Pedro Antonio Martínez Robles

Mi bisabuela Dolores ni se escandalizaba ni se asombraba por nada. Yo creo que era una mujer que entendía la vida y por eso vivió hasta los 106 años. Ella iba con los tiempos, iba con la vida y por ello evolucionaba. Por eso, cuando un día le dije, a mediados de los años 70: <<Abuela, han subido a la Luna>>, ella, con la mayor naturalidad del mundo, me respondió: <<Ya lo sé>>. Y yo, que creía que lo iba a negar como tantos coetáneos suyos (y como tantos otros, mucho más jóvenes que ella) me sentí turbado por dos motivos: por su capacidad de entendimiento y su memoria, de una parte, y por la posibilidad de que llegara a pensar que trataba de burlarme de ella, de otra; algo que jamás se me hubiera ocurrido, ya que le profesaba un gran cariño y un profundo respeto. Sin embargo a mí, que nací 83 años después que ella, no me avergüenza admitir que a veces me han asaltado dudas acerca de ese viaje lunar; sobre todo cuando observo los fracasos sufridos –y a veces con dramáticas consecuencias– en los lanzamientos realizados desde Cabo Cañaveral, 40 y 50 años después de aquel grandioso episodio que sacudió los cimientos del mundo entero. Hoy, a medio siglo de aquel acontecimiento, nos ofrecen en los noticiarios la proeza que realizan los astronautas al alcanzar la órbita de la Estación Espacial Internacional, a 400 kilómetros de la Tierra, cuando para llegar a la Luna, fue necesario cubrir los casi 400.000 kilómetros que nos separan de ella y con unos medios más limitados de los que se disponen en estos tiempos de ahora. De cualquier manera, sería muy atrevido no admitir como cierto que el año de 1969 fue un año especial para todos. Aquel mes de julio de 1969, el mundo entero aguardaba expectante la llegada del hombre a la Luna que, además, sería retransmitida en directo a todos los países de la Tierra para que todos sus habitantes pudieran presenciar aquella hazaña, en nada comparable a cualquiera de las realizadas por el hombre a lo largo de toda la historia. Cierto que en aquel tiempo, los televisores aún andaban escasos y la gente se congregaba en torno a los aparatos colocados en los bares más adelantados y en las casas de los vecinos más pudientes o en las de aquellos que, aun con recursos limitados, habían realizado el tremendo esfuerzo de ahorrar durante años para poder tener en su casa aquella caja mágica que los conectaba con las imágenes y las voces de lo que sucedía en otras partes del mundo, y así, mientras se reposaba la cena y se daban las primeras cabezadas en los incómodos sillones de la época o los rudimentarios tresillos, los buenos vecinos acogían a aquellos que todavía no disponían de televisor para acercarlos al espectáculo de la imagen y el sonido que empezaba ya a desplazar a los aparatos de radio. De ese modo, y gracias a la buena vecindad, pudieron muchos asistir atónitos al espectáculo del alunizaje del Apolo 11, y poco después a los primeros pasos del hombre sobre la superficie de la Luna y conocer aquella sentencia que Neil Armstrong dejó escrita: “Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”. ¡Qué cosas! Yo siempre había creído que los grandes pasos de la humanidad se habían dado con el descubrimiento de las vacunas, la penicilina y esas cosas, pero debía estar equivocado.

 

 

 

12 de junio de 2020