José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia.

Para muchos de los que hicimos nuestro bachiller en el Colegio Cervantes de la carretera de Moratalla, la sola evocación de los nombres de nuestros viejos profesores, la mayoría de ellos ya fallecidos, nos produce un inconmensurable sentimiento de ternura, unido a otros de agradecimiento y comprensión. Tal es el caso del sempiterno director del centro, y profesor de Matemáticas D. José Moya López, cuyo entrañable recuerdo actualiza en la memoria muchas vivencias y anécdotas de nuestra adolescencia y primera juventud.

Don José Moya López

Don José Moya López

Don José nació en Castellón en enero de 1918. Su padre, de Mula, era comandante de Artillería, por lo que los traslados de residencia eran frecuentes, habiendo nacido cada uno de sus hijos en lugar distinto. En Castellón vivió sus cuatro primeros años, marchando la familia después a Alicante, donde cursó los estudios primarios en el colegio de los HH. Maristas.

A los 12 años la familia se trasladó a Murcia, fijando su residencia en el Gobierno Militar (hasta hace pocos años en la C. Isidoro de la Cierva) muy cerca del colegio marista donde cursó el bachiller, entonces en la que hoy es facultad de Derecho del campus universitario de La Merced.

Al concluir el bachiller comenzó la carrera de Ciencias Químicas, que fue interrumpida por la guerra civil, habiendo de marchar obligadamente al frente de Madrid. Como a tantos que lucharon en el frente republicano no les sirvió la mili, por lo que al terminar se enroló en las Milicias Universitarias, haciendo los preceptivos campamentosen Montejaque, y las prácticas, como alférez, en Vitoria y Montserrat.

Terminó la licenciatura en Murcia, y el doctorado en Madrid, pensando en dedicarse a la industria química, con ofertas tentadoras de la refinería de Escombreras e incluso de una multinacional mejicana. Sin embargo, un tío suyo (Manuel López), de Mula, le informó del traspaso de un colegio en Caravaca, propiedad del riojano tan recordado por la generación de nuestros padres D. Ángel Dulanto.

Con 25.000 pts. Que le prestó otro tío, constructor de oficio, se hizo con el Colegio Cervantes en 1944, en un edificio propiedad de los herederos del médico D. José de Haro, sin profesores y todo por hacer y organizar.

Echó mano de colegas conocidos en Murcia, tales como D. Rodrigo Fuentes, D. Rodolfo Bosque, D. Vicente Pla, D. Arturo Valenzuela y D. Francisco Mirete; junto a la caravaqueña Dª. Encarna Guirao, que acababa de terminar la carrera en Valencia, D. Juan San Martín, con fama de sabio y serio, D. Blas Rosique y D. José Reina (que se encargó de la Secretaría), a quienes hizo socios en la empresa docente, haciéndose cargo en solitario del internado.

Don José ontrajo matrimonio en 1945 en Madrid, con Carmen Mira Caballero, alicantina, hija de un músico, director de orquesta en la capital, instalando el domicilio familiar en el edificio del Colegio, donde nacieron sus tres hijos: Carmen, Fefi y Pepe. Cuando el internado creció hasta llegar a los cien alumnos allí viviendo, la familia hubo de alquilar un piso a Juan Aznar, en la Gran Vía, donde se trasladaron los hijos al cuidado de las criadas.

De la limpieza del inmueble y los trabajos de cocina y comedor, se encargaron, entre otras, Carmenla Pomenta, María Alfocea y Rosario Sáchez Collado, la Gamba; así como Apolonia y Teresa Gázquez, que vivía en el Barrio Nuevo.

Entre los internos, cuya formación integral encomendaban los padres a D. José, se recuerdan, entre otros muchos, a Donato, de Almaciles. Gustavo Adolfo Álvarez. José Sánchez, de Inazares. Emilio Pérez Piñero, de Calasparra. Los hermanos Roger, de Murcia. Pepe Sánchez el Cura. Teodoro y Jesús Román, de Puebla de D. Fadrique. Rubira, de Calasparra. Jesús Medina, de Almaciles. Salvador García Ayllón y Palazón El Canario, de Mula. Ginés Ortega, de Bullas. Enrique Briones, de Albacete. Severiano Arias, Eladio Palomares, Gonzalo Pato y otros cuya relación completa es imposible en un texto de extensión limitada como este.

La vida al frente del Colegio y su internado exigía una dedicación de 24 horas diarias, incluidos domingos, a pesar de lo cual D. José fue un lector empedernido, sobre todo de novela histórica y de ensayo; aficionado al fútbol y a los toros y deportista andariego y nadador hasta los 83 años. Amante del flamenco y de los espectáculos de revistaque solía ofrecer la empresa Orricolos lunes, con motivo del día de marcado. Estaba abonado al Gran Teatro Cinema, siendo suyas las butacas 2, 4, 6 y 8 de la fila once, cuando estas localidades costaban 8 pts. y 5 si era día del productor.Su afición al cine la inoculó en los alumnos internos a su cargo en el Colegio, pues en la mensualidad de aquellos se incluía la entrada de todos los domingos del curso escolar, como también se incluía el corte de pelo semanal que llevaba a cabo en barbero Mixta,y el seguro médico, con iguala, a los médicos D. Faustino Picazo y D. Martín Robles, al igual que al practicante Isidro Villalta.

La vida en el Colegio languideció al abrirse, en los primeros años setenta el hoy Instituto S. Juan de la Cruz, que heredó la enseñanza media que durante treinta largos años se había prestado en aquel por el claustro de profesores que durante todo ese tiempo dirigió D. José Moya. D. José se integró entonces en el claustro de la también reciente (desde 1967) Escuela de Maestría Industrial, luego Instituto de Formación Profesional y hoy I.B. Pérez Chirinos. El Colegio cerró en 1975 y D. José ganó, en oposición libre, una plaza en el Instituto PolitécnicoJosé Cabanilles de Alicante, donde se jubiló en 1986, falleciendo en Valencia en julio de 2003, a los 85 años, víctima de una cardiopatía isquémica que conllevó durante años.

Su traslado a Alicante no le apartó de Caravaca, donde conservó amigos como Paco Ruiz, Antonio Martínez, el médico otorrino José Juan Parra, Desiderio Piqueras y Rafael Orrico, a cuya casa en la Gran Vía, acudía cada dos de mayo para presenciar el desfile mañanero de los Caballos del Vino, animando a sus ídolos caballistas: El Gamba y el Arturo.

Y desde su retiro alicantino recordó hasta su muerte sus años en Caravaca, sus cientos de alumnos, la fiesta anual de S. José en que tanta gente pasaba por su casa en el Colegio, con regalos de muy diversa naturaleza, y el belén doméstico que personalmente montaba cada año en su casa, con figuras adquiridas en el comercio de Diego Marín

El recuerdo de D. José permanece aún vivo en la memoria colectiva caravaqueña y en la particular de cada uno de sus alumnos. Ello se puso de manifiesto en el homenaje tributado en 1993, al que vinieron discípulos de todas partes de España, en el que simbólicamente sonó la campana que, instalada en el patio de distribución de aulas, marcaba los tiempos del centro escolar, campana que él mismo trajo del chalet de sus suegros, en el madrileño pueblo de Chamartín.