GLORIA LÓPEZ

«¡No, yo no seré como ellos!», escribiría Doris May Tayler, más conocida como Doris Lessing, en su biografía, huyendo de los convencionalismos contra los que siempre luchó, pero a los que no siempre ganó. Y así fue. Nunca fue como su madre, ni siquiera sería como todas las mujeres blancas nacidas en sudáfrica.
Nacida en Irán en 1919, pasó su infancia y juventud en Rhodesia (Zimbabue). A los 12 años leía como único pasatiempo y a los 15 años se independizó, comenzando a publicar cuentos en revistas sudafricanas, huyendo de un colegio de monjas donde se madre la había internado.
A partir de ese momento, su vida fue una lucha contra todo aquello que le venía impuesto, como el matrimonio o la maternidad, las relaciones con los negros o su vida en general.
En 1937 se mudó a Salisbury, donde trabajó como telefonista durante un año hasta que conoció a los diecinueve años, a Frank Wisdom, con el que se casó y tuvo dos hijos. Si bien el amor la sujetó unos años, no tardó en darse cuenta que la cocina no era su sitio. Una noche salió de su casa, dejando atrás marido y dos hijos y sin volver la vista atrás los abandona. Por aquel entonces ya colaboraba con un grupo comunista «que leen todo, y que no creo que hagan algo más notable que leer.», pero el jefe era Gottfried Lessing, del que se enamoró y con el que tuvo un hijo. Por ese entonces ya había publicado su primera novela, Canta la hierba.
Pero la novedad de los ideales, al igual que la del amor, dura lo que dura y pronto se dió cuenta que aquel grupo hablar mucho, pero hacer poco, y harta de volver a caer cada vez más en la misma espiral de conservadurismo abandonó grupo, comunismo y marido y en 1954 se marchó a Londres, esta vez con su hijo pequeño.
A partir de ese momento, comenzó su trayectoria como escritora. Sus recuerdos de infancia en África, su compromiso político y sus preocupaciones sociales hicieron de sus obras alegatos contra el choque de culturas, las injusticias de la desigualdad racial, la lucha entre los elementos opuestos dentro de un individuos y su propia personalidad, y el conflicto entre la conciencia individual y el bien colectivo. Sus cuentos y novelas ambientadas en África, publicados durante los años cincuenta y principios de los sesenta, denuncian el destierro de los negros africanos por los colonos blancos, y exponen la esterilidad de la cultura blanca en el sur de África. Por esos ideales, y escribirlos, quedó prohibida su entrada en Sudáfrica a partir de 1956.
Tampoco la desanimó eso, supongo que no tendría intención de volver, y siguió escribiendo:
niños de la violencia, El cuaderno dorado (1962), y continuó siendo atacada por «poco femenina» por la descripción que hacía de la ira y la agresión femenina. Los críticos aseguraban de sus heroínas que «trataban de vivir con la libertad de un hombre», cosa que ni mucho menos molestaba a Doris.
Más tarde llegarían la Buena Terrorista, (1985) y El Quinto hijo (1988); y en junio de 1995 recibiría el título honorario de la Universidad de Harvard . Ese mismo año visitará Sudáfrica para ver a su hija y nietos. Ironías de la vida, sería recibida como famosísima escritora por los mismos temas por los que 40 años antes había sido desterrada.
En el año 2007 se le concedió el Premio Nobel de Literatura.
Moriría un 17 de noviembre de 2013 tan alejada de los convencionalismos como vivió.