Pedro Antonio Martínez Robles

Fotografía cedida por José Joaquín Bravo Coy 

Yo he visto los pies desnudos de los hombres pisar los granos de las uvas en el lagar de la taberna de Los Bravos, junto a la prensa de tornillo y los altos carteles de las corridas de toros. No me acuerdo de sus caras, pero sí de sus pies hundidos hasta más arriba de los tobillos en el mosto generoso que habría de darnos luego el vino. Los recuerdo moverse con esas pisadas trabajosas y lentas sobre la pulpa de los racimos. Es una visión lejana, como tantas y tantas que va archivando mi memoria y que el azar me trae en el momento más inesperado en una concatenación de imágenes, en una sucesión de fotogramas de esa amplia película que va siendo nuestra vida. Y ahí veo también a Rogelio inclinado sobre el grifo del gran tonel que había en la taberna justo al lado de la puerta de entrada, escanciando el aroma de la vid y de la vida, y veo las mesas bajas y las banquetas repartidas por el local, y a la clientela de costumbre y el murmullo de sus conversaciones. Y me veo también a mí, en la taberna y en alguna ocasión en el patio interior de la taberna, buscando un pellizco de fresco en las tórridas noches de los veranos, compartiendo con mis amigos el vino y los torraos, la cerveza o los refrescos, junto a una tortilla francesa, un moje de tomate o unos embutidos braseados por las incansables manos de Agustina.

Entrar en la taberna de Los Bravos no era entrar en un establecimiento frío e impersonal; era, ante todo, entrar en la hospitalidad de la casa, en un espacio acogedor y familiar en el que los clientes no eran distantes y ocasionales, sino asiduos y cercanos, con la cercanía de una amistad fraguada tarde tras tarde durante muchos años. No era lugar de mostrador y copa rápida, sino de estancia reposada y de tertulias sin televisor.

El tiempo, que tantas conductas modifica –quién sabe si para traerlas de nuevo alguna vez–, se ha llevado el sabor sosegado y familiar de las tabernas, los corros ante las mesas bajas y en banquetas a los que no importaba tanto beber como compartir. Una botella de vino de tonel y un sencillo plato de garbanzos torraos podían ser la excusa para vivir esas largas noches de conversación y amistad en las que la vida cobraba, tal vez, uno de sus más altos sentidos en las relaciones humanas.

Hace muchos años que la puerta de la taberna de Los Bravos se cerró para siempre y hay en su fachada un cartel que anuncia una próxima construcción de viviendas. Se levantará algún día sobre los restos de esa mítica taberna un flamante edificio en el que habitarán personas que quizá no lleguen a saber nunca que en ese espacio generoso donde se alzan los cimientos de su casa se compartió la vida durante mucho tiempo y se forjaron amistades inolvidables, un espacio en el que yo, con apenas cinco o seis años, probé las primeras gotas de vino de la mano temblorosa de Fernando Oliva, ignorando entonces que con aquel simple y prohibitivo gesto habría de iniciarme en los arcanos misterios de esa bebida y su milagro. Quizá los que habiten un día esas futuras viviendas no sepan que bajo sus pies hubo una vez una taberna llena de vida, pero será inevitable que hasta ellos llegue en las largas y silenciosas noches del invierno el murmullo de las conversaciones de quienes allí compartieron su vino y su amistad, y en las templadas noches de septiembre un rumor de pies caminando sobre los hollejos de las uvas que nos dieron su néctar a los que tuvimos la suerte de vivir aquellos años.

 

3 de mayo de 2021