Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Acabo de enterarme del fallecimiento de la esposa de don Germán, doña Julia, con la que me ha unido una amistad especial, fruto de la mutua admiración que nos teníamos su marido y yo, el maestro y el alumno, uno de los pocos maestros que tuvo la deferencia de aconsejarle a mi padre la necesidad de que yo estudiara, como lo hizo con muchos más, claro. Tal vez por esto y por un comportamiento intachable y de carácter noble he sentido siempre un cariño grande por ambos y, en los últimos años, por la mujer que ha sabido heredar la clase y la distinción de nuestro maestro de maestros, de una de las figuras más emblemáticas de la docencia moratallera.

Pero doña Julia tuvo por mí además una inclinación que yo he pretendido agradecerle siempre y en todo lugar. Nos hemos visto muchas veces en esa gala imprescindible para mí de la noche literaria en Moratalla por excelencia, en la que se entregaban los premios Albaricoque de Oro, se leía el pregón  y disfrutábamos todos de una velada inolvidable, donde yo mismo he sido alguna vez protagonista y que no olvidaré nunca. Doña Julia asistió siempre a estos actos, en su papel de viuda y embajadora del gran legado docente de su marido, incluido por supuesto el homenaje póstumo en el que se inauguró una calle en su nombre y la posterior comida en la Casa de Cristo.

La recuerdo pequeña, elegante, vivaracha y amable, muy amable. La recuerdo desprendida, obsequiosa y muy complaciente. Un día me envió a mi casa de Murcia un sobre con la única indicación de mi nombre y de mi grado académico: Pascual García, catedrático; solo eso rezaba la dirección y, sin embargo, llegó sin problemas hasta mi casa; pareciera que su entusiasmo y su admiración por mí hubiesen guiado la carta hasta mis manos sin contratiempo alguno, pese a la escasez datos.

Ahora recuerdo que de pequeño mi madre me contaba con orgullo que ella y mi tía Ramos le habían confeccionado el traje de boda a doña Julia, que sentía fascinación por ella como la sentía por todas las personas que nacían con clase, no con apellidos solo o con fortuna, sino con la distinción propia de los que son distintos e imponen sin querer un modelo a los demás. Y doña Julia tenía de todo eso sobradamente. Ayudaba por supuesto en su condescendencia, las palabras de elogio que le decía sobre mí cada  vez que se encontraban en la calle y, desde luego, las que no dejó de decirme a mí en cada ocasión en la que nos encontramos y yo la saludé con la consideración y el aprecio que no dejó de inspirarme nunca.

Es posible que su labor, dado el papel limitado de las mujeres de su tiempo,  se redujera a ser la compañera de un gran hombre, pero mucho de lo que fue don Germán tuvo que tener su origen en ella forzosamente, no por esa idiotez simplona y archirrepetida  de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, sino porque ambos, uno junto al otro paseando por las calles del pueblo, cogida ella de su brazo, mientras saludaban a todo el mundo y todo el mundo los saludaba con afecto y respeto, constituyeron una unidad irresoluble, un ser doble, benéfico, una imagen intachable e indulgente que fue ejemplo y espejo de algunas generaciones de moratalleros entre los que me encuentro yo.

Me hubiese gustado haberla despedido, haber cruzado por última vez con ella algunas palabras de cortesía exquisita que solo doña Julia era capaz de decir con el tono justo y adecuado de una gran dama.

¡Descanse en paz!