agua del río Argos, tierra de su suelo arcilloso (margo-caliza de color gris y marrón rojizo) y fuego de sus hornos, que en un principio serían romanos, dado los vestigios encontrados cerca, y que, con el asentamiento de los moriscos en este núcleo de población, evolucionaron a los hornos morunos, que son los actualmente utilizados. El oficio de tejero de antaño nos lo ha relatado Antonio Alemán Marín, “El Rubio”, cuya tradición familiar se remonta a seis generaciones. La arcilla se arranca del mismo suelo donde está la tejera, se deja secar, pues sale húmeda, amontonada y en cinco o seis meses ya tiene su punto de maduración óptimo. En una balsa circular llamada “pilón” se mezclan cinco metros cúbicos de agua de acequia completándola con arcilla, amasándola con unas tablas. Una vez disuelta toda la arcilla se vacía de “arriba a abajo” a otra balsa más grande, para que se queden los posos en el fondo, que recibe el nombre de “pila”. Este proceso lleva un sistema de “aclaradores”, utilizados desde siempre en los aljibes y que aquí hacen la misma función. Reposa en la balsa y por decantación y evaporación del agua se hace el barro, permaneciendo dos o tres meses para que se forme una masa densa para su óptima utilización. Ya tenemos el barro preparado y pasamos a la fabricación de ladrillos, baldosas y tejas. Para la fabricación de la teja se utiliza la “grailla” (en otros sitios llamada gradilla), molde de forma trapezoidal de madera húmeda. Previo enarenado de los bordes y superficie, cada teja se hacía con una bola de barro que se extendía por toda la grailla, lo más uniforme posible, después se le pasaba el “radiol” (rasero) de abajo a arriba, hacia la izquierda y, de igual forma, hacia la derecha, terminándola de arriba abajo. Posteriormente se ponía encima del “galápago” (molde curvo sobre el que se coloca el barro para dar forma a la teja) para que tomara su forma definitiva; arrastrándola hacía él se ponía la mano debajo del galápago a la vez que se cogía un poco de agua para alisar la teja con la mano y, cerrarle los poros que pudieran quedar, mientras se llevaba a la era a tender. Allí permanecía dos o tres días secando en verano, en invierno más.
La cocción en horno moruno de planta rectangular se iniciaba con la “carga” del horno a mano. Pieza a pieza se “casan” separadas entre sí para dejar el paso del calor entre ellas con dos partes, la caldera, lugar donde se introducía la leña para el fuego, y la capacidad, lugar donde se introducía el material a cocer. La cocción duraba 24 horas aproximadamente, hasta que las llamas transmitían el calor por las distintas filas de material hasta la última fila. El momento en que se daba por terminada la cocción era un secreto que pasaba de padres a hijos ya que es el momento más importante de todo el proceso y aseguraba la mejor calidad de las piezas. Se dejaba enfriar de siete a ocho días.
Dadas las características tan importantes de la fabricación de este material natural, el barro, y de su forma tradicional de elaboración totalmente artesanal, que la hace única en todo el territorio español, nos preguntamos ¿para cuándo una denominación de origen que le asegure su buen hacer y su permanencia? Hoy en día quedan siete empresas tejeras de las cuales dos están en el término municipal de Calasparra. Su importante producción les permite tener mercado, tanto regional, como nacional e internacional, sobre todo en Francia e Inglaterra. Se ha utilizado también en numerosas restauraciones de monumentos nacionales como La Alhambra, la Mezquita de Córdoba y el Molinete de Cartagena, e internacionales como el Colegio Mayor de Bolonia.
Agua, tierra y fuego que con el hombre de Valentín forman el binomio perfecto de naturaleza y tradición, en esta artesanía que pervive en el tiempo.