GLORIA LÓPEZ
Los talleres de El Jardinico: restauración de muebles
Decía Marguarite Yourcenar, adelantándose al momento que vivimos o quizás viviendo otras mucho peores, que “lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: aprender.»
Eso es lo que la asociación el Jardinico te da en estos momentos en que todo lo que nos rodea nos hace sentirnos tan ignorantes, cuando pensábamos que éramos los dueños del mundo y su sabiduría. Te da, por medio de unos talleres que no tienen ni más (ni menos) la función de despirtarte de las miserias de la vida y en palabras de Francisco (Presidente de la asociación), “ser esa burbuja que te aísla del mundo exterior por unas horas”.

Tiene la sede de esta asociación, situada en el casco antiguo de Caravaca, siete plantas o niveles de felicidad, donde puedes perderte en aquella que más te guste, pues es el templo de la sabiduría de artes tan antiguas como la civilización. En ellos se dan clases de pintura, grabado, reparación o pintura de muebles antiguos, mosaico o talla en madera. Talleres que, por una cuota mensual, incluyen clase, merienda y materiales, tú tan solo tienes que llevar las ganas de aprender y merendar.
Durante las próximas ediciones iremos visitando cada uno de los talleres, conociendo a sus profesor@s y sus alumn@s, y reconociendo en sus trabajos aquello que jamás se malogra: su aprendizaje.
Hoy jueves, nos ha tocado el de restauración de muebles y conocer el grupo que viene de 5 a 9 de la tarde. Este era el principal, pero se dividió en más días debido a la situación de pandemia que vivimos, repartiendo el personal en grupos de seis, que asisten a clases con mascarillas y guardando sus distancias de seguridad, los martes y jueves. El grupo lo único que tiene en común es su afición por recoger muebles que los demás tiramos (me reconocen que los miércoles se dan su vuelta por el pueblo buscando todo lo que se pueda recuperar), porque no hay ni una coincidencia más que no sea Francisco, que lleva 22 años abriendo sus puertas.
Hay una rusa de Bullas, un jubilada de los Países Bajos de Cehegín (esta asociación es más conocida fuera que dentro de nuestra ciudad), hermanas de distintas edades, señoras con 80 años más modernas que las que nos pensamos modernisimas, las que pintan comedores de dos en dos y las que se tiran un año sacandole brillo a un cabezal, por el gusto de darle brillo.
Durante las cuatro horas y su correspondiente merienda voy conociendo a Isabel, la más perfeccionista, que saca brillo a un cabezal antiguo. Carla, que anda recuperando un reloj y una mesita para nuevas casas. Naty y Mónica, hermanas que llevan en la sangre recuperar lo que nadie quiere y convertirlo en dormitorios del color del Mar. Lola, que vino por un rato y lleva dos años pintando cómodas por echar los ratos libres en el taller. Paco, el último en llegar, está aprendiendo la técnica de poner rejilllas en una mecedora tan antigua como las abuelas que se peinaban en ellas, y que encuentra la alegría en recuperar cosas que antes estaban rotas. Paqui, madre de una legión de amigos mios, que me descubre la alegría de vivir y la enseñanza de que todo lo antiguo no es viejo. Junto a ellos está Encarni, la profesora, que enseña, asesora, ayuda y sabe todas las técnicas que pueden hacerte falta por si decides ir con todo aquello que pensabas tirar.