Pedro José Navarro de Gea

Cuando murió el periodista César González-Ruano, Jaime Capmany escribió su memorable artículo ‘César o nada’, aquella joya literaria en la En el nombramiento de Juanito Fantasía como Hijo Póstumo de Caravacamejor tradición hispana y barroca del género necrológico en la que al escritor murciano se le iba la cabeza “detrás de los pájaros negros que acaban de traerme la noticia de tu muerte”. Para Capmany, muerto César, nada; después de Ruano, nadie. También a uno, tan amante de lo hispano y de lo barroco, tan seducido siempre por la belleza poética de las necrológicas, se le va el pensamiento detrás de los negros, negrísimos, vuelos de la madrugada en la que nos ha dejado Gregorio Sánchez Romero, una de las personas más lúcidas, sensatas, cabales y prudentes que he conocido.

Gozar de su amistad, que me llegó a través de la profunda y respetuosa que se profesaron siempre mi padre y él, y de su magisterio, en aquel 2º de Bachillerato de Historia Contemporánea de España, ha sido un honor que me ha concedido la vida. Su brillantez docente puede resumirse en una expresión que tienen los franceses, maître à penser, con la que se refieren al hombre que, a través de su pensamiento, no sólo nos incita a repensar las cosas o a memorizarlas sin analizarlas, sino que nos enseña a pensar, a nutrir nuestro pensamiento, ejercitarlo y fortalecerlo cual si de la musculatura corporal se tratara.

Aunque ya la conocía, pude comprobar la firmeza, la coherencia y el compromiso de Gregorio cuando, con entrega auténtica, levantó su voz en contra de aquel dislate y atropello que supuso la venta del convento de San José y la marcha de Caravaca de las Carmelitas Descalzas, disolviendo la fundación de Santa Teresa de Jesús tras más de 400 años de historia casi ininterrumpida. Para la humilde y quizás ingenua iniciativa que pusimos en marcha un grupo de personas con más voluntad que otra cosa pidiendo la permanencia en la ciudad de las hijas de la santa abulense, la de Gregorio fue una colaboración esencial e importantísima, un verdadero y reconfortante espaldarazo entre tanto despropósito.

Cuando, en marzo de 2012, el Ayuntamiento nombró a mi padre, a título póstumo y dando respuesta a una petición popular, Hijo Adoptivo de Caravaca, fue Gregorio quien glosó su figura. Mi madre, mis hermanos y toda la familia no podremos olvidar sus palabras en aquel acto, unas palabras con las que, con su estilo limpio y directo, Gregorio recordó sus muchos años de una amistad “limpia, sincera y desinteresada” con mi padre, y también de logros conseguidos juntos en la Real e Ilustre Cofradía de la Vera Cruz, en cuya junta representativa coincidieron durante tres años, y en la Compañía de ‘Armaos’ que con tanta ilusión renovaron.

Gregorio Sánchez Romero tuvo la fuerza rocosa de la meseta castellana; la honestidad y la nobleza inexpugnables de las murallas de Ávila; la bonhomía y la templanza; la autoridad en la mejor estela del término latino auctoritas y la caballerosidad y la educación que siempre huían de la jactancia, la soberbia o la pedantería. Por eso, para quienes, con mayor o menor firmeza, con más o menos interrogantes, gustamos de agarrarnos en la vida al asidero de la fe, las cosas no pasan por casualidad. Estoy plenamente convencido de que Gregorio no ha entrado en la vida eterna un 14 de octubre por casualidad. En la víspera de su fiesta, la gran Teresa de Ávila, a quien tanto admiró y veneró, se lo ha llevado al Cielo de su ‘Castillo interior’ para que entendamos que en este castillo terrenal, muerto Sánchez Romero, nada; después de Gregorio, nadie.