PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

Me educaron en la dureza y en la disciplina del trabajo. Mi código de valores se ha basado siempre en la honradez del sudor que provoca el esfuerzo de cada día. No deja de ser una imagen literaria a estas alturas, por fortuna, pues que apenas sudo en mis quehaceres diarios con el aire acondicionado y tampoco paso frío en el invierno con la calefacción. Ahora bien, el concepto es el mismo. Laborar de firme para obtener la recompensa de lo bien hecho y dormir por la noche con la conciencia tranquila constituyen un ideario personal que vengo recomendando desde mi juventud. Igual da que ayude a recoger la oliva, cargue un camión de fruta, imparta una clase de Lengua o escriba un poema.

PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

Me educaron en la dureza y en la disciplina del trabajo. Mi código de valores se ha basado siempre en la honradez del sudor que provoca el esfuerzo de cada día. No deja de ser una imagen literaria a estas alturas, por fortuna, pues que apenas sudo en mis quehaceres diarios con el aire acondicionado y tampoco paso frío en el invierno con la calefacción. Ahora bien, el concepto es el mismo. Laborar de firme para obtener la recompensa de lo bien hecho y dormir por la noche con la conciencia tranquila constituyen un ideario personal que vengo recomendando desde mi juventud. Igual da que ayude a recoger la oliva, cargue un camión de fruta, imparta una clase de Lengua o escriba un poema.
La verdad es que, bien pensado, no da igual ni mucho menos. Tal vez, después de todo, andemos algo equivocados. Sólo nos mueve el dinero y el consumo, las hipotecas y la adquisición de innumerables objetos que nunca fueron del todo necesarios. Para esta locura invertimos todos los días un buen puñado de horas que no nos compensan ni nos enriquecen como seres humanos y ni siquiera nos hacen mejores. Trabajamos para ganar dinero y necesitamos el dinero para poder vivir, pero apenas nos queda tiempo suficiente para nosotros mismos o para la familia. De manera que el círculo vicioso se convierte en una pequeña locura sin salida.
Por eso me adhiero a aquel famoso escrito de Paul Lafargue, el yerno de Carlos Marx, titulado El derecho a la pereza, tan curioso y paradójico viniendo de un familiar, aunque político, nunca mejor dicho, de uno de los grandes filósofos e ideólogos del trabajo. Lo hago porque me atrevo a protestar contra la idea casi religiosa de que el trabajo nos redime y nos salva, ahuyenta los malos pensamientos y nos reconcilia con la divinidad. No en vano, Yahvé expulsó a Adán y Eva del Paraíso y los condenó a ganarse el pan con el sudor de su frente.
Pese a todo lo que me inculcaron mis mayores, creo que el trabajo es un yugo, una actividad propia de esclavos (en Grecia y en Roma eran estos los únicos que lo desempeñaban); incluso la propia palabra procede del término latino tripaliare, que tiene como significado el de sacrificarse. En cambio el ocio era el ideal de la existencia, el que ocupamos en los sentimientos, la lectura, las artes en general, la meditación o los paseos al aire libre y las conversaciones.
No somos verdaderos hombres y mujeres cuando nos sometemos casi a la fuerza a un régimen laboral cuya única finalidad es la nómina de cada mes, y se nos van las horas y los días en tareas repetidas y monótonas que nos alejan de nuestra auténtica condición de seres humanos. Los clásicos necesitaban de ese ocio para filosofar y crear, para meditar acerca del universo y del hombre, y gracias a este tiempo sin trabajo construyeron toda la cultura de Occidente. Europa y el mundo civilizado y moderno es como es porque lograron desplazar los cometidos menores, molestos e insignificantes e invertir sus días en edificar sistemas de pensamiento, teorías matemáticas y físicas, especulaciones astronómicas y ámbitos tan novedosos como el de la música, la escultura o la poesía.
Yo también, como Lafargue, reivindico mi derecho a la pereza y proclamo que la evolución del hombre, en el sentido más noble de la palabra, ha de respetar los días y las noches sin otra obligación que la de vivir, abastecidos todos de lo imprescindible para ello, dedicados a la inmensa y honrada tarea de mejorar el mundo que habitamos, eliminar las guerras y todas las plagas bíblicas que nos azotan, deshacernos de la inmundicia que generamos a diario, de las armas que nosotros mismos nos apuntamos del modo más estúpido y de la peligrosa enfermedad de la inconsciencia.
No somos otra cosa que materia inteligente. Nada más y nada menos que hombres y mujeres a la búsqueda de un sentido para nuestra existencia. De nada nos valen todos los avances, las conquistas y las diversas revoluciones, si nos suena el despertador cada día a las seis de la mañana y sólo se nos ocurre levantarnos para ir a trabajar.