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TALLER DE ESCRITURA

Son dos hermanas. La mayor se llama Petra y la otra Leonor, nacidas en la hermosa sierra de Pontones, donde también sus padres nacieron.

Setenta y ocho años tiene Petra y setenta y seis la menor. A pesar de la edad que tienen ambas mujeres, se encuentran bastante bien. La salud de momento no les da problemas de ninguna clase. Dicen que las personas criadas en plena naturaleza no suelen tener tantos achaques como las que nacen en las grandes ciudades. Son personas inteligentes y ya, a su edad, han visto por conveniente trasladarse a Caravaca a vivir, donde desde hace unos meses forman parte de la “población”. En los cortijos de sierra ya no queda apenas nadie viviendo todo el año. Sólo, los fines de semana y los meses de verano se ven los cortijos alquilados, pero siempre con personas desconocidas. Creo que han sido las últimas en abandonar su hacienda. Y lo han hecho en contra de sus sentimientos, pero ya no podían seguir solas por más tiempo. Demasiada soledad.

Ahora están muy contentas con la opción que han elegido de vivir en la residencia de la tercera edad de Caravaca. Sobre todo Leonor, que es más dicharachera, ha encontrado el sitio perfecto. Siempre está en algún corrillo de charla. Petra también es sociable, pero a veces necesita sus ratos de silencio, y la lectura le ayuda a evadirse del bullicio de la casa.

Comparten habitación. Algunas noches contemplan el cielo estrellado desde el balcón, y Leonor comenta una noche:

—Este cielo no parece el mismo que nosotras mirábamos hechizadas en la pergola de casa. Les falta luminosidad a las estrellas, allí tenían vida las veíamos palpitar; aquí no tienen ese hermoso resplandor—. Petra pregunta:

—¿Tú no notas el aire más espeso, como si te costara más respirar?—. Las dos se miran y piensan dándole a la cabeza, éste es el aire y el cielo de la ciudad. Siguen echando de menos las maravillas de la Madre Naturaleza. Pero a pesar de todo son felices en esa esplendida casa. También tienen libertad para salir a pasear por el pueblo o para visitar viejos conocidos.

Han sido muy bien recibidas en el pueblo, pues aquí residen algunos de los vecinos de los que hace tiempo decidieron dejar o vender sus haciendas para mejorar su forma de vida. Algunos lo vendieron todo y emplearon sus buenos dineros en comprar terrenos, pisos, bajos y buenos coches. Algunos de ellos bajo la mirada acusadora de sus padres que adoraban sus haciendas y no querían abandonar ni vender, pero los hijos les dijeron: Son lentejas. Si quieres las tomas y si no, también. Más de uno murió de tristeza en los pisos que los hijos les proporcionaron, y nunca más volvieron a ver sus tierras.

El caso de estás dos hermanas ha sido distinto. Las dos solteras y sin nadie que les mandara lo que tenían que hacer, han agotado al máximo las posibilidades de disfrutar y trabajar sus tierras.

Era una familia pequeña pero bien estructurada. Fueron muchos los años que vivieron felices los cuatro miembros del hogar y todos los empleados que con ellos convivían. Los padres murieron muy mayores, pero todavía mantienen el recuerdo fresco de ellos.

No sintieron en ningún momento la necesidad de emigrar de su hogar para buscar la felicidad en otro sitio; ni otra forma distinta de vivir. Sus ambiciones se encontraban allí: al lado de sus padres y al cuidado de sus tierras.

No les faltaron pretendientes, en su momento, a ninguna de las dos hermanas, puesto que eran guapas y tenían buena presencia. Algunos eran buenos mozos, con dinero y ganas de agrandar sus tierras, pero recibieron calabazas. Ellas nacieron para solteras.

El reflejo y las vivencias que ellas habían percibido del amor  eran muy distintos de lo que ellos ofrecían. Sus padres, en ese menester, habían puesto el listón muy alto. Así que no llegaron nunca a ver en ninguno de aquellos muchachos el amor y el respeto que sus padres desprendían.

La naturaleza no quiso premiar a sus padres con ningún hijo varón, pues cuando nació la segunda hija, la madre tuvo problemas en el parto y el médico aconsejó no tener más descendencia. La pareja se conformó, y así vivieron muy felices con sus dos damiselas durante muchos años.

Sus padres y ellas nacieron en un caserío muy cerca de Pontones. Allí nace el río Segura en un paraje de ensueño, a pesar de que hace mucho frío en invierno.

Al unirse en matrimonio sus progenitores, hijos de terratenientes por ambas partes, reunieron muchas hectáreas de terreno con sus correspondientes cortijos. Eran muchos empleados los que se necesitaban para tener en producción tanto terreno. Todos eran conocidos, nacidos, como ellas, en aquellas tierras: hijos y nietos de anteriores trabajadores en las distintas fincas; todos las querían y, por supuesto, respetaban. Sus padres las enseñaron a trabajar, a respetar al prójimo y a amar la tierra. En aquel lugar había de todo. No se carecía de nada para poder vivir bien.

También les dieron una educación acorde con su posición.

Cuando tuvieron la edad de aprender a leer y escribir, les pusieron un maestro, que asistía a la casa puntualmente, para que les enseñara a ellas y a los hijos de los empleados que convivían con ellos o vivían cerca del cortijo. Al principio, el maestro llegaba en moto, pero pronto cambio la moto por un todoterreno.

Con nueve años Petra, y Leonor con siete, hicieron la Primera  Comunión. La Eucaristía y la fiesta se celebro en casa, en lo que fue un gran día para todos. Tuvieron muchos regalos, pero sus padres les tenían preparado uno muy especial, que no por especial fue el que más felices las hizo; eso sí, muy conveniente desde las perspectivas de sus progenitores: las habían inscrito en el colegio de la Consolación de Caravaca por unos años, no pocos…, en régimen de internas, para poder así continuar y terminar con la educación adecuada. Por respeto a sus padres, no pudieron expresar la decepción que se llevaron con el “regalo especial”.

Petra y Leonor no querían más educación, pues eran felices con lo que tenían en aquel maravilloso lugar. Y, además, no entendían cómo iban a vivir sin sus padres. Pero así fue. Fueron estudiantes brillantes, las dos. Y les sirvió para desenvolverse en todos los terrenos que tuvieron que pisar a lo largo de su vida. Cuando terminaron los estudios, decidieron, por voluntad propia,  volver a hacerse cargo de sus amadas tierras, de las que en ningún momento llegaron a olvidarse.