Pedro Antonio Martínez Robles

En este bendito pueblo que tanto amo estamos recién salidos de feria y fiestas, y aunque en apariencia han sido de una duranza interminable, el trámite sólo ha sido de nueve días, prolegómenos aparte. Aun así, la mayoría de los cristianos con los que he compartido opinión resoplaban con sensación de hartazgo y manifestaban su deseo de poner fin a este feliz tormento. Nada que ver tienen las ferias de hoy con las ferias de alatón y jínjol de mi infancia, en las que había más tiempo para tomar aliento que para la francachela.

La gente administraba sus dosis de felicidad ferial a un ritmo diferente, que solía empezar, como muy pronto, al atardecer; así, mientras los mayores consumían su peseta de turrón con copa de aguardiente en el puesto de turno, los críos andábamos con los bolsillos llenos de alatones y el canute tierno en la boca, recién cortado en los cañares de las riberas del Argos, dispuesto para arruinar el sueño festivo de alguna chiquilla con el certero lanzamiento de un hueso que rara vez erraba el blanco y acababa por reventar el flamante globo que paseaba la criatura, orgullosa y fascinada por la magia del helio que lo sostenía en el aire. Por lo demás, la fiesta se resumía a alguna vuelta de a duro en los caballitos del tiovivo, un viaje en las barcas del Tío Marchena, tres porrazos en los coches eléctricos o un paseo en la noria, para los más audaces. Ahora, sin embargo, nos bebemos la feria de otra manera, como si nos hubiéramos tomado el destajo de segar a surco en La Mancha y nos disgustara que alguien nos tome la delantera. Tanto es así, que no nos queda tiempo ni para dormir y por ende, ni fuerzas para terminar la feria como Dios manda, sino, más bien, como vaticinaba el tío Calabaza, que cuando ya no le quedaban al pobre energías ni para levantarse, decía que iba a tener los remates de una feria: todo lleno de papelillos, colillas y escupitajos. Si no administramos mejor nuestras fuerzas y nuestro tiempo, descaminados vamos para cumplir el sueño que postulaba un pastor que mi bisabuelo Frasquito tenía en la finca de La Chamorra, a quien le parecía que andábamos escasos de fiestas y decía que este mundo estaba mal montado, pues para sacarle el debido jugo a la vida, sería necesario que hubiera diez meses de Pascua y dos de muerte marrano.

 

11 de septiembre de 2007