ANA VACAS

Llevo días sintiendo un enorme vacío interior, casi como si me hubieran sacado mis entrañas dejándome un enorme hueco; estos días de reflexión han despertado en mí muchos pensamientos, quizás olvidados en esta insostenible vida. Ser consciente de que entramos en una nueva era, estando presentes, me obnubila la razón. No porque no fuera previsible, muchos colectivos nos estaban avisando de ello, sino por la enorme importancia que tiene en un ser humano, ser consciente de ello. No hay vuelta atrás, cada parte de mi cuerpo físico y metal me arrastra hacia esa realidad ignorada y nunca volveré a ser la que era por mucho que quiera. Vértigo, miedo, emoción, y mucho amor por la solidaridad vivida, son los pensamientos que cubren mi mente como si de un prado se tratara; esta es nuestra primavera, en estos momentos donde se disputa protagonismo la muerte, más tremenda y terrible que nunca, nos desafía a volver a establecer el ecosistema tan ultrajado como nosotros mismos. Pensábamos que teníamos una vida envidiable, pero la historia nos recuerda una vez más, a pesar de tanta entrega y disponibilidad en estos días trágicos, que tenemos mucho que aprender, unos de otros, todos de todos, de la vida, del mundo natural, del cielo y el mar. La aseveración acumulada años y años a nuestras espaldas, se convierte en visible en nuestra piel, y nos va dejando salir como si de una membrana permeable, todo lo indebido; pero eso en realidad no es malo, al contrario, tenemos otra  oportunidad de regenerarnos, de encontrar una salida digna y llena de conocimiento y concienciación, hoy más que nunca de esperanza; después de que todo el planeta haya vivido este azote inesperado, somos más fuertes que nunca, somos una especie más, a la que la vida le ha dado la lección más importante que vamos a recibir por siempre. No deberíamos haber pasado por todo este proceso dañino, lleno de dolor y sufrimiento para muchas personas en todo el mundo; el terrible alejamiento de los seres queridos nos hace una vez más priorizar lo importante, lo no desdeñable por el paso de tiempo, lo perecedero y genuino, lo vital. Insostenible el duelo llevado en la distancia, que marcará de por vida a los que lo sufran y que nos emerge una realidad patente y triste de nuestros mayores, luchadores en más de una guerra, y que han demostrado ser únicos por su honestidad y humildad. La sensación de sentirse una comunidad trabajando y defendiendo ese principio como especie. El ejemplo magistral de niños moldeables hasta adaptarse a cualquier situación, si ven la sonrisa de sus padres cerca. El amor incondicional de las madres y padres intentando por todos los medios proteger a sus hijos con limpiezas casi imposibles donde no tenga cabida el miedo; la capacidad de entrega de los trabajadores solidarios por el bien social, tantas y tantas cosas que hemos vuelto a redescubrir dentro de este caos absurdo, donde todos estamos un poco perdidos. Cotejando pros y contras, y con enorme respeto sin querer pecar de frívola, me quedo con lo que me alienta, con el cielo azul, la vuelta de las golondrinas, el aire limpio, un paseo por las Fuentes, las noches de verano, el olor a jazmín y las gentes de mi vida.

No sabemos mucho de cómo hemos entrado en este infinito día de la marmota, y no sabemos con seguridad como saldremos de él, pero la evidencia es que tenemos que comenzar a mirar más allá de nosotros mismos y ver lo que tenemos enfrente, un hermosa y renovada opción de vivir el futuro. Acompáñame.