JUAN ANTONIO SÁNCHEZ GIMÉNEZ.

Surgida como iniciativa cultural a finales de la década de los años diez del siglo XXI, el día de la romanidad (4 de septiembre, día que se tiene como referencia de la caída del imperio romano de Occidente), fue instituido como día de fiesta cívica y cultural en 2028 en buena parte de los países de Europa, tomando especial relevancia en países como España, Francia, Portugal, Italia, Croacia, Suiza, Rumanía o Bélgica, celebrándose también en otros países europeos y ribereños del Mediterráneo. 

Muchos fueron los esfuerzos realizados y puertas a las que tuvieron que llamar las entidades organizadoras, en principio asociaciones culturales e instituciones académicas para que la idea fuera calando entre la población y las instituciones políticas apoyaran sin fisuras dicha festividad como reconocimiento al legado clásico, base de nuestra cultura, lengua e instituciones. Dichas conmemoraciones dieron sus frutos y dieron lugar a una estrecha colaboración entre buena parte de los países europeos, y algunos norteafricanos como Marruecos, así como de Oriente Medio como Líbano o Turquía, más centrados en la investigación y promoción del legado arqueológico y monumental. Se celebraban en diversas universidades e instituciones académicas congresos y seminarios, acudiendo incluso jefes de Estado a dichos eventos, con nuevos descubrimientos para mayor gloria de la difusión del legado de la ecúmene romana entre sus pueblos herederos. La celebración de la romanidad fue a más, celebrándose todo tipo de actos como teatro, recreaciones históricas, desfiles de legiones y un largo etcétera, todo en un marco festivo, llegándose a vivir en algunas ciudades europeas con gran pasión y generando turismo, intercambios académicos y por tanto acercamiento entre pueblos con una raíz común, y a la par prosperidad económica. 

Sin embargo, y al calor de la llamada corrección política y los movimientos identitarios  de todo tipo que asolan Europa y el mundo occidental desde el advenimiento del siglo XXI, sobre los años 60 del siglo empezaron a organizarse encuentros y charlas patrocinados por grupúsculos identitarios de diversa índole y en especial en algunos países como Italia y España con el objetivo de cuestionar el legado romano y plantearse su legitimidad e incluso su existencia. En un principio, siendo minoritarios y de cara al gran público estas iniciativas de revisión de la Historia se planteaban como una defensa del pacifismo; se condenaba el militarismo romano y la violencia ejercida sobre los pueblos conquistados, así como la esclavitud y las injusticias sociales (que ningún académico ni estudioso jamás negó), en un claro y lamentable ejercicio de presentismo histórico , y como si la sociedades de la Antigüedad hubieran sido una balsa de aceite hasta la llegada de las maléficas águilas romanas en busca de oro y esclavos. Sociedades como la cartaginesa, donde se sacrificaban ritualmente niños recién nacidos, o la celta, especialmente inclinada al saqueo y la guerra son solo un ejemplo de ello, aspecto que se empeñan en explicar  profesores y especialistas en los medios de comunicación, con escasa atención por parte de algunos receptores. Pero las consideraciones acerca de la época y el principio básico para entender la Historia de que no se puede juzgar el pasado con ojos del presente ya daban igual. La hidra del identitarismo era la moda, lo cool y lo políticamente correcto, y conforme se acercaba el 50 aniversario, los contrarios de la celebración del dia de la romanidad se mostraba más activos e intransigentes.

En Italia, algunas asociaciones y partidos políticos minoritarios exigían que el presidente de la república pidiese perdón a los pueblos masacrados, sojuzgados y saqueados por el imperio romano, con escasa fortuna, por cierto. Se perpetraron algunos actos vandálicos contra monumentos tan significativos como el Coliseo o la columna trajana, llegando incluso a proponerse por parte de colectivos llamados así mismos antiimperialistas ir implementando poco a poco el desaparecido idioma etrusco en la Toscana para hacer de la misma en un plazo de 20 años la lengua única de la región, arrinconando al italiano, lengua que provenía del latín del opresor romano. Todo ello por supuesto estaba aliñado con acalorados debates en las redes sociales, donde cada usuario era por supuesto un experto historiador del mundo antiguo, fenómeno que por supuesto trascendió de Italia, dándose el fenómeno en varios países europeos, pero nunca con la intensidad italiana y mucho menos la española.

En España el fenómeno se fue haciendo hueco entre ciertas asambleas de estudiantes de algunas   facultades universitarias, y no faltaron los políticos, ávidos de aprovecharse del mismo, de esa adrenalina juvenil que da el hecho de pertenecer a algo y resarcir una serie de injusticias y violencias milenarias que estaban esperando a ser reparadas. Para la totalidad de especialistas en la materia (catedráticos, profesores, arqueólogos, filólogos…) era un disparate, una pesadilla sacada de algún libro del estilo de Fahrenheit 451, afirmando y lamentando que las causas de este esperpento en el que se veían envueltos una buena cantidad de universitarios y jóvenes políticos eran el fruto envenenado del absoluto desprecio de los diversos gobiernos hacia las Humanidades en los sistemas educativos. No obstante, durante décadas se habían ido apartando la Historia, el Arte, las lenguas clásicas, la Literatura y la Filosofía. Con la casi eliminación de las mismas se privaba a los estudiantes no solo de cultura general, sino también de la capacidad analítica de relacionar el pasado con el presente, apreciar las manifestaciones artísticas, organizar el pensamiento abstracto, conocer adecuadamente los rudimentos de la lengua o de apreciar la literatura y procesar y comprender textos complejos (de hecho lectura de tuits era la principal fuente de información de estos jóvenes).

 Pero a estas alturas todas estas consideraciones ya daban igual. Lo importante era resarcir a los pueblos víctimas del imperio romano y recuperar las identidades perdidas. Así pues, los debates académicos que anualmente se celebraban con motivo del día de la romanidad eran sistemáticamente víctimas del boicot y la censura utilizando para ellos las redes con hastags del tipo #Romacriminal, #Escipiónalparedón o #JulioCésarasesino, lanzados por una organización llamada KFRPEE (Koordinadora Fuera Romanos de los Pueblos del Estado Español). La cuestión empezó a tomar mayor empaque, y en algunas zonas de España como Galicia, estos grupos comenzaron a reivindicar la lengua celta como propia, tomando como base el irlandés, llegando a pedir a la UNESCO que quitará del listado del Patrimonio de la Humanidad las murallas de Lugo, “al representar la opresión romana sobre las libertades del pueblo galaico, que ya entonces se organizada en comunas autogestionadas, igualitarias y democráticas”, tal y como rezaba el manifiesto que enviaron al organismo internacional. Asimismo, en Mérida se exigió al ayuntamiento de la ciudad que el templo de Diana pasase a llamarse templo de Endovélico, dios-jabalí de algunos pueblos celtíberos para reafirmar a los pueblos originarios del oeste peninsular, entre otras “heroicas” acciones.

En los acalorados debates en el Congreso de los Diputados los grupos que apoyaban la causa antirromana leían tuits de usuarios indignados por la presencia de huellas del imperialismo romano en nuestras calles como irrefutable argumento de peso y autoridad. Para añadir tensión en las tertulias televisivas algunos periodistas muy populares en ese momento gritaban histriónicamente, y casi al borde de las lágrimas denunciando el dolor que tuvieron que pasar los numantinos o los cántabros durante la despiadada invasión romana. 

Pero lo peor estaba por llegar; calentados los ánimos por los intensos y sesudos debates en el Congreso, la televisión y las redes, estatuas como la de Augusto en Zaragoza fueron derribadas al grito de “Augusto fascista”, a pesar de la oposición de la mayoría de la población, y de la impotencia de la policía, que no podía contener a la masa de universitarios pertenecientes a 

la  KFRPEE, que habían convocado una jornada de lucha el 4 de septiembre de 2078. No fue el único monumento vandalizado. Acapararon las portadas de los diarios las pintadas en el acueducto de Segovia, y el lanzamiento de huevos podridos contra las ruinas de Tarraco, así como la retirada de placas de calles y plazas que tuvieran reminiscencias romanas en algunas ciudades, todo con la aquiescencia de algunos alcaldes que pretendían sacar tajada. Famosos fueron también los incidentes acaecidos ese año de 2078 en el paraninfo de la Complutense al inicio del curso (sí, Complutense de la Complutum romana), donde jóvenes de KFRPEE exigieron a gritos la abolición de los estudios de filología clásica y eliminar de la biblioteca de la universidad obras que consideraban que recordaban la opresión romana; Virgilio, Tito Livio, Salustio, Tácito u Ovidio entre muchos otros debían salir para siempre de la facultad.

Afortunadamente todo este relato es ficción, una suerte de pequeña distopía. A ningún político en su sano juicio se le ocurriría actuar de la forma en la que se parodia en este escrito, haciendo orgullosamente gala de su alto grado de desconocimiento de la Historia para sacar tajada u ocultar intereses inconfesables. Sería también imposible hoy en día en la sociedad tal manifestación de  presentismo, exageraciones, estupideces en bucle y analfabetismo histórico, y menos aún por gente medianamente preparada y con un mínimo de interés por la Historia. ¿Verdad que no?.