Por José María Ortega.

Han tomado la salida desde varias capitales del estado unas marchas denominadas «marchas por la dignidad», que durante las próxim22 Marzoas semanas recorrerán centenares de kilómetros con destino a Madrid, donde llegarán –llegaremos- el próximo día 22 de marzo. Muchas de las personas que componen las marchas están en situación en desempleo, otras no tienen ya ni para comer. También se suman a trayectos de la marcha personas que están jubiladas, o trabajando, pero sienten la profunda necesidad de revertir la situación social que padecemos. Leyendo el manifiesto que acompaña a dicha movilización no se entiende cómo sólo unas decenas de miles –ojalá cientos de miles- de personas vayan a sumarse a la iniciativa, que debería agrupar a la inmensa mayoría de la población española, por lo menos a todas las personas damnificadas por la gestión de la actual crisis económica. Bueno, sí se entiende, los que ponen el esfuerzo siempre son menos que los que ponen la mano.

En estos mismos días, un señor de Murcia prepara la maleta para salir hacia el norte. No irá a pie, sino en avión. Tendrá que ir a Alicante a coger el vuelo, pues aunque había previsto volar desde un aeropuerto nuevo situado al lado de su casa. Dicho aeropuerto no funciona, aunque el dinero preciso sí ha sido gastado y los amigos han obtenido el beneficio que esperaban. Llegará el señor de Murcia a Bruselas y ocupará un escaño en el parlamento, el que le toque, el que le den en su partido. Tendrá que aguantarse con tener el escaño que le den y no el que él quisiera, porque su partido funciona así: unas veces tú le das el escaño a quien te da la gana, otras veces te aguantas con el escaño que tu jefe te dé y ¡a callar! A partir de ahí, vendrán unos años de relajado entretenimiento bien remunerado, sin muchas obligaciones, sin ganas de que cambiar las cosas a fondo, porque a él y a los de su círculo les va realmente bien; es más, les va mejor a medida que las condiciones de vida de la mayoría de la gente se deterioran.

Algunos días este murciano, que pasa su jubilación de oro como eurodiputado, no podrá escurrir el bulto y tendrá que trabajar un poquito. De todos modos el trabajo no consistirá ni en mancharse las manos ni en pasar muchas horas negociando cuestiones complejas. Más bien tendrá que hablar en público, algo que le gusta. Entonces hablará como quien predica ante el espejo de su cuarto de baño. Dirá que es necesario invertir, que nunca debemos recortar en educación y sanidad y que tenemos que apoyar siempre a los más débiles y toda esa sarta de frases «comodín» que quedan tan bien ante un auditorio que desconoce a qué se ha dedicado este señor durante los últimos veinte años. El discurso no aportará ningún conocimiento nuevo ni ninguna solución; no obstante, recibirá los aplausos de gente como él que, simplemente, cumplen con un rito de apariencias incluido en el sueldo. Al señor de Murcia los aplausos le producirán unas sensaciones placenteras, cercanas a la excitación sexual. Y cuando el día acabe, volverá al buen hotel donde pernocta y se sentirá satisfecho de haber contribuido a que todo cambie para que todo siga igual, y los que han mandado casi siempre sigan detentando el poder, porque Valcárcel sabe, aunque no lo reconozca, que la lucha de clases existe, y que, además, por ahora va ganando la suya.

Y mientras en Madrid y en otras ciudades de España, unos cuantos miles de personas seguirán manifestándose para que, al menos, se garantice alimento, techo, asistencia sanitaria y educación para todo el mundo. Estos luchadores, mis compañeros de derrota, olerán a sudor rancio muchos días, dormirán más de una vez en tiendas de campaña, se llevarán más de un golpe de los antidisturbios y seguirán luchando sin cobrar por ello porque saben que llevan la razón. Cuando pasen por los pueblos recibirán el apoyo de una gente y el desprecio furibundo de otra. Curiosamente, entre los que les insulten con más vehemencia habrá más de un parado, más de un desahuciado, más de una persona sin asistencia sanitaria. A primera vista parece sorprendente que los oprimidos de España defiendan aún a gente como Valcárcel y ataquen a los suyos, pero no hay tal contradicción: son siglos sembrando sumisión y fomentando la limosna entre gritos de ¡Que inventen ellos! Y ¡Vivan las caenas!.