GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Cuando te llama el jefe y te dice que o te reincorporas y vas buscando heroína, o te saca en primera página como ejemplo a no seguir,Effie Grayno puedes esperar que ese temido momento de volver, al que te has enfrentado no se cuantas veces pensando por dónde empezar, porque no te llega el alma para querer ser mujer y ya no sabes si quieres escribir de Belén Estebán o la novia puta del chiste de Jaimito; la idea te viene, mira tú por donde, de la sabiduría del pasado, que asoma por facebook ni más ni menos que a pedir permiso para colgar un arte que no lo es tanto como el suyo para enseñar a adolescentes que se reían ante cualquier hoja de parra. Así que esta va por tí, Maestro, que tanto te gustan los prerrafaelistas y mis dibujos.
Si hoy se vuelven señalando a la adúltera con ojos, dedos y lenguas viperina esas puitones verbeneros que se han reconvertido en señoronas alegando en su caso «amor» mientras que en las demás no es más que «vicio», ni pensar quiero lo que pensarían de mi amiga de esta semana, que se convirtió allá por el 1850 en la peor de las esposas, pero en la mejor de las amantes. Porque lo suyo más que amor… fue falta.
Erase una vez el crítico de arte más famoso de Inglaterra: John Ruskin, hijo de un matrimonio ultrareligioso que lo había tenido ya cuando no tenían esperanzas y tanto lo quiso que no dejó espacio para cualquier otro amor ni más compañía que
los libros. Todo lo que fuese salir de la biblioteca podría suponer un grave peligro para su supervivencia, hasta ya bien grandecito lo acompañaba la madre a cualquier recado no fuese a pasarle algo. Pero el «algo» estaba justo en la vecina de al lado. Ruskin, que se había quedado en los gustos infantiles de los 10 años, se prendó de aquella vecina rubia de ojos azules, pero tenía 12 años, así que decidió esperar.
Cuando la chica tuvo edad, se casaron con la oposición de los padres de él, que no entendían que los dejase para irse con su esposa.
Pero resultó que aquí el erudito lo más que había visto desnuda eran las diosas griegas de los cuadros clásicos y cuando Effie se quitó la ropa, que tragedia, no tenía entre las piernas precisamente ninguna hoja de parra, sino más bien un ramillete de violetas. Y él, que no era jardinero para podar todo aquello decidió que no se acostaba con ella, ni esa noche, ni las de las siguientes años. Y como los cobardes, que ni firman la paz, ni hacen la guerra, la mantuvo en vilo con excusas de mal pagador: «tener hijos arruinará tu deliciosa silueta», «tenemos que esperar para demostrar nuestro amor», «los niños no me gustan». y ella, que estaba enamorada, como solo sabemos estar las mujeres, cepas y tontascas, le creía. No solo eso, sino que no la dejaba salir ni entrar, ni gustos ni aficiones y le echaba la culpa de no ser lo «bastante» buena para él. Luego se demostró que lo que no había sido fue lo suficientemente «niña» para él.

Pero en 1852 apareció John Millais, al que su marido había apadrinado y le pidió a la bellísima, y todavía virgen, Effie que posara para un cuadro:La Orden de Liberación.
Mientras ella posaba, él pintaba. Pasaban las horas, los días, los meses y los jóvenes se hicieron amigos.
El cuadro fue un éxito y Ruskin quiso otro para él. No tuvo otra ocurrencia que invitar todo el verano a joven pintor a pasar el verano con ellos. Mala idea que demostró que no hace falta cerrar las puertas a lo que al final entra por las ventanas. Millais y Effie Gray se enamoraron y al acabar las vacaciones, Effie decidió que no estaba dispuesta a vivir con un eunuco, por muy listo que fuese. Solicitó la anulación de matrimonio alegando que su marido era impotente. La que en los corros de té se lió no me lo quiero ni imaginar. El ofendido alegó que estaba loca y no quería tener hijos locos, pidió exámenes médicos y públicos que la pobre soportó estoicamente hasta que consiguió la anulación en 1854. Pronto recuperó lo perdido en cinco años, porque se casó con Millais y tuvieron 8 hijos.

Y mientras estos hacían cuadros e hijos, Ruskin intentó casarse de nuevo con otra adolescente, pero aquello ya no coló. Fue demandado por libelo y su reputación se perdió en el olvido de su nombre.