FAMILIA DE JOSÉ TOMÁS GARCÍA-VIDAL
El pasado día 18 de noviembre, después de un mes de estar aferrándose a la vida, nos dejó nuestro padre, nuestro jefe, nuestro amigo, nuestTomás García Vidalro compañero, nuestro mentor. Se fue de entre nosotros, que no para dejarnos, Tomás García Vidal, maestro de varias generaciones de conductores en la comarca y persona amiga de sus amigos. Afable, cariñoso, generoso y conversador incansable, disfrutó con plenitud de la vida todos y cada uno de los momentos que le tocó vivir. Y decimos eso porque realmente creemos que él fue feliz, a pesar de penurias añejas y desengaños sufridos que nunca le hicieron perder la sonrisa. Esa cualidad fue, precisamente, la que más le definía: su sonrisa siempre, su eterna sonrisa. La que nunca perdió en sus días de enfermedad en el hospital. La que siempre regalaba a amigos y conocidos. A su familia.
Y fue feliz porque aprendió a serlo con lo que  la vida le deparó; y  disfrutaba con ello. Se casó con la mujer de su vida, hace cincuenta y cinco años, y estuvo enamorado de ella cada minuto de cada día  en ese tiempo. Ella, nuestra madre, fue en todo momento su mayor ilusión, su más claro anhelo. Tras ella, nosotros, sus hijos,  y sus nietos, de los que se sentía tremenda y sinceramente orgulloso. Y su trabajo, que amaba profundamente y  por el que se desvivió siempre para dar lo mejor a los suyos. Esos fueron los pilares de su felicidad. Y con eso, cada día se complacía con su trabajo, además de por realizarlo porque tenía en él a prácticamente todos sus hijos. Estuvo así, en activo y cotizando, hasta los setenta y siete años. Jubilado ya, nunca se apartó del todo del negocio, hasta ese día aciago en que su corazón, que nunca se cansó de hacer el bien a cada paso, terminó por no resistir más.
Nos dejó hace unos días. Y hasta el último momento dio sinceramente las gracias a todos los que iban a visitarlo al hospital. Y fueron muchos. Y ahora somos nosotros los que, en su nombre y en el nuestro, damos, como él hacía, nuestras más sinceras gracias.
Gracias a todo el personal, sanitario o no, del hospital, por el cariño y atenciones, mucho más allá de sus obligaciones, que nos dieron y le tuvieron durante su enfermedad. Y a las decenas de familiares y amigos que a diario iban a visitarlo e interesarse sinceramente por su salud. También, de corazón y  para siempre, nuestro agradecimiento a los centenares de personas que fueron a despedirle con respeto sincero cuando falleció. A nuestros amigos, y a aquellos que sólo lo fueron de nuestro padre pero que quisieron dar también su pésame a una familia que no conocían; agradecerles sus palabras de cariñoso recuerdo, sus ánimos para seguir adelante y el que nos ofrecieran un hombro donde llorar en esos oscuros instantes. Nuestro reconocimiento igualmente al sacerdote que ofició la misa de cuerpo presente, por sus palabras preñadas de emoción y de amistad.
Gracias a las docenas de personas que abarrotaron en un silencio veraz y sobrecogedor el cementerio de Singla, donde reposan sus restos junto a los de sus padres, y aguardaron sin desánimo durante una larga espera en una mañana extremadamente fría para darle el último adiós al que siempre fue su vecino y amigo. De igual modo a todos aquellos que nos acompañaron en la misa en El Salvador  lamentando sin fingimiento su pérdida. Y a los que, algunos días después, en otra desapacible mañana, ocuparon los bancos de la Iglesia de Singla, donde nació él y también la mayoría de nosotros, para llorar esa pérdida en el mutismo y recogimiento de sus paredes.
Gracias, en fin, a todos, que son muchos, los que han llamado o pasado por  nuestra casa familiar a expresarnos su pena y darnos su aliento desde el día de su fallecimiento, y a todos aquellos que han pasado y pasarán por su negocio, el de su familia, para expresarnos sus condolencias espontáneas y sin doblez. Nunca tendremos palabras bastantes para agradecerlo. Nunca podremos, por más que lo queramos, devolver ni una parte del inmenso cariño que hemos recibido en estos días, aunque lo intentaremos, a no dudarlo, con todo nuestro empeño.
Y acabamos dando gracias a nuestro padre, que siempre estará con nosotros y nos seguirá acompañando desde el cielo de los hombre buenos donde ahora se encuentra, por enseñarnos a ser personas íntegras. Por mostrarnos el valor de lo verdadero, de la honradez, el sacrificio y el esfuerzo, de la familia, de la amistad y del amor, con los que intentaremos seguir su senda; todos unidos como el gustaba de vernos, y junto a nuestra madre: su amor verdadero, su verdadero amor, sin la que nunca hubiera llegado a nada, él siempre lo reconocía, en esta vida.