ANTONIO F. JIMÉNEZ
La primera vez que entré al bar del Eladio puede que fuese una noche de sábado. Era el año 2004 aproximadamente. La puerta chirrió un poco y me inundó un fuerte aroma a sepia a la plancha. La barra era ya un cúmulo de servilletas arrugadas, platos vacíos, cañas, espuma, una ciudad entera de litros, propiedad de los cincuentones vestidos de trabajo queFinal de sábado en el Eladio allí había, con sus caras inflamadas, la barba de cuatro días, y un palillo roído entre los dientes. Uno no sabía si los asiduos estaban allí todo el día tomándose la última o qué. Parecía reiterativo, pero todos olían a sepia a la plancha. Algunos hojeaban el periódico, o elevaban la mirada hacia un reloj que estaba en el dintel de una puerta, tras la barra, o a la bandeja de plata donde el pulpo, o se apoyaban en el pollo de mármol y hablaban de cosas insustanciales mientras se encendían un pito tras otro y fumaban como cosacos, cuando se podía fumar como un cosaco en un bar como el del Eladio.
«¡Chema, ponte un litro!» era la frase más repetida. Nosotros, los amigos digo, la primera vez que llegamos, empezamos sentándonos en las mesas de la entrada, las que están en el pasillo, porque a la sala del fondo, que se veía como en penumbra, todavía nos daba como cosa entrar, quizá porque creíamos que a nuestros doce o trece años no éramos aptos o algo así, y nos limitábamos a pedirle al Chema la cena de todos los sábados: patatas de bolsa, olivas, patatas con ajo y un bocadillo. Así durante cinco años o más. Al acabar, íbamos a la barra y el Chema abría su manoseado bloc de notas, y con la mirada un poco en trance, decía: «Tres y medio cada uno». Claro, era la buena época en la que uno salía con diez euros y llegaba a casa todavía con un billete de cinco en el bolsillo.
No recuerdo qué noche entramos por primera vez a la sala del fondo, donde nos hemos criado unas cuantas generaciones de jóvenes entre el billar, los dos futbolines, la pared blanca que hacía las veces de pantalla para los partidos de fútbol, la diana con las puntas de las flechas ya dobladas, y los litros de cerveza. Lo malo fue que, cuando empezábamos a andar por allí como en nuestra casa, nos tocó la época de la crisis, y las cenas se redujeron a eso, al litro y poco más. Pero el Eladio seguía siendo el bar de encuentro, el bar de los grandes momentos. El Eladio ha sido el templo en el que celebrábamos nuestra juventud elevando la copa del vino y la cerveza. Uno se pone a recordar sus primeras salidas, sus primeras juergas, sus primeros amores, y ahí está el bar del Eladio. Siempre de fondo.
El domingo de la final de Alemania-Argentina llegué tarde a la terraza del Eladio. A mis amigos les quedaba nada para levantarse, pagar e irse. Yo lesGrupo de amigos en el Eladio acompañé a la barra y apareció el Chema de repente. Me dio en las espaldas: «¿Ahora vienes?», me dijo risueño. Nos contó deprisa que si no juega España la gente no está por la labor de salir a ver los partidos a los bares. Yo asentí. Mis amigos le pagaron. Nos despedimos de él dándonos algunos golpes en los hombros. Antes de salir, le eché un último vistazo a una pata de pulpo que me tenía inquieto, en la bandeja de plata, pero sólo me limité a morderme una vez más el labio inferior. Cerré la puerta y hasta otra. Hasta otra, pensé de verdad.
Dos días después, el miércoles, caminaba por la calle Francisco González Conde cuando me topé con un cartel, llamativo por el color naranja, en la pared del bar del Eladio. Se Alquila. Era lo que decían las letras. No pude parpadear. En ese momento me vino a la cabeza cuando el Eladio cerraba todos los noviembres durante unos quince días para sus vacaciones. Aprovechaban también esos días de descanso para cambiar el aspecto del bar: quizá algún cuadro nuevo, la disposición de las mesas, una pintura distinta, etc. Siempre era como entrar a un nuevo y viejo Eladio. No sé si me quedé durante unos minutos parado contemplando el cartel de Se Alquila en la pared de mármol del Café-Bar la Terraza, que nunca le llamábamos así al Eladio, como al Muelas nunca le hemos dicho Bar Hernández. Entonces, me fui poco a poco alejando. Mientras caminaba, imaginé el bar a oscuras, llenándose de polvo. La sensación fue la misma que si bajara del cementerio habiendo dejado allí a un ser querido enterrado. El Eladio fue el primer bar que pisé con la independencia y tranquilidad que sólo dan los amigos. Parecía extraño, pero no me venía ningún recuerdo a la cabeza. Tan sólo imaginé que si alguien metiese en el bar del Eladio una grabadora durante una madrugada entera, a la mañana siguiente se escucharían las sicofonías de todos los berridos que pegábamos, de las mil y una historias que nos sucedieron allí, los golpes de infarto en el futbolín, los toques maestros y refinados en el billar, el tintineo de copas, platos, el romperse algún vaso en el suelo, los mordiscos de león a los bocatas, los suspiros de cerveza, los dardos hincarse en la diana, el guirigay de los forofos del fútbol, como aquella vez que ganó España el mundial de Sudáfrica, que la tropa, descamisada y patriótica, metió al Eladio los bombos y las trompetas. También se escucharía, tristemente, entre esas sicofonías, el sonido violento y frío del caer metálico y definitivo de la persiana blanca.