JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

FOTOGRAFÍAS: ANTONIO MARTÍNEZ LÓPEZ

Durante los primeros años setenta del pasado siglo, en España se vivían los últimos años del Franquismo. La “dictablanda” se había adueñado de la situación política y los españoles del medio rural estábamos más preocupados de obtener recursos económicos fuera del país (en Alemania y Francia sobre todo) y en la España periférica (Cataluña y Valencia), que del tema político. La emigración temporal o definitiva era la preocupación de las gentes desde hacía un decenio largo. Las zonas rurales se desangraban en un despoblamiento cruel y abusivo. Nada ni nadie se preocupaba por atajar esa sangría poblacional que no sólo se llevaba consigo sus cuerpos sino también costumbres y tradiciones ancestrales camino de ninguna parte.

 

Presentación en Murcia de "Los Animeros de Caravaca"

Presentación en Murcia de «Los Animeros de Caravaca»

Era la época de la valoración de lo que hacían otros…en otros lugares. De las películas americanas en que al abrirse el frigorífico doméstico la primera imagen que encontrabas era la del bote o botella de coca-cola. De la llegada vacacional estival de los emigrantes con un “pikú”, que no tenían empacho en hacer sonar por la calle, demostrando lo bien que les iba en Barcelona, o en Francia, desde donde habían venido en una “voitura” alquilada. La época que, con el gracejo que le caracteriza, cuenta el profesor Flores Arroyuelo haberse encontrado en un pueblo de Castilla, una tarde de domingo, a los pocos viejos que quedaban en el lugar, refugiados a las afueras del mismo, huyendo del estruendo que había en la plaza, producido por un grupo de música electrónica a cuyos sones se movían desacompasadamente los jóvenes. Sus tímpanos no aguantaban los millones de decibelios que producían aquellos instrumentos, acostumbrados como habían estado hasta hacía poco, a la música de cuerda y púa, con que habían acompañado siempre sus veladas en el pueblo.

En este contexto, un grupo de inquietos estudiantes universitarios caravaqueños, interesados cada uno en materias diferentes del aprendizaje como la Geografía, la Geología o el folclore, que habían dado sus primeros pasos en el mundo de la investigación en el seno del Centro de Estudios Caravaqueños bajo la entusiasta dirección del estudiante de Arqueología Miguel San Nicolás del Toro, Aquel grupo de estudiantes digo, en el que se encontraban Jesús López, Juan Montiel Vila, Manolo Ruiz, José María Marín y Paco Fuentes Blanc, preocupados cada uno en su especialidad por la situación en que iba quedando la Comarca Noroeste de la Región de Murcia, (entonces no denominada así aún, sino SIERRAS Y VALLES DEL INTERIOR, según término acuñado por el catedrático de  Geografía de la Universidad de Murcia Vicente Roselló, luego desplazado por el actual), Preocupados como digo por la situación de un espacio geográfico donde habían transcurrido su niñez y parte de su adolescencia, espacio geográfico más coincidente con los límites de la antigua baylía templaria medieval que con la división administrativa de Javier de Burgos de 1833, vertebrado aquel por la Sierra del Segura con criterios racionales, decidieron, casi sin proponérselo, en un movimiento instintivo de ideales juveniles, ocuparse de ese territorio desde los diversos puntos de vista que sus inquietudes y preparación les permitían.

Dos geógrafos, un folclorista (que además sabía tocar el guitarro), un geólogo y Paco Fuentes, que animaba en todos los campos.

Se percataron muy pronto del tesoro que había sido olvidado en su partida por quienes habían emigrado, o por quienes se habían sentido humillados y despreciados por haberse quedado, siendo como eran los depositarios, sin ser conscientes de ello, de toda la cultura tradicional prendida aún en las desvencijadas tapias de los viejos edificios deshabitados, en cuyo interior se rindió culto a la misma tiempo atrás. Quienes habían guardado sus guitarras, laúdes y bandurrias porque olían a viejo y sus hijos y nietos habían comprado el “pikú” o el tocadiscos posterior del que salían ritmos desconocidos para ellos, pero que parecían ser el futuro.

Quizás Jesús López era el más sensible a aquella pérdida, pues la había alcanzado a conocer tímidamente en su niñez de labios de su madre, que era del Campo de San Juan. Y en un coche R-5 de gasolina, prestado por su propio padre, entonces concesionario de Renault en Caravaca, comenzaron a salir a cortijos y aldeas del campo él mismo, Juan Montiel, Manolo Ruiz, José María Marín y Paco Fuentes ya citados anteriormente. Durante un par de años fueron de lugar en lugar, al encuentro con las gentes que recordaban canciones, ritmos, poemas, pasos de baile del repertorio tradicional. Por cierto, no siempre fueron bien recibidos por la increduidad de los lugareños, un tanto remisos a contar sus experiencias a alguien y joven, que teóricamente sentía curiosidad y se ocupaba de ellos y de sus cosas.

El encuentro de aquella célula inicial de lo que luego serían los Animeros de Caravaca, con el etnomusicólogo Manuel Luna Samperio fue providencial y definitivo, según ellos mismos confiesan sin el menor recato e incluso con orgullo. Una conferencia-recital de éste en la Escuela Normal de Magisterio de Murcia, y sobre todo su conferencia en el transcurso de la Semana de Estudios Caravaqueños, pronunciada en Caravaca en 5 de febrero de 1975, con el título FOLCLORE EN CARAVACA, sirvieron para que los integrantes ya mencionados de aquella célula animera inicial se dieran cuenta de que no estaban solos. Que lo expuesto y demostrado por Manuel Luna servía para ubicar y contextualizar las escasas referencias que ellos tenían de los antiguos grupos de animeros y de la música tradicional de la zona geográfica autoimpuesta por ellos mismos para su trabajo de campo. La disertación de Manuel Luna versó sobre los orígenes de los estudios de folclore durante el S. XIX, con una segunda parte dedicada a la Sierra de Segura, Moratalla y otros pueblos de lo que Luna denominó la ZONA DE LAS CIINCO PROVINCIAS, como una transición geográfica y cultural entre Levante y Andalucía. Aquella conferencia, afirma el autor del libro que hoy presentamos, Julio Guillén, tuvo un efecto inmediato sobre los cinco jóvenes, los “cinco magníficos” digo yo, quienes hasta entonces (vuelve a firmar el autor del libro) “eran demasiado modernos para estar en aquello”…y estaban muy por realizar “las revoluciones pendientes”, según palabras de Juan Montiel Vila.

Pronto a aquella célula inicial, a los cinco magníficos del movimiento animero, se incorporaron Domingón (de La Encarnación), Juan Gamboa (de Barranda), Daniel (del Campo de San Juan) y Policarpo (del Buitre), que vivían en la ciudad, formándose con todos ellos el primer grupo de animeros de Caravaca. Comenzaron a organizarse bailes cada sábado por la tarde en “El Rincón de Paco”, junto a La Lonja local, que entonces era de otra manera y lo regentaba Paco “el del Bar la Playa”.

El esfuerzo y entusiasmo, y también la suerte, propiciaron que el programa “Raíces” de TVE se interesara por los animeros. Se grabaron dos programas dirigidos por Manuel Garrido Palacios, en los que se llevó a cabo un recorrido por varios aspectos de las tradiciones de la zona: los alpagateros de Caravaca y la música de Nerpio y de las aldeas de La Risca y La Pava, en el término de Moratalla. Tres de aquellos “cinco magníficos”: Manuel Ruiz, Jesús López y José María Marín aparecieron en el programa presentando y contextualizando la música y el baile de los habitantes de los campos y sierras de Moratalla y Nerpio.

El efecto de este programa de TVE que, como saben se emitía en horario de máxima audiencia, en una época en que la televisión en España se reducía a sólo dos canales, fue muy positivo para los habitantes de la zona, ya que les animó a sacudirse aquellos complejos que muchos de ellos se llevaron a la tumba, y a poner en valor prácticas que estaban dejando de realizarse, aunque todavía siguieran presentes en la cultura colectiva de las zonas rurales.

Y este fue el comienzo de los Animeros de Caravaca, cuya trayectoria queda plasmada en el libro que hoy presentamos y que deja patente cómo gracias al entusiasmo de unos cuantos muchachos, imberbes entonces y venerables abuelos en la actualidad, recuperaron para el presente, y también para el futuro, un patrimonio a punto de desaparecer por culpa de un mal entendido progresismo que desplazó de manera inmisericorde tradiciones centenarias al rincón del olvido.

Luego llegó la investigación sistemática, y también científica, con métodos universitarios. Los descubrimientos archivistitos. La documentación, y también el lamento por la pérdida de una muy valiosa colección de partituras olvidadas en viejos y polvorientos cajones de los coros de las iglesias, con las sucesivas restauraciones de éstas. Se recuperaron del olvido, y también de la desidia, viejas composiciones vinculadas a las cofradías de ánimas gracias a la memoria individual y colectiva de tantos colaboradores anónimos a quienes desde aquí rindo mi particular homenaje de gratitud.

Junto al canto de ánimas se recuperaron tradiciones también perdidas como los juegos de cuadra y el juego de “los eneros”, entre otras, tan habituales entre la población campesina antes que la luz eléctrica se generalizara, y con ella llegaran otros modos de vida a la población rural.

A punto estuvo de irse al traste todo lo que olía a pasado, en un tiempo en que se valoró en exceso lo que otros hacían, en otros lugares “más adelantados”. Hoy podemos afirmar que todo ha cambiado mucho en muy poco tiempo. Que nuestra generación será estudiada como ejemplo paradigmático por los sociólogos del futuro con mucho interés, y será valorada positivamente por la capacidad de adaptación que hemos tenido, habiendo convivido con la educación tradicional que heredamos de nuestros padres, y con el futurismo en que están instalados nuestros nietos.

Afortunadamente, y gracias a muchas personas como nuestros “cinco magníficos”, nuestra generación ha entendido que es totalmente compatible el conocimiento del pasado con las ventajas del presente y la deriva hacia el futuro.

La edición de este libro, fruto de la tesis doctoral de su autor, Julio Guillén Navarro, aporta no un grano de arena sino un perfecto silla, labrado con sabiduría y exquisito gusto, al conocimiento del gran edificio que alberga nuestro patrimonio folclórico, patrimonio inmaterial y por tanto intangible, del que tan orgullosos nos sentimos.

Gracias al autor, a los informantes que de manera decisiva colaboraron a su trabajo sistemático y científico y también a la editorial Gollarín, en la persona de su director Paco Marín, por la sensibilidad una vez más demostrada hacia la investigación, conservación y puesta en valor de nuestro Patrimonio Inmaterial.