José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Otra de las personas que por méritos propios merece figurar en el virtual cuadro de honor de la sociedad caravaqueña del ecuador del S. XX, y cuyo nombre sugiere a quienes le conocimos sentimientos de ternura, amistad, respeto, coherencia, trabajo, sensatez y colaboración entre otras virtudes que le adornaron en vida y siguen adornando su recuerdo es D. Enrique Richard Rodríguez, maestro nacional de profesión y caravaqueño de vocación y de adopción (como veremos), quien ejerció el caravaqueñismo militante durante el largo período de tiempo en que permaneció en la ciudad, prolongando sus sentimientos caravaqueñistas hasta el final de sus días.

Entrega del título de Hijo Adptivo

Entrega del título de Hijo Adptivo

Don Enrique nació en Cartagena en julio de 1909. Cursó los estudios de Magisterio en Murcia compatibilizándolos con los de Derecho en la Universidad, por agradar a su madre, quien quería que fuera abogado. Sin embargo, reafirmado en su vocación docente comenzó su vida profesional a los 19 años como maestro interino en Cartaganea, en las escuelas de S. Antón de Murcia después, y posteriormente en Zarcilla de Ramos tras ganar las oposiciones al Magisterio de la época.

Llegó a Caravaca en 1934 para hacerse cargo de una plaza en propiedad en la escuela del Salvador, donde permaneció hasta 1963 en que fue destinado al Colegio Nacional la Santa Cruz.

En diciembre de 1933 había contraído matrimonio con Dª. Esperanza Marín Ruiz, también del Cuerpo de Maestros, quien a pesar de ser oriunda de Puebla de D. Fadrique, también residía en Cartagena. Ambos, ya en Caravaca, instalaron el domicilio familiar en el nº 8 de la entonces C. de Ródenas (hoy del escritor Gregorio Javier), a donde llegaron al mundo los cinco hijos fruto del citado matrimonio: Enrique, José María, Isabel María (que falleció a los dos años), Isabel y Elvira. Allí vivió la familia hasta que en 1965 se trasladó a la C. Ángel Blanc y, posteriormente, a la C. Reina Aixa, al denominado Edificio de los Maestros.

En el Colegio de El Salvador compartió espacio y docencia con otros recordados maestros como D. Francisco Reina, D. Francisco García, Dª. Carmen Loja, D. Juan San Martín, D. Antonio Guirao y D. Pedro Luís Angosto, entre otros, habiendo pasado por su aula cientos de niños caravaqueños en quienes dejó su huella, que muchos de ellos aún recuerdan.

En 1963, como he dicho, se trasladó voluntariamente el grupo escolar recién inaugurado al pie del Cabecico,con el nombre de La Santa Cruz, donde fue director del mismo hasta 1972, permaneciendo en dicho centro hasta noviembre de 1974, en que se jubiló, pocos meses antes de cumplir la edad reglamentaria, por enfermedad. Allí compartió, también, espacio y aulas con otros colegas de feliz recordación como D. Pedro Martínez Navarro, D. Francisco Haro, D. José Antonio Rizafa, Dª. Angustias Arias, D. Antonio Ruiz, Dª. Maravillas Marín y su propia esposa Dª. Esperanza, entre otros muchos aún entre nosotros.

A pesar de su dedicación al aula y de las clases particulares impartidas y nunca cobradas, D. Enrique tuvo tiempo para actividad política e intelectual, la asistencia social, la implicación festera y la colaboración religiosa en actividades de la parroquia de El Salvador de la que él y su familia fueron feligreses.

Desde el punto de vista político, y coherente con su ideología, fue secretario particular del alcalde Manel Hervás Martínez compatibilizando, durante todo el mandato de aquel, la docencia con el Ayuntamiento, sin percibir nunca emolumento alguno por esta su segunda actividad, en la que se puede considerar uno de los pilares básicos (junto al sacerdote D. Tomás Hervás), de aquel período político. Así mismo fue Delegado Local de la Organización Juvenil Española(la recordada O.J.E.), entre 1939 y 1943; del Frente de Juventudes entre 1953 y 1957, y Consejero Local del Movimiento entre 1963 y 1971; todo ello compatibilizado también con la dirección de la Biblioteca Pública San Juan de la Cruz de la Caja de Ahorros del Sureste de España, situada (como recordará el lector entrado en años) sobre el patio de operaciones que la citada entidad de ahorro tenía en la Pl. del Arco, aunque con acceso por la Cuesta del Castillo. Biblioteca que él mismo creó y donde inculcó el amor por la lectura a tantas generaciones de escolares que siguieron sus consejos. Tras su jubilación, como también recordará el lector, le sucedió en la dirección de la misma su colega D. José Antonio Ruzafa Barreras

Durante su período al frente de la Secretaría Particular del alcalde Manuel Hervás, de quien también fue su consejero y amigo, se construyó, en la carretera de Moratalla y frente al Colegio Cervantes, el también recordado Hogar Rural del Frente de Juventudes, que tantas ofertas de ocio y entretenimiento aportó a la monótona vida infantil y juvenil de la época, cuando tan sólo el cine y la Acción Católica ofrecían alternativas al margen de la vida académica y el juego en las plazas y vías públicas. Durante ese período de tiempo organizó y dirigió frecuentes campamentos de la OJE, celebrados durante los meses del verano.

En el acto de su jubilación

En el acto de su jubilación

Así mismo fue eficaz colaborado en Cáritas, formando equipo con sus colegas D. Ezequiel Moreno, D. Francisco Haro y el mencionado Ruzafa. En la Comisión de Festejos de la Cofradía de la Cruz durante el mandato como Hermano Mayor del alcalde Manuel Hervás (1955-57) y con Juan Aznar cuando fue Presidente del Bando Cristiano; así como en las cofradías pasionales de Los Coloraos y El Silencio (de la que fue uno de sus fundadores y con cuya túnica fue amortajado por propia voluntad)

Consecuencia de su abnegada y total entrega a la sociedad caravaqueña desde diversos puestos de responsabilidad, y en coherencia absoluta con sus planteamientos políticos y éticos, en una época tan diferente a la nuestra y tan difícil de entender por las actuales generaciones, recibió multitud de consideraciones profesionales, así como distinciones a escala local. Aquellas colmaron de satisfacción su carrera profesional y estas le desbordaron el corazón de alegría. Entre ellas, el Bando Cristiano Festero le concedió su Escudo de Oro y el Ayuntamiento le nombró Hijo Adoptivo en 1974, y le dedicó una calle en 2004.

Circunstancia familiares le obligaron a trasladar la residencia familiar a Lorca, donde transcurrieron sus últimos años y donde siguió recibiendo el cariño de sus amigos, compañeros y discípulos caravaqueños, materializado en el homenaje que todos ellos le tributaron en el Hotel Riscal de Puerto Lumbreras en 1987.

Don Enrique falleció rodeado de los suyos el 29 de enero de 1992. Su esposa, Dª. Esperanza le sobrevivió durante años en el recuerdo de tantas cosas que aquel pudo hacer gracias a que ella estuvo detrás, atendiéndole y animándole en los momentos gratos y también en los difíciles, pues sin lugar a dudas entre ambos formaron el mejor binomio de entendimiento imaginable.

La imagen bonachona y elegante de D. Enrique es recordada aún por muchos, vinculada a diferentes menesteres porque, además de lo dicho, se preocupó por la búsqueda de becas a sus alumnos aprovechados, por la inoculación del espíritu festero en los jóvenes que tímidamente se incorporaban al mundo de la Fiesta, por sus consejos sobre libros de lectura y, en definitiva, por su entrega a una sociedad, la caravaqueña, por cuyo bienestar luchó denodadamente en un tiempo de posguerra en que muy poco lugar dejaba todo lo que no fuera indigencia.