PASCUAL GARCÍA

Me alegro de que algunos partidos políticos empiecen a adoptar el latín como lengua de comunicación y de que desayunen algunos días mis artículos de El Noroeste (lo correcto sería que desayunaran con mis artículos o mientras los leen, porque de lo contrario tanto papel y tanta tinta les terminará sentando mal). Aunque nadie ha firmado el texto al que aludo y contesto y a mí me gusta dar la cara y saber a quién me enfrento, debería decir que he ido siempre en la misma dirección, en la dirección del bienestar, la defensa y alabanza constante de mi tierra, no porque sea un nacionalista recalcitrante, sino porque tuve la suerte de nacer en un pueblo mágico, de crecer en un barrio pobre, de trabajar en todas las faenas humildes, de ganarme el pan de cada día y el lugar en donde estoy con el sudor de mi frente y de seguir el ejemplo de mi padre y no callarme ninguna injusticia.

No sé si mi artículo ha podido ofender a un partido político entero o solo a unos pocos que están más preocupados por su interés partidista que por el beneficio municipal. Nadie puede rasgarse las vestiduras porque señale algunos males que nos afectan a todos del mismo modo que no eludía la responsabilidad de reprender a mis hijos o de darles unos azotes si se portaban mal o contravenían alguna norma social. Y, desde luego, nadie podría insinuar siquiera que no quiero con toda mi alma a mis hijos. Precisamente del amor a un pueblo nace la vigilancia de sus errores, la necesidad de que sean enmendados en el menor tiempo posible y el celo por continuar señalando todas sus lacras: Así lo han hecho los grandes escritores de nuestro país como Unamuno, Machado o Larra, con el dolor del que reseña el mal e intenta ponerle remedio.

Solo en las épocas más oscuras de la dictadura franquista resultaba sospechoso atacar con cierta virulencia los desaciertos o los descuidos del poder, porque esto suponía un ataque directo a la patria y al Régimen; al parecer, entonces como ahora, lamentablemente se confundían los gobiernos con sus responsabilidades. Ni las elecciones ni el ideario franquista ni cualquier otro programa político están por encima del bien de un pueblo y de su gente; de hecho en política municipal no debería haber otra ideología que la utilidad y la conveniencia públicos hasta el punto de que no debieran preocuparnos tanto las elecciones próximas como la ganancia de nuestro prójimo. Pero yo no voy a dar una clase de ética política, aunque tendría todo el derecho del mundo como cualquier ciudadano que paga sus impuestos y posee la legitimidad de exigirles a sus representantes el cumplimiento de sus promesas y el rendimiento de sus votos.

Lo que sí les pido a todos los partidos, pero sobre todo al enmascarado que ha escrito un texto de contestación a mi artículo de El Noroeste y de La Verdad “Moratalla en ruinas”, que en adelante busquen una pluma más escogida, a alguien que no escriba “problemática”, pues con problema sobra, ni “Equipo de Gobierno”, porque en minúscula está bien ni “ante puesto”, porque debe aparecer todo junto, ni “se ve a legua” pues le falta el artículo “la” ni ese horror de la corrección política “todos y todas”, que la Real academia ya ha sancionado suficientemente, puesto que el genérico “todos” incluye al masculino y al femenino, así nos lo explicaba don Germán y don Antonio a los que asistíamos regularmente y con sobrado provecho a sus clases. Tampoco vendrían mal cierta gracia literaria y soltura estilística.

Pero sobre todo dejemos que fluyan las opiniones diversas aunque estemos en época de elecciones, que es un dato positivo de salubridad democrática, no vaya a ser que retrocedamos a las viejas circunstancias que inspiraron los versos de Quevedo: “¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Vale.