Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Nunca me gustó disfrazarme, vestirme de otro o travestirme; quizás porque no tuve nunca vocación teatral o porque me bastó con ser yo mismo, que tampoco ha sido ninguna gran cosa, pero uno termina conformándose con eso que llamamos vida, nuestra vida.

Yo creo que no me he vestido de carnaval más que un par de veces y de manera esporádica. Ya me siento lo justo de cómodo en mi propio papel, metido en mis pantalones, en mi camisa y en los chalecos que suelo usar, lo justo para no repudiarme, para convivir apenas conforme con mi rostro y con mi facha. Con otra imagen tendría que aguantar lo que soy y, encima, lo que parezco, a no ser que nos disfracemos a veces para escondernos o para dejar aflorar lo que a diario nos cuesta descubrir. Hombres vestidos de mujer y viceversa, ancianos vestidos de niños, pobres vestidos de ricachones y mindundis vestidos de estrellas. El mundo al revés, o sea.
De hecho, llevo casi cuarenta años en la ciudad de Murcia, me encantan sus Fiestas de Primavera, pero nunca me puse unos zaragüelles para vivir con mayor plenitud el día del Bando. Me visto de nazareno, eso sí, pero con la convicción absoluta de que no voy disfrazado, porque desde muy pequeño me enseñaron que uno no debe tocar el tambor en la calle, si no va convenientemente tapado. La túnica es ante todo una suerte de hábito, una especie de uniforme.
El pudor, heredado de mi madre a buen seguro, me ha impedido siempre salirme de mi propio papel, descentrarme o convertirme en el otro que no soy. Un sentido estricto de la discreción, también de parte de ella, ha hecho el resto, y, sin embargo, comparto y entiendo el entusiasmo de los que prefieren ser cualquier cosa menos ellos mismos, porque, reconozcámoslo, resulta aburrido y fatigoso obstinarse en la misma persona todo el tiempo, un día y otro, un año y otro hasta el final.
El carnaval tiene, al cabo, ese propósito liberador que nos permite huir de nuestro ser de siempre y parecer, por unos días, otros hombres y otras mujeres, aunque sólo en la superficie, en esa costra exterior a la que tanta importancia damos, porque lo fundamental nos acompaña toda nuestra vida, en evidente decadencia, y no tenemos más remedio que hacerle frente y aceptarlo mal que bien.
No me gustó disfrazarme, porque hay en esto un indudable afán de exhibicionismo, la necesidad de mostrarle a todo quisque lo que somos por fuera, es decir, lo que no somos en realidad, sin renunciar a celebrar la vida en compañía, pero con otra imagen, extravagante a veces, divertida casi siempre; y, sin embargo, resulta inevitable una nota de patetismo y de impostura, de insatisfacción y de rechazo de lo nuestro en ese empeño por aparentar lo que no es verdadero.
Recuerdo que en mi infancia los críos nos vestíamos de máscaras en las calles del Castillo, es decir, les pedían a sus madres cualquier retal ya en desuso y se lo echaban por encima. Eso y un antifaz obraban el milagro de semejar un fantasma, un pingajo o una figura del otro mundo. Luego corrían por aquel dédalo de callejuelas y callejones durante un par de horas hasta que el atardecer les recordaba la merienda.
Al día siguiente se vestían de sí mismos, que tampoco era el mejor de los disfraces.