Pedro Antonio Martínez Robles.

Mientras escuchaba la noticia en el televisor no pude evitar acordarme de la tarde en que José María el Rechupete, que en paz descanse, tuvo el atrevimiento –o el sincero coraje– de discutir, en medio de un charco de estupor, con aquel asalariado cultural que en la segunda mitad de los años 70 expandía sus conocimientos cinematográficos de carácter provinciano de cine forumen cine forum, organizados por la Obra Cultural de una caja de ahorros. El hombre, tras aguardar infructuosamente la solución de un problema técnico que impedía la proyección de la película, se dirigió al auditorio para explicar que, debido a contratiempos ajenos a la buena voluntad de la organización, no era posible proyectar la película prevista; pero que, como lo que realmente importaba, era el coloquio que él iba a moderar, el problema se resolvería con una sucinta explicación del largometraje para pasar a continuación al debate. Dicho de otra manera y en lenguaje más literario: que él nos contaba la película, y después nosotros hablábamos. Así fue como el hombre, con total autoridad, empezó a hablarnos del argumento, de los personajes y del desarrollo de la película. Hasta que, abrumado por tanto dato, y desilusionado por no poder disfrutar del motivo que a todos nos había llevado allí, José María interrumpió al hombre para preguntarle si, finalmente, iban o no a echarla película. El hombre, pacientemente, volvió a explicar las causas de aquella situación y más de un oyente se volvió para mirar con suficiencia, por encima del hombro, a José María por su desatinado comentario. El hombre prosiguió con su discurso y poco tiempo después José María volvió a interrumpirlo con la misma pregunta. El hombre, en esta ocasión, ni contestó, y José María, un poco hastiado y ofendido por la actitud altiva de aquel hombre, dijo: <<¡Jefe!, ¿sabe usted lo que le digo? Yo creo que usted se está riyendode nosotros.>> Se levantó y se fue. Y detrás de él nos fuimos todos, liberados con alivio de la hipocresía que nos ataba a aquel auditorio.

Me acuerdo muchas veces de aquella tarde, como me acuerdo con frecuencia del cuento del rey al que unos sastres pícaros presentaron desnudo a su pueblo, haciendo creer a todos que sus vestiduras mágicas sólo podían ser vistas por los puros, hasta que la inocencia de un niño desbarató la farsa.

De todo eso me he vuelto a acordar esta mañana mientras escuchaba la noticia en el telediario matinal. Como si se tratara de un evento extraordinario, de suma importancia, nos informaban de una nueva manera de mirar el arte en una galería de exposiciones francesa en la que sólo había paredes blancas –y creo, sinceramente, que el habitáculo nada tiene que ver con la sinagoga toledana de Santa María la Blanca–; ni un cuadro, ni una escultura, ni un mueble, ni una mala silla para reponerte de una angustia repentina. Es una manera nueva de entender el arte, si es que hay alguien que lo entienda. <<El arte del vacío>> –o el vacío del arte–. ¿No será que nos estamos volviendo un poco gilipollas?

 

11 de marzo de 2009