PASCUAL GARCÍA

Ya no veo muchachos por aquellas calles del Castillo, jugando al bote o al desentocao o dándole puntapiés a una pelota de goma cada tarde, luchando contra la tristeza del invierno que pretendía dejarnos en casa, porque afuera hacía mucho frío o soplaba un viento del demonio o había nevado. Tercos y firmes en una infancia necesaria y rebelde, los muchachos y las muchachas de aquellas calles altas y en pendiente arrostrábamos cada tarde las inclemencias de un clima hostil, pertrechados con la merienda y con las ganas enormes de estar con los amigos, de compartir las horas que huían hacia la noche de un modo irremediable y que nosotros íbamos alargando como un chicle infinito, porque esas últimas horas nos pertenecían a nosotros y ya no eran de la escuela ni de la huerta ni de la casa; la calle nos llamaba con un furor salvaje y libre y nosotros acudíamos como cervatillos saltarines o, a veces, permanecíamos sentados en los escalones de don Faustino o en la baldosa del Rogelio o en las cornisas del propio castillo, asomados al paisaje de la tarde y de la huerta, del cementerio melancólico y de la sierra imponente por donde llegaba el agua y las tormentas.


Será que los adultos viven en su propio mundo o que niños y hombres apenas se cruzan en un tiempo y en un espacio comunes, pero ya no veo a los muchachos agachados en el afán de las bolas, calzados con botas de agua, porque la lluvia ha inundado de charcos las placetas y nos gusta amasar el barro y pisar el agua. No veo a los que desconocen su porvenir y permanecen en el lugar donde los dejó la vida o donde los trajeron sus padres. Ignoran, como no puede ser de otro modo, lo que les depara el futuro y habitan con una pasión casi ciega un presente pausado como la corriente invisible de un río que se desplaza en dirección al mar de un modo imperceptible.
Me inquieta el destino de los que están en el suelo y hablan entre ellos con una amistad cimentada en los años y en la tierra. Tengo la impresión, sin embargo, de que ya no se reúnen en el Patio del Campanario ni en la Calle Castellar ni en Las Torres, de que los muchachos de hoy en día viven en otros ámbitos de tecnología depurada y gélida y de que, por ello, ya no son nuestros sucesores y apenas queda nada de nosotros, de los de entonces, en las calles idénticas de hoy. Ha cambiado tanto el mundo que cabe entero en una pantalla de ordenador o de un móvil cualquiera. Y uno se siente ya tan extraño subiendo desde la Plaza de la Iglesia en dirección al Castillo, que no parecen ni siquiera los mismos callejones ni las mismas puertas de madera ni los viejos muros carcomidos de las casas que siguen en pie, mientras echamos en falta a los vecinos que ya no están, que emprendieron el último viaje y han dejado una casa vacía con las ventanas cerradas y las cortinas sujetas y la puerta ciega por la que se nos antoja aparecerán en cualquier momento aquellos rostros del pasado que nos son tan familiares.
Ya no hay muchachos tirados en la calle, embarrados o sucios de polvo, sudorosos o helados de frío, pero felices de ocupar las afueras, de ser dueños de la tierra y del aire, que ha sido siempre el territorio natural de la infancia, el espacio de la aventura, de la confidencia y del misterio.
Mientras subo por los callejones barrocos de mi infancia me veo en las calles que ya no tienen muchachos y siento que ya nunca más volverán aquellos años.