PASCUAL GARCÍA

Ya tengo donde caerme muerto, acabo de comprarme un nicho en el cementerio de Moratalla; está justo encima de mi madre y me siento muy aliviado por descansar eternamente junto  ella. No he sido nunca sospechoso de padecer complejo de Edipo, sino más bien todo lo contrario, pues tuve la fortuna de tener una madre que sabía educar a un hombre y a una mujer sin conflictos psicológicos o emocionales. Es verdad que nos quisimos mucho, pero ni ella ni nosotros, sus hijos, tuvimos una dependencia nociva los unos de los otros. Nos gustaba y nos gusta estar juntos, pero podemos pasar largas temporadas sin vernos y, al contrario de otros, no nos pasa nada. Ahora estaré con ella por los restos, aunque, como no creo en la otra vida, me conformo con que nuestras cenizas, nuestros polvos se hallen cerca.

Parece que el tema de esta semana  resulta un poco tétrico, aunque la muerte es tan natural como la propia vida. No la quiere nadie, pero llegará de todas formas y sería estúpido negar este extremo o evitarlo. Lo importante es que ya tengo donde caerme muerto, pues, aunque no posea mucho dinero, hay un lugar reservado para el descanso de mis restos junto a los restos de mi madre. Es curioso que me alivie pensarlo, como si la muerte fuera menos a su lado, como si pudiéramos en algún momento reanudar nuestras viejas conversaciones sazonadas de ironía y buen humor y con esto hacer más pasable y grato el viaje de vuelta a la naturaleza, porque el polvo, ya lo dice la Biblia, volverá inexcusablemente al polvo, y si somos algo, somos lo más sencillo, materia y caos, sustancia y azar. Ahora tenemos la apariencia de seres humanos y acaso dentro de un tiempo alimentemos la raíz frágil de una mata de habas o de una colleja, pero la energía sigue ahí, en algún lugar nutriendo la vida y ese es el único Dios verdadero.

No quiero extenderme en vanas especulaciones teológicas, que alguien podría tachar de pesimistas y agoreras. He sido y soy un firme partidario de la vida, un servidor del amor, como lo fueron, entre otros grandes, Juan Ruiz y Lope, y un creyente de la felicidad y del placer, aunque no siempre fueron posibles; pero me he negado a la culpa de la emoción desbordada y el sentimiento pleno. He pecado mucho, por fortuna, pues al cielo en el que creo se entra con un amplio currículo de sensualidad, gozo y deleite. No estoy aún en la recta final y por tanto me quedan muchos bailes, algunos amaneceres, un buen número de copas, cientos de libros que leer y unos pocos que escribir, besos, caricias, éxtasis y dulzuras de la piel sin número. A mi edad he descubierto que lo importante es la eternidad del segundo que vivimos, del presente infinito, inextinguible y bellísimo que nos acoge con la hospitalidad generosa del universo.

Ya tengo donde caerme muerto. Lo fundamental vengo resolviéndolo con relativo éxito hace medio siglo, tomaré lo demás como he tomado lo anterior, como un regalo, como debe tomarse la vida. Cada día que pasa siento más y siento mejor; evito la mala gente que camina y va apestando la tierra, como escribía Antonio Machado, pero también a los que no celebran los dones de la vida, los que infectan nuestra alma con sus monsergas éticas y morales,  los que no salen a la calle cada día para unirse a la fiesta del mundo, los tristes, los atareados en exceso, los que no besan, los que no aman.

No nos queda más remedio que ser felices.