Pedro Antonio Hurtado García

En la cafetería, tienda, peluquería, bar u otros ambientes colectivos, resulta fácil percatarse de las dificultades existentes para ponernos de acuerdo, sobre todo porque nos obstinamos en que nuestra opinión tiene que prevalecer por encima de todo, lo que denota una clara falta de humildad, orgullo desmedido y comportamientos ocasionales rozando la más intensa agresividad.

Son prácticas y actuaciones que, en una sociedad moderna, futurista y con formación aparentemente avanzada, debemos evitar, limar y mejorar considerablemente, sobre todo cuando no aportamos elementos o argumentos convincentes para defender esa razón que queremos que impere, incluso y sencillamente, “porque sí”. Nada más caciquil y dictatorial.

Y no entramos en el ambiente político, porque, eso, es un terreno tan especial, como impresentable, falso, patético y presidido por la mentira, el argumento inexistente y el “aquí mando yo”, independientemente del turno que le toque a cada uno de los grupos existentes en los diferentes parlamentos nacionales, de acuerdo con el signo político imperante.

Para interpretar este asunto, de política, ni hablar. Mejor no otorgarle cabida por poco ejemplarizante. Mantener discrepancias y confrontar opiniones no tiene por qué convertirse en materia de violenta disputa en ningún foro.

Mejoremos nuestra educación, comportamiento y relación social, dándonos cuenta de que la razón no suele ser de nadie al cien por cien, porque tampoco nadie tiene toda la verdad, sino “su verdad”, que, habitualmente, suele decantarse, porcentualmente, por los diferentes integrantes de la discusión, porque nadie goza de la razón máxima ni está equivocado en todo, normalmente. Por eso, por favor, paciencia, mesura, humildad, educación, alejamiento de la violencia y, con ello, de la disputa sistemática y, sobre todo, del insulto que a nada favorable conduce. Buenos días.