Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Vamos a confesar todos, yo el primero, que lo que más hemos echado de menos en estas fechas de confinamiento, que lo que peor llevamos es no poder ir a los bares cada día, no tomar el desayuno en nuestra cafetería de confianza, el café con leche acompañado de la tostada con aceite y tomate y un vasito de agua subidos en un taburete al efecto y apoyados en la barra mientras saboreamos la delicia del pan, la hortaliza y el oro líquido de nuestra tierra y departimos con el periódico ya abierto con cualquiera que nos caiga al lado hasta media mañana, casi embriagados por el aroma a café y a cerrado del local, ni tomarnos unas cañas antes de la comida acompañadas de una marinera  o de unos trozos de pulpo con cuidado de no perder el apetito que necesitaremos para llegar a casa y dar cuenta del cocido suculento que nos espera humeante en la mesa de la cocina.

Y tras la siesta inexcusable, de nuevo al bar, un cortado será el preludio de una larga tarde en la que a buen seguro, sentados en una terraza lánguida y expuestos al sol benéfico de la primavera, amontonaremos sobre la mesa copas y vasos de distintos colores, aromas y sabores. Extrañamos el gintonic del final de la tarde o el copazo de brandy aunque algunos se han acostumbrado a un whisky con hielo  antes de que el anochecer los envíe de nuevo a casa, sobre todo en un día normal de semana, después de haber consumido la jornada reglamentaria y haberle robado a la amante un par de horas de intimidad, pero si se  trata del finde, la atracción de los bares se multiplica porque en este país y en esta ciudad no concebimos para bien o para mal la fiesta sin estos espacios lúdicos, dispuestos para la relajación, el regocijo y el jolgorio.

En un bar pasamos de muy jóvenes al ámbito de la edad adulta, nos fumamos nuestro primer cigarrillo, nos bebimos nuestras primeras cañas, años después y en un bar diferente le cogimos la mano por primera vez a la que iba a ser la mujer de nuestra vida y días más tarde le dimos el primer beso, y en otro bar hemos celebrado innumerables reuniones con amigos, compañeros o colegas del trabajo, hemos brindado por un cumpleaños cualquiera, por el santo del jefe o el feliz parto de la jefa, en ocasiones los hemos despellejado, pero alguna noche, tomando esa inacabable última copa, hemos alcanzado un grado de consciencia inaudito, un nivel de intimidad en el que las palabras, los abrazos y los gestos efusivos de los amigos nos han conducido inexorablemente a la confidencia sexual, a la confesión sentimental, que casi siempre vienen a ser a esas horas y tomando unas copas en un bar, la misma cosa.

Es cierto que al día siguiente solíamos tener un horrible dolor de cabeza, mal sabor de boca y mucha sed, que nos jurábamos por nuestros muertos no beber nunca más, no entrar jamás a ningún bar con nadie.

Excuso añadir que en ningún momento pensamos cumplir tamaña majadería, porque sin los bares nos sentíamos en perpetuo estado de hibernación, en una tensión casi cuartelera que soportábamos solo gracias a las dulzuras de la vida doméstica y su buena porción de acíbar y a la monotonía del trabajo, todo esto, claro, mientras no llegaban los días en que volveríamos a los bares.

Echo de menos una caña bien tirada con sus dos dedos de espuma, el griterío en el salón, el sol aguardándonos en la puerta y esa mesa en un lugar propicio que he reservado porque ella está a punto de venir.