JOSE MANUEL KOPERO

La semana pasada leí por primera vez a Truman Capote. No se trataba de A sangre fría, que la tengo pendiente, sino de Desayuno en Tiffany’s. La novela fue adaptada al cine, así que me propuse ver la película al acabar el libro.

Todo genial (o casi todo), salvo la última escena. ¡Cuidado! Debéis ser conscientes de que me propongo revelar los últimos minutos de la cinta para poder comentarla. Pues bien, después de una serie de hechos que complican la vida de Holly (Audrey Hepburn), esta se dispone a huir rumbo a Brasil. Es ahí cuando Paul (George Peppard), cuyo nombre no se menciona en la novela, trata de detenerla. Cuando todo está perdido, la deja en el taxi y le suelta un discurso que hoy no nos cabe en la cabeza: «las personas se pertenecen las unas a las otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad». Y eso lo suelta después de haberle gritado que es suya. Oyes eso hoy en día y piensas: «mejor me alejo de este tío, que da un poco de miedo». Pero Holly cae en las garras del patriarcado y le sigue para quedarse con él, logrando besarle antes de que los créditos inunden la pantalla. Esa era la idea de final feliz de 1961. Por su parte, la novela acaba con una visión más acorde a nuestra generación. Ella se escapa a Brasil y no regresa. También es cierto que en la novela él le cruza la cara y en la peli no.