Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Frente al mito repetido de la familia, el calor del hogar, la educación de los mayores y el sonsonete dulzón de las consignas y de las leyendas que los abuelos van desgranando en la noche invernal sobre el barbecho de los nietos que callan y escuchan, mientras juegan en la cocina amplia, he opuesto alguna vez ese afán de doctrina pasada de moda, recalcitrante y atrasada con la que los de más edad vienen contaminando desde antiguo a las nuevas generaciones con el beneplácito de la comunidad en general, porque la experiencia, los años y un puñado de anécdotas extraídas del túnel del hambre y del trabajo contribuían, sin lugar a dudas, a una instrucción adecuada que los muchachos reciben como un legado y  que, a su vez, pasarán a los suyos en el momento preciso.

No pretendo ser iconoclasta, pero hay mucho de quimera y de invención en la supuesta superioridad de los viejos (ésa sí que es una palabra con clase, no ancianos ni miembros de la tercera edad ni tanto eufemismo mojigato), porque el cumplimiento riguroso de los años no conlleva necesariamente, por desgracia, la adquisición   de una sabiduría vital que no siempre está al alcance de cualquiera y que, en ocasiones, resulta adversa, pues que genera un veneno sutil, un falso conocimiento, una pericia sobejana que perjudica la salud mental y espiritual del joven.

Damos por hecho demasiado pronto que la vida concede a todo el mundo idéntico porcentaje de ciencia humana y de saber personal, pero la vida no es un grado universitario ni el acervo completo que requiere un ser humano para culminar su fase evolutiva; de hecho hay quien pasa por este valle de lágrimas y apenas se entera de una pequeña parte del argumento y, lo que es aún peor, hay quien malinterpreta por completo la trama y las ideas de esta ficción barroca en la que estamos sumergidos desde el nacimiento.

Los abuelos, los veteranos son muchas veces perniciosos y contraproducentes para el desarrollo del joven, aunque parezca una contradicción y no demasiado correcto, sobre todo, cuando no tenemos en cuenta las limitaciones de aquellos y damos por buenas, por sabias y por bellas todas y cada una de sus palabras, alguna de las cuales nacen del resentimiento, de la malevolencia y de ese íntimo resquemor que siente el que está a punto de irse de la fiesta por los que solo acaban de llegar.

En sus palabras, como al azar, en sus gestos, calculadamente espontáneos, en sus actos de una pretendida ingenuidad, anidan en ocasiones los gérmenes de una doctrina  malsana que resuelven mal y pronto con el cinismo descarado de los que parecen saberlo todo e ignoran, sin embargo, la mayor parte de las cosas, o las conocen mal, pues adquirieron su esencia en una época triste y malhadada y han llegado hasta aquí con la misma vestimenta de los años oscuros.

Creí siempre necesario protegerme de las ideologías, vinieran de donde vinieran, pero supe asimismo que las peores procederían de la propia familia, de las personas que nos inoculan, a veces sin querer,  los bacilos patógenos de sus propias limitaciones y de sus traumas personales con el terrible edulcorante de un cariño dudoso, aunque inapelable.

Es posible que alguna vez seamos nosotros los portadores de una doctrina indeseable, y cuando escribo doctrina igual me refiero a la esfera religiosa, al ámbito político o al terreno elemental de la costumbre de los días, y los que persigamos trasmitir, por tanto, su verdad incuestionable a nuestros herederos en un rincón del salón junto al fuego o mientras les explicamos cómo se cocina un fenomenal cocido o cómo se elabora un postre tradicional, nosotros, los que ayer abominábamos de los consejos, recomendaciones o asesoramientos de nuestros ascendentes y despreciábamos sus advertencias y sus inagotables sermones.

Porque la vida es circular y el tiempo una moneda falsa, es posible que ocurra de nuevo todo lo que ocurrió antes, pero deberíamos estar muy atentos y negarnos a ese afán maligno  de avisar a los que todavía no han llegado y trazarles la ruta que solo ellos deberían diseñar, pues es su ruta y el final del camino será también solo suyo.