Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
Recuerdo el frío, la escarcha y la nieve en invierno, en los inevitables y bellísimos inviernos de mi infancia en Moratalla. Fueron duros, desde luego, sobre todo para el que trabajaba con sus manos y a la intemperie, pero invitaban al regocijo junto a la lumbre, a la cercanía familiar, al amor de mi madre y los relatos míticos, exagerados, repetidos y fascinantes de mi padre y de mi abuelo. El invierno y Moratalla han sido siempre para mí una suerte de paraíso perdido, la cifra mítica de unos años en los que todo era promesa, incertidumbre, esperanza. Cada uno tiene su temperatura emocional, su nostalgia térmica; resulta frecuente el verano y la primavera como estaciones preferidas para rememorar días mejores. Yo no creo, y en esto no soy muy original, que el pasado deba ser, solo por pasado, mejor y más satisfactorio, pero de un modo inevitable uno cae demasiado a menudo en la trampa de la melancolía, que es emoción dulzona y falsa, por cierto. Y yo no voy a ser menos.
Recuerdo, asimismo, los domingos fríos y luminosos, los fines de semana de cielo despejado en esos meses en los que más llovía, no obstante, y era más frecuente el cierzo. Abría yo los ojos en mi dormitorio y alcanzaba a ver un pedazo de cielo de un azul purísima, helado, sin duda, pero reconfortante por esa lujuria de la luz y del aire puro que uno presentía desde la calidez de las sábanas revueltas. Me levantaba de un salto cuando me traía mi madre el agua caliente, humeando, y, mientras iba lavándome por partes, me contaba los últimos sucesos de la calle, el nacimiento del último hijo de la vecina, el fallecimiento de una anciana dulce y enfermiza que, al cabo, ya no sufriría más, la fuga inesperada y emocionante de una pareja de novios adolescentes, a los que no podía imaginar convertidos en marido y mujer en virtud de un acto libérrimo de su voluntad, que tal vez los condenaría a ambos al fracaso.
Iba secándome mi madre y me colocaba la ropa de los días de fiesta sobre la cama para que me vistiera; tocaban las campanas de La Asunción como un preludio religioso de aquella ceremonia festiva en la que volvía a encontrarme con mis compañeros de la escuela, con las muchachas que apenas veía durante la semana en la penumbra del templo inundada por la voz sacramental del sacerdote. La misa era un episodio más de aquellos radiantes y gélidos domingos del frío invierno y así iba aceptándolo yo en tanto crecía y era consciente de algunas contradicciones en la doctrina de la fe que había heredado.
Pero el prodigio seguía allá arriba a la salida de La Asunción, fulgurante y escandaloso como una fiesta matutina, y yo enfilaba con algunos amigos la Calle Mayor e iba paseándome hasta La Glorieta, demorando la llegada a ninguna parte, porque el paseo lo es precisamente si no tiene un destino concreto, si no hay urgencia en comparecer en un lugar determinado y a una hora exacta. A veces nos comprábamos una bolsa de pipas que costaba una peseta o lo dejábamos para la tarde, porque entonces los muchachos y las muchachas salíamos los domingos por la tarde, sin miedo a ese extraño y torvo vaticinio que da la incómoda cercanía del lunes.
En casa ya, mi madre servía un espléndido cocido, que mi memoria ha preferido siempre a cualquier otra comida, incluido por supuesto el arroz.
Entraba el sol por la ventana, tenía diez u once años y el domingo, el paraíso perdido de la inocencia, no acabaría hasta el atardecer.