José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de La Región de Murcia

Otra de las personas que durante dos largos tercios del S. XX colaboró en la formación de generaciones de jóvenes que han regido los destinos locales en los últimos años, fue el maestro y profesor D. Juan San Martín Gutiérrez,  quien no nacido en Caravaca, hizo de ésta su tierra de adopción desde muy joven, sirviéndola en distintos frentes e integrándose en ella hasta su muerte.

Don Juan San Martín

Don Juan San Martín

Don Juan nació en Lorca, el 13 de agosto de 1904, fruto del matrimonio formado por Alfredo san martín y Soledad Gutiérrez, siendo el sexto de una numerosa prole formada por ocho hermanos: Trinidad, Alfredo, Lola, Lucía, Cayetano, Juan, Carlos y Solita.

Cursó los estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Murcia y, tras aprobar las oposiciones al cuerpo de Maestros Nacionales, fue destinado a la aldea gallega de Bande, desde donde, mediante concurso de traslados, llegó a Caravaca en 1933, siendo destinado al grupo escolar entonces ubicado en viaja casona del Puente Uribe que, poco después se dividió en dos (El Salvador, que fue a parar a la calle entonces de La República, y La Santa Cruz a la del Poeta Ibañez). D. Juan se integró entonces en el claustro de profesores de El Salvadordonde permaneció hasta su jubilación en 1964 con sesenta años.

Con profesores y alumnos del Cervantes

Con profesores y alumnos del Cervantes

Miembro destacado, desde su llegada a Caravaca, del Partido Radical que, a nivel nacional lideraba Alejandro Lerroux y en el que militaban jóvenes intelectuales progresistas, sucedió en la alcaldía local a Miguel Luelmo tras el cese gubernamental del Ayuntamiento que aquel presidía, por razones que no vienen al caso, siendo elegido alcalde en mayo de 1934, a la vez que su padre lo era, como miembro del citado partido político, en Lorca. Tuvo por concejales a jóvenes amigos de su misma ideología, como Pepe Mané, Miguel Robles Sánchez-Cortés, Luís Carrasco, Juan y Joaquín Rodríguez y Pedro Hervás, que fue quien le sucedió en la alcaldía dos años después, en febrero de 1936, cuando D. Juan dimitió por cuestiones personales.

Aquellos años al frente del Ayuntamiento no fueron fáciles ni de realizaciones de grandes proyectos, por culpa de la inestabilidad política nacional, con repercusión inmediata en lo local. Hubo problemas heredados relacionados con el personal y le tocó vivir desde la alcaldía el asesinato del juez Manuel Martínez, derivado de la investigación del robo de la Stma. Cruz. Sin embargo son de su época la configuración urbana del acceso  desde la Canalica y desde la Cuesta de la Plaza a la Gran Vía, ya roturada entonces pero en fase aún de relleno y nivelación. La colocación de los bancos de piedra (de las canteras de Cehegín), algunos aún en uso, en el Camino del Huerto y las restauraciones precisas y puntuales en el Cementerio y Plaza de Abastos, cuya inauguración, diez años atrás, se había hecho en condiciones muy precarias.

Con Federico García Sanchís, el 2 de mayo de 1951

Con Federico García Sanchís, el 2 de mayo de 1951

Contrajo matrimonio, siendo alcalde, en mayo de 1935, con Encarnación Hervás Abril, instalando el domicilio familiar en la calle de Don Fernando, en edificio propiedad de su suegro Vicente Hervás, donde, hasta entonces, habían vivido el médico Martín Robles y su esposa Carmen Muso. Allí nació su primera hija: Mari Sol, y desde allí hubo de partir hacia Lorca, para refugiarse de la persecución a que fue sometido cuando la ideología republicana se radicalizó.

Huyó entonces a Lorca, con lo puesto, y su casa en Caravaca fue asaltada, distribuyéndose entre los asaltantes todo el ajuar doméstico que, tras finalizar el conflicto pudo recuperar parcialmente en diferentes lugares de la ciudad. En Lorca permaneció oculto durante la Guerra, protegido por el médico Alfredo Pallarés, y de allí volvió en 1939, estableciendo el domicilio familiar en el Puente Uribe, junto al actual Museo de la Fiesta, donde nació su segunda hija: Mariló. Allí se ubicó la familia hasta 1952 en que construyó, de nueva planta, el clalet de Los Andenes (ó Carretera de Moratalla), donde falleció su mujer y él mismo, en julio de 1995.

Su formación intelectual le posibilitó la docencia en la referida escuela de El Salvador y simultáneamente en el colegio de enseñanza media Miguel de Cervantes, donde enseñó Lengua y Dibujo, entre otras materias, con prácticas didácticas muy eficaces en ortografía y conjugación de verbos, por ejemplo, que recordamos con agrado sus viejos alumnos, y que tanto nos han servido a lo largo de nuestras vidas. En El Cervantes sustituyó como socio (de aquella sociedad inicialmente constituida por D. Ángel Dulanto), a D. Rodolfo Bosque, profesor de Geografía e Historia. Allí formó parte del claustro de profesores junto a D. José Moya, D. Arturo Valenzuela, D. Francisco Martínez Mrete, D. Vicente Pla Guerrero, Dª. Encarna Guirao, D. Blas Rosique y D. José Reina, al que posteriormente se incorporó su yerno D. Teodoro Martínez Lax, al marchar a Murcia D. Arturo Valenzuela.

En el claustro de El Salvador tuvo por compañeros, entre otros, a D. Pedro Luis Angosto, D. Basilio Sáez, D. Francisco Reina. D. Jesús Álvarez, D. Enrique Richard, D. Ezequiel Moreno, D. José Solbes y Dª. Carmen Sola Loja, siendo sus más jóvenes colegas D. Juan José Jiménez y D. Luis Moya Puerta.

Como docente le tocó la época en que en las escuelas se ofrecía a los alumnos, en calidad de sobrealimentación, leche en polvo y queso americano que el profesorado se encargaba de distribuir durante el recreo infantil, tras las ayudas ofrecidas a España por el Plan Marsall, y la puesta a prueba de su imaginación para combatir el olor a humanidad en el aula, sobre todo en invierno, a base de utilizar un bote de agua y hojas de eucalipto sobre la estufa de aserrín, cuya evaporación purificaba el ambiente, muy cargado, cuado la ducha era un lujo no alcanzable para toda la población y la higiene brillaba por su ausencia.

Entre sus aficiones hay que mencionar el cine, al que asistía diariamente. La lectura y el cuidado de su jardín, cuyas rosas eran la envidia de paseantes por el Camino de Mayrena y Los Andenes.Cultivó la amistad en grado de veneración por sus más íntimos: Antonio Marín-Espinosa (Antoñiles), Paco Haro y Manuel campos entre otros, con quienes solía pasear al sol de la Plaza del Arco durante el invierno, y compartir la tertulia en la sastrería de Amadeo Caparrós, en la C. Mayor.

Don Juan, aunque desilusionado y alejado de la política desde su experiencia republicana, siguió colaborando en la vida pública local, aceptando la Secretaría General de la Junta Representativa de la Cofradía de la Stma. Cruz siendo Hermano mayor de la misma el médico oftalmólogo Miguel Robles Sánchez-Cortés, durante los años 1950 y 1951, años en que vinieron a Caravaca como mantenedores de los Juegos Florales el charlista y escritor de reconocido prestigio en toda España Federico García Sanchís y el no menos afamado comediógrafo Arturo Rigel, coincidiendo con el mandato como alcaldes de Antonio Guerrero Martínez y Manuel Hervás Martínez respectivamente.

Durante la posguerra, para sacar adelante dignamente a la familia, simultaneó la docencia con otros menesteres, actuando como agente de seguros y como representante de fábricas de lonas para la fabricación de alpargatas en la industria local.

Su honradez política y profesional, su tesón y pulcritud en el trabajo, su vocacionada dedicación a la docencia y sus técnicas aplicadas al aprendizaje de las materias escolares por él impartidas a sus alumnos, han hecho de su persona un referente moral y una figura merecedora de estar en el virtual cuadro de honor donde se sitúan quienes pusieron los cimientos éticos, intelectuales y sociales de la Caravaca actual, habiendo sembrado valores cuyos frutos hemos recogido las generaciones posteriores, beneficiarias en último término, de su ejemplo en todos los aspectos de la vida.