José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz

Uno de los personajes de la sociedad caravaqueña durante los años del ecuador del S. XX, en este caso relacionado con la sanidad local, que con mucho esfuerzo, sabiduría y voluntad suplieron las carencias sanitarias de la época en la Comarca Noroeste, fue el jienense Cesar León Jiménez, médico ginecólogo que llegó a la ciudad a comienzos de 1953, y que supo de Caravaca por un compañero de trabajo en la Maternidad Provincial de Granada, donde durante tres años había sido ayudante del Dr. Baldomero Bueno, tras su licenciatura en Medicina en las universidades de Madrid y Granada.

Bailando con su esposa, Pepa

Bailando con su esposa, Pepa

Don Cesar, como popular y cariñosamente se denominó al primer ginecólogo que tuvo la ciudad a lo largo de su historia, nació en Villacarrillo (Jaén) y llegó a Caravaca tras conocer, como digo, que se trataba de una ciudad populosa, cabecera de una amplia comarca y, sobre todo, que contaba con un sanatorio (el del Dr. Miguel Robles), con buen quirófano para poder operar, en una época en que las parturientas daban a luz en sus propios domicilios y en condiciones sanitarias muy deficientes, únicamente ayudadas por la eficacia y bien hacer de las comadronas, gracias a quienes vinimos al mundo tantas generaciones, entre las que los de mi generación y otras muchas nunca podremos olvidar la figura ingente de Doña Guillerma.

Don Cesar llegó soltero a Caravaca, alojándose inicialmente, junto a otros profesionales, en el recordado Hotel Victoria, donde hizo los primeros amigos (que siempre conservó), entre ellos Julio García Cánovas (del Instituto Nacional de Previsión), el analista Julio González Granda, el veterinario Paco Ferrándiz, así como el médico Faustino Picazo y el analista Fernando Navarro.

De aquella época recordaba con cariño, los bailes en el Círculo mercantil, y su amistad con Maruja Asturiano, Lóli López Battú, Anita Sola Loja, Carmen Melgares y Elisa López Bolt entre otras.

Alquiló un piso en la Gran Vía, a Diego López Torrecilla, sobre la tienda de comestibles que regentaba la popular Mariana ayudada de su marido Victorio, junto a la que abría sus puertas la barbería del Nillo, instalando allí su primera consulta. De ésta su primera época recuerda, con extrañeza, la inusual cantidad de embarazos extrauterinosa los que tuvo que hacer frente, en cuyas operaciones era ayudado por Bernardo El Practicante y un anestesista de Murcia, de apellido Camacho, quien en su propio vehículo había de traer la sangre necesaria desde la capital. Por las primeras consultas cobraba 50 ptas., ascendiendo sus honorarios a 1.500 cuando se trataba de una cesárea.

De aquellos primeros momentos de estancia en Caravaca conserva recuerdos y anécdotas imborrables, como la atención a una parturienta en el campo, a quien sus familiares tenían en una cuadra por ser ese el lugar más calido del domicilio, o intervenciones de cierto riesgo sobre la mesa de la cocina de algunas casas particulares.

El maletín de partos se lo preparaba el farmacéutico Luís Sánchez Caparrós, quien en cierta ocasión olvidó incluir en él alcohol para la desinfección del instrumental. Don Cesar tuvo que suplir el olvido con imaginación y esterilizó el forcepscon aguardiente peleón de una garrafa doméstica.

En cierta ocasión hubo de atender un complicado caso de parto prematuro a una gitana en el Sanatorio, mientras en la sala contigua al quirófano el esposo gritaba que mataría al médico si su esposa no sobrevivía a la intervención.

Las salidas al campo eran frecuentes y penosas. Le llamaban de todas partes y a todas horas, utilizando para sus desplazamientos los servicios de El Cerdo, popular taxista local, aún tan recordado.

En 1957, tras un período de preparación y empleando el poco tiempo que le dejaba el trabajo en la consulta, en el Sanatorio y en la calle, preparó la oposición al entonces Cuerpo de Médicos Tocólogos del Estado, siendo ayudado en ello por su colega Faustino Picazo, quien era el encargado de tomarle a diario los temas. Ganó la oposición brillantemente, siendo destinado a la Beneficencia de Cehegín, para cuyo traslado a la localidad vecina adquirió un biscuterde segunda mano, que luego vendió a otro colega: D. Nicanor, y éste a la cantante Mari Trini. Tras el biscuter adquirió un Renaul Ondini (al que, como recordará el lector se le denominaba «el coche de la viuda»por ciertos defectos de fabricación que con el tiempo subsanó la marca).

En Cehegín pasaba consulta en el Hospital, junto a la Plaza del mesoncico, siendo también titular de la Plaza de Toros local.

A finales de 1953 contrajo matrimonio con la granadina Pepa Navarro Mesa, con quien tuvo cinco hijos: Isabelita, Toñi, Pepi, Cesar y Raquel, todos ellos nacidos en Caravaca, unos en el domicilio inicial, ya citado, y otros en la Gran Vía 19, donde también vivían Juan Rico y el analista Fernando Navarro, sobre el recordado establecimiento de Muebles Gran Vía.

Entre sus amistades recordaba especialmente a Andrés López Auguy y su esposa Antoñita Torres, quienes se trataban como verdaderos hermanos, así como a los matrimonios formados por Faustino y Julieta, Nicanor Vidal y Remeditos, Esmeraldo y Maruja, José Juan Parras y Rafi, Mariano Rigabert y Juana, Luís Sáez y Maruja y Manuel Ledesma y Piedad, entre otros.

Su preocupación por los desasistidos sociales le llevó a proponer al alcalde Amancio Marsilla alquilar una casa deshabitada cerca del Cuartel de la Guardia Civil, junto al Camino de la Estación, donde se abrió la primera Maternidad local con fondos de la Beneficencia Nacional, con tres ó cuatro habitaciones, alguna de ellas con dos camas, donde se atendían casos sencillos, utilizándose para casos complicados el ya citado sanatorio del Dr. Robles. Allí tuvo que atender a la esposa de Diego Marín, cuando trajo al mundo a su hija Reyes, habiendo de interrumpir su viaje de novios por la complicación aparente que presentaba el parto. También allí nació la menor de sus hijas: Raquel.

También, y en colaboración con el Dr. Picazo, abrió un Dispensario Médico en la casa parroquial de la calle del Teatro, donde se atendía gratuitamente a los necesitados, y se distribuían medicamentos que facilitaban, también gratuitamente, los laboratorios farmacéuticos. En este trabajo contaron con la inestimable ayuda de María Antonia López, y también, como enfermeras, de Pilarín Carrasco y María teresa López Bolt. Asiduos del Dispensario eran las gentes de etnia gitana, entre ellos los recordados Ronos y La Logia, que tanto contribuyó durante años al incremento de la población local.

Su teléfono, el 225 de entonces, no dejó nunca de funcionar, tanto de día como de noche, a veces por consejo de la comadrona y otras de motu proprio. Sin embargo, el trabajo en la consulta, en la maternidad, en el Sanatorio, en el Dispensario y en la calle, no fue obstáculo para que pudiera dedicar tiempo a asociaciones religiosas como la Adoración Nocturnade la que fue durante años presidente.

En 1968, con gran pesar de la familia y por razones estrictamente profesionales, marchó como médico titular de la Seguridad Social (como ginecólogo y tocólogo), a Cartagena, desde donde a diario recordaba la mejor época de su vida, que sin rubor alguno afirma fue la transcurrida en Caravaca y Cehegín.

Con su biscuter en la Plaza del Arco

Con su biscuter en la Plaza del Arco

En Caravaca, después de más de 40 años de ausencia, se sigue recordando con agrado y afecto al ya fallecido D. Cesar y a los suyos. Muchos guardan anécdotas particulares relacionadas con el nacimiento de sus hijos, otros detalles concretos sobre lo mismo que quizás actualicen con la lectura de este texto, y todos el agradecimiento a un hombre vocacionado por su trabajo y entregado a la gente, en un tiempo de escasez de medios y recursos sanitarios, que nada tiene que ver con la atención médica actual en las modernas clínicas y hospitales.