José Antonio Melgares Guerrero

Un día de la pasada primavera, en el transcurso de una visita profesional a Cueva Victoria, en el término de Cartagena, el compañero paleontólogo que explicó su origen, características y contenido, se refirió a un tal Valenzuela como el padre de la Espeleología moderna murciana. En cuanto tuve oportunidad de hacerlo expliqué a los presentes que el tal Valenzuela era D. Arturo Valenzuela Moñino, ilustre profesor de Ciencias Naturales en el Colegio Cervantes de Caravaca, referente para varias generaciones de estudiantes caravaqueños a quienes, con mayor o menor intensidad inoculó con su ejemplo y entusiasmo un estilo de vida en contacto con la naturaleza, y la curiosidad por conocer las entrañas de la tierra.

D. Arturo, a quien sus alumnos conocíamos por su nombre propio, sin necesidad de mencionar apellidos, vino al mundo en el centro urbano de Murcia, en un edificio de la zona de las cuatro esquinas, en 1922, en el seno de una familia de comerciantes. Aunque su aparente vocación fue la Medicina, tras el bachiller en el instituto Alfonso X el Sabio cursó los estudios universitarios en la facultad de Ciencias de la Universidad de Murcia, licenciándose en Ciencias Químicas y completando posteriormente estudios de Ciencias Naturales en Granada.

Al concluir la carrera y las prácticas de las milicias universitarias en el Cuartel de Artillería de la C. Cartagena, D. José Moya le ofreció un puesto como profesor en el Colegio Cervantes, trasladándose a Caravaca, donde se instaló primeramente en el Hotel Victoria junto a otros jóvenes profesionales destinados en la ciudad y, con posterioridad en el Hotel Castillo de la C. Maruja Garrido, donde pagaba por el alojamiento y la alimentación mil pesetas mensuales.

Contrajo matrimonio en 1951 con la murciana Consuelo García-Villalba Tolosa, con quien compartió desde entonces, en el mismo Hotel Castillo, un cómodo estudio que mantuvieron durante ocho años hasta que, en 1959 trasladaron su residencia al número uno de las Casas Baratas del Camino del Huerto,propiedad de la familia Reinlein, luego a la C. del Colegio y final y definitivamente a la C. del pintor Rafael Tejeo número 6, en edificio de los Álvarez, con hermosas vistas entonces al Castillo y a la huerta de Caravaca.

La estancia de D. Arturo y su esposa en Caravaca estuvo acompañada durante largo tiempo por la presencia junto a ellos de un hermoso perro pastor alemán, de nombre Dux, muy popular, querido y respetado por todos los estudiantes del Cervantes, hijo de otro de la misma raza llamado Kaiser, propiedad del sastre local Antonio Caparrós.

El perro Duxera otro de los referentes locales de la época a que me refiero, siempre acompañando a su dueño por las calles de la ciudad, conocedor a la perfección de los horarios de clases de D. Arturo, tanto en el colegio de Los Andenes como en el femenino de La Consolación, y alojándose en el mismo hotel donde se atendía a su manutención.

La presencia de D. Arturo no pasaba desapercibida entre la sociedad local. Joven apuesto y corpulento, de constitución atlética y fumador empedernido de tabaco negro, junto a su mujer formó peña de amigos con matrimonios de profesionales como el analista Fernando Navarro y Gloria, el abogado Francisco Marín y Meli, el médico otorrino José Juan Parras y Rafi; el jefe del Instituto Nacional de Previsión Julio García Cánovas y Juanita, y los médicos D Esmeraldo, D. Cesar y D. Nicanor con sus respectivas esposas, con quienes compartían tertulia en la cafetería Dulcineay asistían al cine en el Gran Teatro Cinemamuchas de las tardes del largo invierno caravaqueño.

Su merecida consideración de buen profesor, respetado por sus colegas y por el alumnado interno y externo del centro escolar, le granjearon la confianza absoluta de la dirección del Colegio, quedándose al cuidado de los internos cuando D. José Moya se ausentaba del mismo por razones profesionales, administrativas o familiares, trasladándose a vivir el matrimonio al Colegio durante las esporádicas ausencias de aquel.

Con su mujer, su amigo Tomás Rubio Guerrero y sobre todo con sus alumnos mayores de los últimos cursos de bachiller y preuniversitario, formó un grupo de Espeleología que estudió y llevó a cabo la planimetría completa de la Cueva de la Barquilla lugar al que tenía por su segunda casa, bautizando varias de las salas de aquella con nombres como La Cascada, el Órgano, los Tinteros y la Pila Bautismal entre otros, donde pasaba fines de semana completos en su interior, al que cariñosamente denominaba su libro de experiencias.

El acceso a esta y otras cuevas en las sierras de Revolcadores, Gavilán y La Sagra, con medios muy rudimentarios, en campañas financiadas económicamente por ellos mismos, acabó con varios coches de su propiedad como un Citröen Dos Caballos color arena, dos Citröen Dian Seis y un Citröen Esporo, a los que materialmente destrozó por los abarrancados caminos de los alrededores montuosos caravaqueños.

Su inquietud por la investigación espeleológica le acabó alejando profesionalmente de Caravaca en busca de horizontes con más posibilidades. Desde Caravaca marchó a Alicante en los últimos años sesenta, dando clases en los colegios Salesiano y Marista de aquella ciudad y opositando después al cuerpo de Catedráticos de Instituto, siendo destinado primero a Elche y después al Instituto Saavedra Fajardo de Murcia, donde concluyó su vida laboral, a los sesenta y cinco años, en 1987.

En Murcia formó un grupo espeleológico dependiente de la Diputación Provincial, en el que, entre otros, se integraron los profesores Francisco López Bermúdez, Francisco y Antonio Soler, Rosa María Verdú y Ángela Muñoz, con el que trabajó intensamente, creando una escuela de espeleólogos que llega hasta el presente y en el que se integran en la actualidad excelentes profesionales que reconocen la labor de D. Arturo en tiempos en que muy pocos apostaban por esta ciencia-deporte que tuvo sus inicios más remotos en el S. XVII y que, en el ecuador del S. XX, sentó las bases de su actual estructura.

Su estilo de vida, siempre al aire libre, completando su actividad espeleológica terrestre con la subacuática, hizo de él un referente obligado tanto para profesionales como para aficionados

Precisamente el parón producido por la jubilación, tras la intensa actividad física en la que se empleó durante muchos años, dejó al descubierto una agresiva diabetes que le fue minando la salud durante diez años, al cabo de los cuales falleció víctima de ella, en noviembre de 2001. Sus cenizas, tras la incineración de su cadáver, fueron depositadas por sus amigos y discípulos junto a un pecio a varias millas mar adentro de la costa de Torrevieja, según su voluntad. Una de las mayores satisfacciones vividas en sus últimos años fue el homenaje a los profesores del Cervantes, celebrado en 1993, gracias al cual actualizó, con gran satisfacción, vivencias y recuerdos de sus años en Caravaca. Homenaje al que acudieron viejos alumnos diseminados por todas las tierras de España, quienes también actualizaron en sus memorias recuerdos relacionados con su justicia, rectitud y honestidad, así como el ejemplo de un estilo de vida marcado por el amor y el respeto a la naturaleza, transmitidos a sus discípulos como la mejor de las enseñanzas por él impartidas.