Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Esta es una novela que tiene el valor de contarnos un puñado de historias en un tiempo aciago y violento como el de la posguerra española y en un espacio rural cuyas referencias más directas provienen de una mezcla sabia entre la realidad del pueblo de su autor, Calasparra, y la ficción de los detalles imaginados por el novelista, es decir, se trata de un territorio sin nombre que podría corresponder a cualquier lugar en los años a los que se alude, desde finales de la guerra civil hasta finales de la década de los sesenta.

Pedro Antonio Martínez RoblesEl eje narrativo lo constituyen el Pardico y Camila Olivenza, que cada noche beben y departen en la abacería de ella y que terminan intimando a lo largo del relato. Se aman y, sin embargo, no acaban de vivir juntos nunca. Alrededor de esa hermosa y delicada historia de amor giran una serie de personajes de los que el autor da cuenta hasta meterse en su piel y con los que el lector vivirá una experiencia inolvidable, desde la ternura del grupo de zagales amigos: Marcos, el narrador de la historia, el Pelao, el Julián de la Juliana y el Jeromín, pasando por las infinitas calamidades económicas de casi todas las familias, salvo la de unos pocos pudientes, y también la del propio Marcos, que debe irse a vivir con su hermana Rosa a casa del Pardico con el que termina entablando una entrañable y paternal relación, en cuyo término no faltan unas buenas gotas de folletín del bueno, de aquellas viejas historias que siempre acababan bien; aunque no se engañen, ésta es una historia dura cuyo final les sorprenderá, pero cuyo desarrollo está repleto de un naturalismo brutal, de una crítica a la injusticia y a las desigualdades de aquel momento aplastante y de una humanidad que termina por desarmarnos: “Camila le hacía todas las cosas que ella sabía y él la dejaba hacer, que tenía magia en las manos y en su boca y en la parte más íntima y secreta de su cuerpo.”
Esta es también una dura historia de supervivencia, un relato contado desde la perspectiva de un niño que se hace mayor y toma conciencia de la brutalidad de los años que ha vivido y, superándolo todo, logra el discutible sueño de instalar una taza de váter en su casa para que su madre anciana pueda hacer sus necesidades sentada como una señora.
Luz de cobre describe a la perfección el color y los matices apagados de una época deleznable que la fábula sabe rememorar con la dosis adecuada de inocencia, sensibilidad y acritud, pero con mucho talento literario; no en balde el autor viene demostrando su valía con la palabra en el género de la poesía. Porque en esta novela se cuenta la vida misma, desde el amor inmenso del Pardico y Camila, las palizas brutales que condujeron a la muerte a algunos hombres en la Encomienda, de la rapiña con que los amos de las tierras actuaban con sus aparceros hasta aprovecharse de su trabajo y de su sudor, de las terribles fatigas de las labores del campo que con tanta ciencia y acierto nos cuenta Pedro Antonio hasta la crueldad que los propios muchachos usan contra ellos mismo, impregnados de la atmósfera violenta y cruda de la posguerra.
En este punto no le interesa al lector ni al crítico la realidad que esconde esta ficción, quiénes son o quiénes fueron los verdaderos protagonistas que se ocultan detrás de los nombres inventados, los hechos execrables que se narran y que a nadie importa si sucedieron tal y como quedan reflejados en la novela, porque eso son minucias que necesitan los mediocres para evitar sumergirse en una buena historia y disfrutar de ella y de su verosimilitud literaria. Importa que los hechos y los sentimientos que se narran en la novela pudieron haber sucedido en alguna parte y tras su lectura nos han conmovido como conmueve una extraordinaria historia humana.
En consecuencia, solo puedo darle mi enhorabuena más fervorosa a su autor, al que ya consideraba un extraordinario poeta y del que ahora en adelante, además, espero con ansia otras novelas.