JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Llegó con su familia a Caravaca, en el ecuador del pasado siglo, como veterinario titular del Ayuntamiento, y quienes tuvimos la suerte de conocerlo y tratar con él, no se nos olvida su aspecto elegante, su porte señorial (siempre trajeado y con el periódico bajo el brazo) y su calidad humana y profesional. Al partir de la ciudad, muchos años después, algo de él mismo y de su familia quedó para siempre entre nosotros.

Había nacido en Madrid en 1904 y cursado la carrera de Veterinaria en la Capital por consejo familiar. Hizo el servicio militar en África y al regreso del mismo contrajo matrimonio con Soledad Peña Velasco, estableciendo el domicilio familiar en Madrid donde nacieron dos de sus cinco hijos: Soledad y José Antonio.

Su primer destino, tras la guerra civil fue Guadalajara, donde nació Manuel, l tercero de los hijos; y allí vivió la familia hasta 1944 en que se trasladó a la localidad albaceteña de Barrax, lugar con muchas posibilidades laborales por la abundancia de ganado mular, necesario entonces para la labranza de las grandes extensiones cultivadas. Eran tiempos aquellos de posguerra y el sistema de igualas, tan frecuente en la época, se hacía mediante permutas de servicios sanitarios por productos consumibles (trigo, aceite, embutidos, melones, vino…) cuyo excedente lo vendía la familia a una posada cercana, obteniendo así la liquidez en metálico necesaria para el sostenimiento familiar.

Allí nacieron sus dos hijos menores: Alfredo y Santiago y desde allí se desplazaba D. José a los pueblos cercanos, e incluso a Albacete, en flamante bicicleta “Super BH”, medio de locomoción muy habitual por los lugareños de las tierras planas de La Mancha, desafiando al frío invernal y utilizando en muy pocas ocasiones los únicos dos y destartalados taxis de que disponía la localidad.

En abril de 1955 la familia se trasladó a Caravaca tras la duda inicial a hacerlo a Antequera. Y optaron por nosotros por ser la nuestra, plaza de abundante ganadería, por la fama de sus ferias de ganado celebradas entonces en mayo y octubre, por el afamado mercado semanal de los lunes, por disponer de matadero municipal muy activo, por existir colegio de segunda enseñanza donde cursar el bachiller los hijos, y por su copiosa plaza de abastos donde diariamente se exigía control sanitario por las autoridades locales. Además, en la comarca existían numerosos rediles de ganado lanar y abundantes piaras de cerdos a los que vacunar periódicamente.

En Caravaca se ubicó la familia en el número 9 del Camino del Huerto, en casa alquilada a José López Abad, de la que supieron gracias a la gestión de su colega y jefe Desiderio Piqueras, con quien en adelante no sólo le unieron lazos profesionales sino también afectivos y familiares. Aquí, en Caravaca, reconoció muchas veces haber encontrado su “dorado”, con escuela cercana para los hijos: la de D. Blas Rosique y su esposa Pepita. Cines de invierno y verano, piscina y buenos médicos, entre quienes se encontraban los doctores Faustino Picazo, Ángel Martín, Alfonso Zamora, José Juan Parras; Miguel y Martín Robles; D. Esmeraldo y D. Nicanor Vidal. Farmacias varias, comercio variado y afecto sin límites por parte de sus gentes, quienes les acogieron como aquí se acoge al forastero.

Tras dos años de residir en el Camino del Huerto la familia se trasladó al número 17 de al Gran Vía, un segundo piso propiedad de los Mochis”, que tuvieron en adelante como el mejor observatorio local, con la cafetería Dulcinea muy cerca, los cines, el mercado y los desfiles festeros en sus orígenes.

La actividad diaria de D. José, veterinario de pueblo, comenzaba antes de las nueve de la mañana con la inspección de los puestos del mercado de abastos, donde se ofrecía la carne, el pescado y el resto de los productos que exigía el protocolo sanitario. A continuación recogía las pertinentes muestras en el matadero (entonces donde hoy se encuentra el “Hogar de Personas Mayores” en la actual avenida de Juan Carlos I, como recuerdan quienes disfrutan de cierta edad), acompañando a su colega Desiderio Piqueras. Juntos revisaban las reses sacrificadas y su aspecto interior. Recogía muestras de los cerdos para su estudio microscópico posterior en el laboratorio y, concluida la media jornada laboral coincidía con los amigos “casualmente, todos los días” a la hora de tomar unas cañas en los bares de moda entonces: “Bartola” (en la Cuesta de la Plaza), el “33” (en El Pilar), “La Oficina” o “La Peña Mariano”. Por la tarde su trabajo se centraba en el laboratorio examinando y validando, o no, las muestras cárnicas previamente obtenidas, en evitación de la aparición de infeccions provocadas, sobre todo, por la “triquina” de los cerdos. Cuando, por motivos profesionales hubo de desplazarse a localidades cercanas del campo y de la comarca, siempre lo hizo en el taxi “Fiat” verde de Tomás Lorente, utilizando el tren o “la Alsina” para los desplazamientos largos, pues nunca quiso tener coche para su uso particular ni profesional.

Entre sus amigos se recuerda a Francisco Capitán, al pintor Blas Rosique, a los maestros Francisco de Haro y Juan Antonio Ruiz Piñero. Al registrador José María Trueba de la Contoya y al doctor Antonio Calvo Mur, entre otros, con quienes formaba la habitual peña de matrimonios, y entre quienes destacaba por su afición al baile y a la música de zarzuela que cantaba con poco que se le pidiera, con buena voz y gusto musical.

En 1967, muy mermada la unidad familiar, tras la emancipación normal de los hijos, y con cuatro veterinarios ya en la localidad, el matrimonio decidió trasladarse a la localidad castellonense de Villarreal de los Infantes, donde permanecí durante sus últimos siete años de vida laboral y a donde le llegó la edad reglamentaria de jubilación. En 1974 regresaron a Murcia, estableciendo su residencia definitivamente en la Capital, donde falleció su esposa, en 1990 y él mismo, con cien años, en 2004