GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Todo el mundo me pregunta que cómo he decidido, a estas alturas de mi existencia, hacer un triatlón. Pues muy sencillo, como hacemos las cosas los españoles. “Gloria hija, ahora la natación…. ¿es que vas a ser triatleta?”  “¿a que hago un triatlón…” ¿a que no hay huevos?

Gloria López Corbalán entra en meta

Gloria López Corbalán entra en meta

A partir de ahí que os voy a contar que no sepáis los que lleváis mi “feis” al día. Todo fueron risas hasta que me di cuenta que había que hacerlo. Y al intentarlo también me di cuenta que era mucho más que nadar, montar en bici y correr.

Todo lo que hasta ese momento habían sido mis subidas al monte con mi toña se convirtieron en un aprendizaje que me ha valido este fin de semana para pasar la meta.

Cambié tacones por zapatillas, coche por bici, donut por nueces, horas por entrenamientos, siestas por kilómetros… Aprendí a sacar la rodilla en una curva (aunque con los nervios casi me llevo un voluntario por delante), a correr pero también a estirar, a saber parar pero nunca desfallecer, a nadar sin nervios y salir de la piscina no por las escaleras como Esther Willians, sino como los pescaos, por el bordillo y arrastrándome.

Se me fue la vergüenza (la poca que me quedaba) corriendo por las tardes alrededor de la piscina del poli viejo con mi casco y mi portadorsales, mientras veía a la gente de lejos en el chiringuito, en lo mío.

No mires y sigue. Otra vuelta, que no sales del agua hasta que no acabes las doce vueltas. Eso me decía Noa, mi entrenadora personal, como decía mi pequeño cuando me esperaba en la puerta de mi casa. Y tan personal, porque a todos mis horarios de madre, trabajadora y demás inconvenientes que fueron surgiendo puso una pega. Siempre ahí, siempre dispuesta, siempre positiva. Empezamos tarde, porque parecía que la vida me ponía a prueba para dejarlo todo a medias cuando aún había tiempo. Pero una vez empezamos no hubo quién, cómo o cuándo nos parara. Que yo cruzase la meta es el resultado de su trabajo, el tiempo que dedicó a enseñarme sin nada a cambio, es lo más valioso que me pudo entregar, y yo no podía fallarle.

Ni a ella, ni a todo ese grupo que estaba esperándome en la meta (los PR presentes y los ausentes). De qué sirven las victorias sino hay con quién brindar. No creo que hayan visto jamás tanta purpurina, pancarta ni bocinas en un triatlón. Yo participaba, pero ell@s habían ganado ya.

Y lo siento, no puedo decir que soy triatleta. Si acaso que participé en uno y lo acabé. Triatletas son todos los del equipo de Triatlón de Caravaca, que me apoyaron  y ayudaron hasta el último momento, con una sencillez que no les corresponde al sobreesfuerzo que representa hacer tres deportes en uno y en cuyo intento yo perdí un diente pero ni un solo kilo.

Me dijeron…ncuando pases la meta se te olvida todo, pero no es cierto. Se me olvidó que casi me matan a hostias en la piscina, que no perdí la bici porque fui la última en salir con ella y estaba sola en todo el campo de fútbol, que corrí con unas rayban y mi último aliento sin sentir las piernas a las seis de la tarde. Pero jamás olvidaré cómo montar un portabicis, que es una placa v20, cómo salir por un bordillo, el montón de mensajes y wasap de apoyo, las palabras de Noa animándome ni las caras de mis amig@s al llegar a la meta.

Los retos son los que hacen que la vida sea interesante y el superarlos es lo que le da sentido. Y es demasiado corta para desperdiciarla en cosas sin sentido ni pasión. Vamos a por el siguiente reto…