José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Desde hace pocos años se impone en Caravaca, como en el resto de los pueblos y ciudades de España, la fiesta con que titulo el texto de hoy, celebrada en los días previos el uno de noviembre, y con mayor intensidad durante la víspera del mismo. Se trata, como sabe el lector, de una celebración importada del mundo anglosajón, con el que quienes lo celebran, consciente o inconscientemente trivializan el tema de la muerte hasta llegar incluso a la mofa.

Al margen de preferencias y sin entrar en la conveniencia o no de tal celebración, como antónimo de lo que a los de mi generación y anteriores desde siempre enseñaron nuestros antepasados, es hasta cierto punto lógica la antípoda en que nos encontramos como respuesta a la celebración de la fiesta de Todos los Santos y Difuntos, que, durante siglos se vivió de otra manera muy distinta.

Hasta ahora la verdad es que convive pacífica y parcialmente Halloween con lo demás, aunque no sabemos si esta convivencia pacífica (aunque con abundantes voces que la critican), se perpetuará en el tiempo o si una de ellas desplazará a la otra. Lo que está claro es que, ciertos aspectos de la antigua celebración han desaparecido en una sociedad que relega la muerte y lo relacionado con ella, a un relativo ostracismo.

Hasta hace pocos años, a las jornadas coloristas en las que los puestos ambulantes de flores eran los protagonistas indiscutidos de la calle local, seguía el uno de noviembre, fecha en que las gentes, como ahora, visitaban los cementerios masivamente, en una actividad entre social y afectiva, que a todos nos reunía y sigue reuniendo en el mismo lugar. A media tarde, antes, comenzaban a doblar las campanas anunciando el posterior Día de Difuntos, dando comienzo a esa hora el Jubileo de Ánimas consistente en realizar tantas visitas a la iglesia como deudos de la familia estaban ya en el otro mundo. Según creencia generalizada, animada por ciertos sectores de la Iglesia Católica, en cada visita al interior del templo, y rezando las oraciones prescritas, se sacaba un alma del Purgatorio. Los templos se llenaban de fieles en un ir y venir continuado que animaba la calle mientras las campanas seguían con su lastimero doblar.

Durante la cena se degustaban los sabrosos buñuelos de viento que siempre alguien se encargaba de explicar su significado, comentando la fugacidad de la vida, y se tomaban de postre huesos de santo, dulce extraordinario que servían las confiterías locales a quienes lo demandaban.

Las campanas seguían doblando mientras en la salita de estar de las casas ardían las mariposas que la abuela o la madre piadosa había encendido utilizando un viejo tazón  o recipiente, con agua y aceite flotando sobre ella. Las mariposas ardían durante toda la noche en recuerdo de los difuntos domésticos, creando sombras siniestras en el techo y muros de la habitación, las cuales se veían desde los dormitorios agrandadas por la imaginación infantil.

El frío ya reinante reunía a la familia antes de ir a la cama junto al fuego del hogar, o al amor del brasero, en torno a la mesa camilla, no faltando nunca el comentario de alguien, generalmente el abuelo, sobre la visita matinal o vespertina al cementerio y hasta algún que otro relato relacionado con la muerte de algún conocido, cuando no se evocaba a los fallecidos de la familia.

Ni qué decir tiene que los niños de entonces nos íbamos a la cama con la carne de gallina y el miedo metido en el cuerpo. Al amanecer del día siguiente uno se despertaba con el monótono doblar de las campanas, como se había dormido la noche anterior, y las gentes masivamente, asistíamos a escuchar tres misas seguidas de sus correspondientes responsos finales, oficiados por sacerdotes revestidos con ornamentos negros. Las iglesias amanecían el dos de noviembre adornadas de negros frontales en sus altares y paños del mismo color en  los púlpitos. Al pie del presbiterio un gran catafalco emulaba un féretro, entre cuatro cirios y el retablo mayor del Salvador se ocultaba con otro añadido de negro luto. Todo ello, como recordará el lector entrado en años, e imaginará el más joven, colaboraba a crear un ambiente tenebroso que los niños de antaño tardábamos en olvidar durante los días siguientes.

A la generación de nuestros padres les había tocado visitar el denominado Cementerio Viejo, en nada parecido al actual, espacioso, ventilado y luminoso, situado al final de la Calle Larga, lugar tétrico donde los haya, que en mi niñez llegué a recorrer cuando ya no estaba en uso, pero sí ocupado por infinidad de cadáveres y ataúdes fuera de sus nichos. Era aquel un espacio cuadrangular, flanqueado en sus cuatro costados por galerías de nichos subterráneos y en superficie que, inexplicablemente llegó a tal estado de abandono que, como acabo de decir, los huesos, mezclados con restos de féretros se prodigaban por doquier, sin orden ni concierto, estando abiertos, o semiabiertos muchos de los nichos. Afortunadamente, la autoridad competente adecentó el lugar en los últimos años del anterior régimen político, convirtiendo aquel espacio en jardín donde la vegetación crece sin necesidad de abono artificial alguno en nuestros días, por razones obvias.

Ante todo lo dicho hasta aquí, no es extraño que, por contraste, prendiera con rapidez algo que mantuviera alejada la mente de aquel tormento anímico que inundaba la ciudad y el hogar doméstico, cuando se oteaba en el horizonte cercano la fecha anual de Todos los Santos. Halloween no es sino la respuesta a aquella manera de aceptar anualmente, en los últimos días de octubre y primeros de noviembre, unas tétricas costumbres que introducían el miedo en el cuerpo de los más jóvenes, habiendo sido ellos, los más jóvenes, quienes mejor han asimilado las costumbres anglosajonas que traen de la mano la celebración profana ridiculizando la muerte y todo lo relacionado con ella.

Bajo mi punto de vista no hay porqué oponerse a Halloween como lo ha hecho un sector concreto de la población estudiantil de un instituto de Murcia, ni intentar cristianizar la fiesta, de por sí profana, como propuso en una emisora de radio el obispo de Ciudad Rodrigo hace pocos días. Halloween no es sino la inconsciente respuesta negativa de los más jóvenes, y también de los menos  jóvenes, a sufrir unas costumbres heredadas del pasado, cuyas raíces ahondan en los tiempos del barroco Hispano.  

A juicio del Cronista es perfectamente compatible el recuerdo a los que marcharon, haciendo uso de la sensual utilización de las flores y del chisporrotear de los cirios, con el encuentro social en el cementerio, y la diversión previa, en una fiesta hasta ahora sólo infantil y juvenil, que ridiculiza, aún sin proponérselo, los aspectos más negros del oropel que antaño envolvía a las fiestas consecutivas de Todos los Santos y Difuntos, los días uno y dos de noviembre de cada año.