José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la región de Murcia

En silencio, sin hacer ruido y en paz, la que él merecía, nos dejó D. Ricardo López López en la primaveral mañana del 12 de abril, mientras la Semana Santa recuperaba su antigua “normalidad”, tras dos años de inactividad procesionista. Se lo llevó el “covid”, como a tantos, en lo que parece la recta final de su actividad asesina. Era persona de riesgo por achaques propios de la edad, y se cebó en él con la cobardía que ha acompañado a su funesta presencia entre la población durante más de dos años.

Ricardo López, de niño, con otros escolares caravaqueños

Don Ricardo ha pasado por la vida social caravaqueña sin hacerse notar en exceso. Se le ha encontrado cuando lo hemos buscado, pero sin alardeo alguno ni presunción de ningún tipo. Su dedicación a la enseñanza, en el Instituto San Juan de la Cruz, durante muchos años, dejó entre varias generaciones de discípulos impronta personal y científica, que a todos les ha valido en la vida, tanto profesional como humanamente. La enseñanza de la Física, materia en la que se licenció en Valencia y fue especialista, no sólo fue su profesión sino su vida, dedicando tantas horas a la preparación de las clases como a la impartición de las mismas.

Desde el punto de vista social fue presidente de la sociedad “Círculo Mercantil”, recordándosele como una persona activa, dinámica y con iniciativas que no siempre pudieron llevarse a cabo por razones diversas.

En el mundo festero, junto a un grupo de amigos, inseparables desde la niñez hasta que la vida los ha ido dejado en la cuneta, formó parte del grupo juvenil de “Taifas del Oasis”, en las filas del Bando Moro, como sección “junior” de los “Reales Halcones Negros del Desierto”, en el que a todos ellos los integró la edad, y donde seguían y siguen en el cortejo anual de la Stma. Cruz.

La pérdida de D. Ricardo deja un hueco difícil de llenar en una sociedad donde no suelen cubrirse los puestos vacíos, pues en ellos sigue siempre su recuerdo.

Su dedicación permanente a la familia en la casa de la Gran Vía donde siempre vivió fue otra de las características del hombre que fue, viendo crecer primero a sus hijos y luego a sus nietos, quienes le colmaron de satisfacciones hasta el último día de su vida, y de los que presumió con orgullo de padre y abuelo.

Su esposa Choni, sus hijos Ricardo y Fernando, sus nietos y los demás miembros de su larga familia lo echarán de menos, pero también lo echaremos de menos sus amigos, sus cabileños halcones, sus discípulos y la sociedad local, con la que nunca tuvo desavenencia alguna.