Pedro Antonio Martínez Robles

La primera vez que usé un secador para el pelo tuve una extraña sensación de liviandad; tan grande era la ligereza que experimenté en la cabeza que creí haber perdido la cabellera. Yo no tendría más de ocho o diez años. Por entonces hacía poco que había abandonado la costumbre de bañarme en el barreño de cinc los domingos por la mañana, ya que mi padre, haciendo un esfuerzo económico que desbordaba las posibilidades de la familia, pero más que justificado, decidió construir en lo que era la antigua despensa del Hotel España –mi casa, al fin y al cabo–, un cuarto de baño en el que pudiéramos entregarnos con un mínimo decoro al menester de la higiene diaria. Me acuerdo que la despensa que albergó el cuarto de baño tenía unas paredes gruesas con una buena capa de enlucido de yeso duro como la misma piedra, que mi hermano Juan Carlos y yo nos encargamos de picar con una alcotana para que el cemento pudiera fijarse bien. La despensa –el cuarto de aseo luego– estaba orientada al saliente, ubicada en el entresuelo de la casa, en el segundo rellano de la escalera de caracol, junto a un pequeño mirador acristalado que había constituido, en tiempos de la fonda, el cuarto de planchar, todo ello bajo una larga y estrecha terraza que daba al huerto propio y a los huertos de las casas colindantes, donde no hace tanto aún podía oírse el canto del ruiseñor en las noches de primavera y verse a lo lejos, sobre los tejados pardos de las casas de El Pasico, las peñas rojizas del cerro y la mancha verde de las paleras en las ruinas del castillo. Hasta entonces, los baños en el barreño de cinc suponían un ritual semanal. En el invierno, mi madre calentaba el agua en una olla grande con la que iba llenando el barreño en el que luego nos metíamos para dejar allí, en ese aseo general, la mugre de todo el cuerpo, porque, durante el resto de la semana, lo que el agua y el jabón solía tocar se limitaba a manos, pies, cara y poco más. En el verano era diferente: en las sofocantes siestas de julio y agosto, y aun de junio, los chiquillos buscábamos los baños furtivos en las vaderas del Argos o en las heladas aguas del río Segura. Es posible que algunos jóvenes se sorprendan por la escasez de estas abluciones, como de tantas cosas que, en un tiempo tan sorprendentemente corto en nuestras vidas, han cambiado nuestro equipaje de usos y costumbres. Seguramente creerán que la magia de abrir un grifo, con la elección de agua caliente o fría, para que nos inunde la bendición del milagro que fluye por esos veneros artificiales que son las tuberías, es algo que ha existido siempre; sin embargo, a los que ya hace tiempo que pasamos del medio siglo, nos siguen sacudiendo la memoria aquellos días en que nuestras madres tenían que cargar sus barreños de ropa en la cabeza para ir a lavar al río en invierno y en verano, y los cántaros en la cadera para buscar en la fuente del Secano o de la Corredera el agua de beber y de guisar.

No estaría de más que cada vez que viéramos caer una gota de agua que gratuitamente se pierde por las cañerías del desagüe, pensáramos en ese manido comentario que tantos sostienen de que el tiempo está sujeto a movimientos pendulares, no vaya a ser que algún día tengamos que volver a bañarnos en barreños de domingo en domingo y hacer cola frente a un hilo de agua de una fuente pública para volver a nuestras casas con el cántaro en la cadera.

 

 

 

3 de octubre de 2019