Pascual García

A mi amigo Joaquín lo conocí mientras cursábamos 3º de BUP en Caravaca. Era hijo de un sargento de la Guardia Civil destinado en Calasparra, que más tarde recalaría en Moratalla y terminaría por jubilarse en su pueblo natal, Bullas.

Hoy es un cura, que lleva siempre los evangelios debajo del brazo y la palabra de Jesucristo entre sus propias palabras. De manera que dedica su vida a ayudar a todos aquellos que lo necesitan y no debe de andar en muy buenas relaciones con la jerarquía eclesiástica. Nada anormal, por otro lado, si nos atenemos al comportamiento y a los gestos de buena parte de los representantes del clero español.

Joaquín Sánchez ya era por aquellos días helados de Caravaca un rebelde en toda regla, un amigo noble y un buen muchacho a carta cabal. Sus discusiones de entonces llevaban el mismo derrotero que las de ahora: su radical inconformismo por la injusticia mundial, la pobreza y la explotación del hombre por el hombre.

En la intimidad era leal y afable y un trabajador a ultranza. Desde el principio congeniamos y muy pronto comenzamos a reunirnos en mi casa para estudiar. Recuerdo, sobre todo, aquellas tardes de los sábados, enfrascados en la lectura de los apuntes de Historia, Literatura o Filosofía, mientras se desvanecía la luz de la calle y llegaba la noche. Sobrio y laborioso, mi amigo Joaquín me acompañaba en la ardua tarea de preparar los temas que nos preguntarían en el siguiente examen, aunque no faltaban momentos para las bromas, los comentarios y las reflexiones acerca de lo humano y lo divino.

Luego conviviríamos durante todo un curso en el piso de nuestro primer año en la Universidad de Murcia, pero al curso siguiente me sorprendería con la noticia de que se trasladaba a un seminario andaluz para cursar la carrera de sacerdote. No me cupo nunca la menor duda de que sería un cura con vocación de servicio y útil a los demás. Lástima que aquella circunstancia nos apartó casi de un modo definitivo, aunque nos volveríamos a ver el día de mi boda, porque fue él quien ofició la ceremonia como un favor personal y también, años después, coincidiríamos de una forma, que mi mujer calificaría de milagrosa, en el hospital murciano Virgen de La Arrixaca, convalecientes ambos de dos terribles accidentes vasculares. Tuvimos suerte los dos para contarlo

De vez en cuando leo sus artículos en la prensa y tengo alguno de sus libros en mi casa en los que mantiene la posición humanitaria de siempre. Lo veo muy de tarde en tarde y compruebo ese torpe aliño indumentario que lo aleja de las vanidades de este mundo y lo aproxima a todos los maltratados. Aunque nunca estuvimos del mismo lado religioso, tuve al menos la honradez de respetarle sus creencias y, sobre todo, de admirar su coherencia ideológica y su ejemplo de vida. A mí con eso me basta, no necesito ninguna otra fe más trascendente. Lamentablemente hace muchos años que estoy seguro de que el cielo y el infierno no están en ninguna otra parte más que en este mundo. Lástima, porque una justicia superior y omnisciente sería todo un alivio.

De todo aquel tiempo lejano y entrañable que pasamos juntos, me quedo con una imagen. Un fin de semana cualquiera de invierno estamos estudiando filosofía de COU en los altos de la Iglesia de la Asunción, con las ventanas abiertas, sentados en aquellas duras e incómodas sillas de madera, mientras cae la nieve en la ventana y el frío nos ayuda a concentrarnos en los folios esparcidos sobre la mesa. De vez en cuando nos levantamos y repetimos de memoria alguno de los temas con las manos ateridas y los pies gélidos. Para descansar charlamos de forma animada y relajados, miramos por la ventana y pensamos que el fin de semana se nos está yendo y que el lunes nos pondrán el examen inexcusablemente. Entonces regresamos disciplinados a los folios pendientes, mientras la nieve cuaja en los tejados de Moratalla.

Si he conservado este recuerdo en mi memoria tal vez sea porque encaja en el espíritu monástico y espartano de aquellos días de estudiante en Caravaca, que se prolongarían hasta el final de la carrera, y porque mi amigo Joaquín compartía conmigo un cierto desprecio por los lujos innecesarios y la comodidad excesiva, la bullanga superficial y las vanidades del mundo. Por esta causa, no nos preocupaba lo más mínimo perder los fines de semana para invertirlos en cumplir con nuestro trabajo, con la tarea que se nos había encargado y que llevábamos cabo sin una conciencia heroica.

Observábamos caer la nieve apostados detrás de la ventana circular de la fachada de la Iglesia, y percibíamos el frío seco mordiéndonos las manos. Joaquín se cerraba su trenca verde y se enrollaba la bufanda al cuello y yo, me abotonaba mi cazadora marrón y me subía las solapas hasta cubrirme las orejas.

Estábamos a principios de febrero y a la semana siguiente teníamos el examen de Filosofía.  Yo desconocía que aquel muchacho, con el que pasaba los fines de semana estudiando, terminaría siendo un cura heterodoxo, honrado y solidario como un apóstol evangélico, y él no sabía tampoco, a su vez, que años más tarde yo le escribiría un artículo como éste.