José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Otra de las personas que, por méritos propios, figura en la virtual orla de caravaqueños de adopción, que contribuyeron a configurar la sociedad actual, y cuyo recuerdo agradecido se materializa en el actual callejero, por acuerdo municipal en el año 2002, es la maestra doña Pilar Oliva Peña, natural de Hellín (Albacete), quien nació en marzo de 1892 y falleció en Caravaca en febrero de 1958, habiendo dispuesto antes de morir que sus restos abonasen la tierra caravaqueña a la que tanta dedicación prestó y a la que tanto quiso.

Dª Pilar y sus alumnos, hacia 1946

Dª Pilar y sus alumnos, hacia 1946

Doña Pilar, tras aprobar las oposiciones al Cuerpo de Maestros Nacionales, llegó a Caravaca, por concurso general de traslados, en octubre de 1934. Antes había ejercido la docencia en la pedanía cartagenera de Escombreras, después en la localidad orensana de Vega de Tascallana y, con posterioridad, en Jartos-Aliagas (Albacete). En Escombreras conoció al cartagenero Francisco Rosique García, ya viudo, con quien contrajo matrimonio del que nacieron sus cuatro hijos: Isabel, Pilar, Francisco y Juan Jesús, estableciendo el domicilio familiar en la caravaqueña calle Rafael (Arvizu), desde donde se trasladaron, después de la Guerra Civil a la Cuesta de D. Álvaro.

Doña Pilar se dedicó al ejercicio de la docencia como maestra parvulista y su esposo a la actividad comercial como agente y distribuidor de productos alimenticios.

En 1934, como queda dicho, y en plena República, fue destinada al centro escolar cuya denominación oficial era Escuela Graduada de Niños número 2. La Santa Cruz, ubicada en la calle del Poeta Ibáñez (tras su traslado urbano desde El Puente Uribe). Un caserón grande y destartalado, en cuya planta baja vivía entonces una familia, distribuyéndose en la primera y la segunda las diferentes aulas.

En la primera planta se ubicaban los párvulos, con su maestra Dª. Pilar (quien llegó a tener en ocasiones hasta 70 alumnos de ratio). Así mismo el Tercer Grado con su maestro D. José María Sandoval, y el Cuarto Grado atendido por D. Basilio Sáez Toral (quien era el Director del centro). También había en esa planta una pequeña cocina, sin uso inicialmente, aunque con el tiempo lo tuvo. En la segunda planta estaba el Primer Grado, del que era titular D. Ezquiel Moreno; y el Segundo, en manos de D. Pedro Luís Angosto.

Durante la Guerra Civil siguieron funcionando las aulas con los mismos maestros, los cuales, como el resto de sus compañeros, fueron objeto de la depuración franquista, tras la conclusión de la contienda. Dicha depuración, a instancias del Ministerio de Educación Nacional, la llevó a cabo un tribunal ubicado en Murcia, que solicitaba informes a los vecinos de cada uno de los maestros, sobre la ideología política y servicios prestados a la República, en base a los cuales unos eran repuestos en sus lugares de trabajo y otros apartados de la carrera. Dª. Pilar y el resto de los compañeros de aquellas Graduadas se salvaron de la depuración, no sucediendo lo mismo a otros enseñantes caravaqueños contemporáneos a éstos, que los lectores entrados en años recuerdan con sus propios nombres y apellidos.

Dª. Pilar fue siempre querida y admirada, no sólo por sus pequeños alumnos, sino por los padres y demás familiares de éstos. Su carácter bondadoso y afable le granjeó el respeto y la amistad popular, constituyendo su entierro, el 9 de febrero de 1958 una sentida manifestación de duelo a la que acudieron familias enteras y juntas, a testimoniar su pésame a Francisco y los hijos. Entre sus amistades más allegadas se recuerda a su colega Dª. Manuela Espinosa y  sus vecinos de calle: la familia de Los Rubios, Los Torrecillas, los Salcedo y la familia de Gil (el sastre). Mujer de su tiempo, las pocas salidas domiciliarias (al margen de las profesionales a la escuela), eran a comprar para el abastecimiento doméstico, a las tiendas de comestibles de Adelino (en la Esquina de la Muerte), los Romera (en la Plaza Nueva), Alfonso López (en la C. Mayor) y Luís el del bacalao (en la C. Balazote). Así como a las farmacias de D. Cayetano Laborda (la célebre Botica de las Columnas), y D. Luís Sánchez Caparrós (en la C. Mayor). Su afición principal fue el cine, al que asistía diariamente con su esposo.

Los años en la docencia de la posguerra le permitieron conocer el apoyo alimenticio que la Beneficencia Nacional prestó a la población infantil tras la obtención de la ayuda americana, después del bloqueo internacional a que fue sometida la nación tras la instalación definitiva del denominado Franquismo. Me refiero a la distribución de la leche en polvoque las propias maestras y cocineras al efecto, hacían durante los recreos a los niños, en vasos o botes que, cada día, además del material escolar, llevaba cada niño a la escuela. También de la distribución del queso americano,color naranja, que llegaba a España en grandes botes cilíndricos metálicos, y que no sólo se distribuía en las escuelas, sino también a través de Caritas y de Auxilio Social a las familias necesitadas. Ambos productos (leche y queso) los llegamos a conocer y saborear los de mi generación, y recuerdo sus altas cualidades nutritivas.

La economía familiar de Dª. Pilar estaba basada en su sueldo y en la actividad de su esposo, Francisco, agente comercial colegiado, especializado en productos alimenticios de calidad, simultaneada con la venta de esos mismos productos en tienda de comestibles que le fue traspasada por Ajote, en la Cruz de los Caídos; la cual a su vez la traspasó, con el tiempo, al tío José Izquierdo, abriendo después negocio similar en el número uno de la Gran Vía. Entre los productos representados por aquel, hay que mencionar las galletas Fontaneda, los chocolates Tárraga y El Castillo. Turrón El Almendro. Conservas de pescado Escuriz. Especies El Negrito y los embutidos El Pozo, entonces fabricados, en pequeña industria familiar, por Antonio Fuertes, padre del actual Tomás Fuertes.

Dª. Pilar se jubiló por enfermedad, aquejada de una grave cardiopatía, en enero de 1958, falleciendo un mes después sin haber podido disfrutar del descanso laboral merecido.

Sus antiguos alumnos, encabezados por Domingo Sánchez Martínez (Domingo el de Ferisán), solicitaron al Ayuntamiento local, en 2001, la dedicación de una calle como homenaje de recuerdo y cariño, que el Concejo concedió al año siguiente, sensible a la masiva demanda popular, en la zona urbana donde tantos maestros locales son recordados por las generaciones actuales. Su bondad, su generosidad, su altruismo y su solidaridad con los más débiles, la hicieron merecedora del lugar de honor,