Jesús Rodríguez Sánchez

Hace pocos días se celebraba “el Día mundial del Agua”, concretamente el pasado 22 de marzo. Probablemente, la inmensa mayoría de ciudadanos ni se dieron cuenta, pese a que unas de las razones para dicha celebración es que actualmente, 2.200 millones de ciudadanos del mundo, no tienen acceso al agua potable.

                  En 1.998, a finales de febrero, el grupo CARALLUMA, celebró unas jornadas con el título: EL AGUA: Un recurso escaso. Pocos serán los que lo recuerden. Por entonces, la población humana que no tenía acceso al precioso líquido, no llegaba a los 1.200 millones de ciudadanos.

Está claro que no hemos avanzado nada, al menos en lo fundamental.

Lo peor es que estamos cometiendo un auténtico “ACUACIDIO”, palabreja que pensé haber inventado, pero resulta que no, que en Méjico ya la han utilizado con el mismo concepto que yo la concibo, es decir, el expolio y la destrucción de los recursos hídricos.

El Planeta Azul que describía tan magistralmente el añorado Félix Rodríguez de la Fuente, está compuesto, al menos en su superficie, de una inmensa mayoría de agua, pero es salada, no nos sirve para beber ni para regar… a no ser que la liberemos de la sal, proceso posible pero muy costoso. El agua dulce, la que podemos aprovechar directamente, se encuentra en los continentes, unas veces en superficie (ríos, lagos lagunas, glaciares y casquetes polares), o bajo tierra, en los acuíferos. La hay también en forma de vapor de agua, normalmente nubes. En todas sus manifestaciones forman lo que se conoce como “el ciclo del agua”.

El agua superficial, cada vez es más escasa, no sólo por el aumento de las temperaturas, también porque buena parte de la contaminación que producimos acaba en las masas de agua que están sobre la tierra. El agua subterránea, también es cada vez más escasa por un exceso de extracción que supera ampliamente a la recarga de esos depósitos subterráneos; pero no contentos con eso, además hemos conseguido hacer que fertilizantes agrícolas, lixiviados de vertederos, granjas y otros emisores, contaminen unos acuíferos que en muchos casos, tardaron varios millones de años en crearse. Es cierto que actualmente se han reducido estos procesos, al menos, teóricamente, pero decenas de años de malas prácticas difícilmente se reparan en unos lustros.

A finales del año pasado, el agua empezó a cotizar en el llamado “Mercado de futuros”. Yo no me atrevo ni a intentar explicar qué es exactamente lo que significa este espacio de mercadeo y compra-venta de un recurso imprescindible para la vida en la Tierra, al menos, tal y como la conocemos y sobretodo, tal y como la necesitamos los humanos para seguir viviendo. De lo que estoy razonablemente seguro es, de que dentro de 10 años, no habremos avanzado nada en repartir mejor éste cada vez más escaso recurso y que quizás sean 3.000 millones los ciudadanos que tendrán que beberse cualquier cosa para intentar satisfacer su sed e hidratar su cuerpo.

Muchos expertos, incluso economistas de postín, ya anticipan que la tercera guerra mundial será por el agua. Espero no estar aquí para presenciarla.