Juana María Monedero

¿Quién me iba a decir a mí en el 2010 cuando pensé en subir hasta Caravaca de la Cruz caminando desde Mula que en el 2017 lo haría? Esta historia tiene sus inicios en mi afición por el deporte y sobre todo, en mi pasión por el running, ya que intento salir a correr casi todos los días.

Desde que empezó el 2017, entre zancada y zancada cada mañana una amiga y yo, siempre acabábamos hablando de lo bonito y enriquecedor que debía ser el llegar desde nuestro pueblo hasta Caravaca caminando. De simples palabras en una conversación, pasamos a encontramos comprando todos los víveres que necesitábamos para echarlos en nuestras mochilas y poner rumbo a la Ciudad Santa.
Esto tuvo lugar el pasado sábado 27 de mayo, cuando a las 7 de la mañana mi amiga y yo acompañadas de un par de mochilas cargadas con cuatro litros de agua cada una, bocadillos y unas barritas energéticas, y de nuestros cuerpos cargados de ilusión, ánimo y fuerza, salimos de Mula dirección El Niño de Mula por la Vía Verde sin saber aun lo que nos esperaba. Apenas media hora después, pasamos este pequeño pueblo con su preciosa ermita y, casi sin darnos cuenta y entre viñedos, llegamos a Bullas. Ya habíamos recorrido aproximadamente nuestros primeros 20 km en un tramo largo, en el cual atravesamos varios túneles y puentes, así como la Estación de La Luz, pero con numerosa vegetación. Tras pasar Bullas, continuamos nuestro rumbo dirección Cehegín. He de decir que este tramo entre Bullas y Cehegín resultó ser para mí el más bonito de todo el recorrido, pues es un sendero con bastante sombra, con áreas de descanso y con una magia especial entre arbustos y pinos carrascos, típicos de la vegetación murciana del noroeste. Sendero que invita a la relajación, a una marcha más tranquila, relajación que, a veces, se veía interrumpida por el ruido sonoro del contacto de las ruedas de las bicicletas de los ciclistas con las piedras del camino. Numerosos ciclistas que también se dirigían hasta la Vera Cruz. Pasada la una del mediodía, llegamos a Cehegín pero a pesar de que el calor ya se dejaba notar, nuestras fuerzas aumentaron cuando pudimos ver a lo lejos el tan anhelado Santuario. Este tramo nos costó un poco más recorrerlo debido a su escasa sombra, aunque atravesamos el último túnel del camino. Alrededor de las tres del mediodía, nuestros pies ya pisaban suelo caravaqueño, entre calles y cuestas subimos hasta el Santuario y al llegar, lo primero que hice fue abrazar a mi amiga y decirle: “¡Ya estamos aquí, lo hemos conseguido!”. Le pusimos el broche a una de las experiencias más enriquecedoras y satisfactorias de nuestras vidas con la visita a la imagen de la Vera Cruz, que se encuentra en una solemne habitación, y agradecí a ella y a mis dos abuelas, una fallecida y la otra algo delicada de salud, el haberme dado las fuerzas para poder caminar durante ocho horas y recorrer esos 40 km aproximados que separan Mula de la Ciudad Santa.