Tomás López Amor (Candidato nº 4 de Vecinos por Bullas)

Un vals o un chachachá, elijan, imagínense números, siéntanse guarismos, cifras astronómicas, pero tan sólo signos, sin la efigie del sudor del que los ha recolectado o del que han sido exprimidos desde el último y mísero céntimo. Es ahora cuando se rebelarán, cuanto más se acerca el plebiscito, cuando aparecerán espontáneamente, eléctricos, superficiales, bullendo en discursos, en perfiles de Facebook y Twitter, en las ondas, en los bares y en la calle, siempre como oscuros rumores, como inseguras afirmaciones que hacen temblar la lengua de quien se atreve a escupirlas. Bailan, danzan, se convulsionan en una coreografía ditirámbica arrancada del bolsillo del pueblo. Porque somos nosotros quienes consentimos que se les azuce, que se juegue con ellos desde el oscurantismo, la nocturnidad y la alevosía. Y allí están los espectadores, que se relamen observando este baile conformado por nosotros.
Esta parece ser la única época en la que los partidos se acercan a las cifras, y como consecuencia, a una transparencia que ahora parecen abanderar, y que se manifiesta ajena, impropia, artificial e infructuosa por su tardanza, su oportunismo y por la absoluta carencia de autocrítica. Ese baile de cifras se torna estos últimos días en una ponzoña arrojadiza entre aspirantes, y lo que es aún más preocupante, entre los acólitos y seguidores más enfervorecidos, esos que podríamos intercambiar por cualquier fanático del equipo de turno sin notarlo. Y los llamo acólitos en su acepción más negativa. La de cómplice, compinche, secuaz o compadre, porque son ellos los que les siguen a todas partes, sin auscultar, sin otear a dónde los llevan, sin preguntarse, pero sobre todo sin exigir responsabilidades ni denotar el más mínimo ápice de autocrítica. Ellos son los que danzan, los incapaces de reconstruir sustentando en la exigencia continua de responsabilidades, en la detección de errores y en el alzamiento de unas voces que son cada vez más necesarias. Sí, esos acólitos se reconocen porque nunca tienen críticas, y si las hay, son superfluas y tan solo rasgan el maquillaje que adorna a sus deidades. Se les reconoce porque sienten el subidón de adrenalina que provoca el enfrentamiento, la contienda, el baile de los números.

Aquí, en Bullas, son cuantiosos los ejemplos de coreografías para que dancemos. Uno de ellos es la auditoría sin publicar íntegramente que nuestro gobierno actual hizo al anterior. Ese costoso ejercicio sigue en la más profunda opacidad, en ese lóbrego lugar que puede llegar a representar nuestro consistorio. Y algunos, que no quieren danzar, se preguntan si la única utilidad ha sido la de servir como puñado de saetas electorales para ir debilitando a su adversario, o si, por el contrario, se utiliza como retén o baluarte ante posibles embestidas. Las dos son bailes que nos destrozan los pies. Otro ejemplo de director de orquesta es el grupo principal de oposición y su explosiva faceta comunicadora con unos movimientos de batuta arrebatados y a destiempo. En este concierto se ha echado de menos ese clarividente manejo de cifras y operaciones que se antoja tardío. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? Dos motivos se me ocurren, la dejadez de funciones o una laxitud que espera contrapartida.
Ahora, a nosotros también nos quedan tan solo dos opciones: la de la asunción de una responsabilidad que debería pesarnos sobre los hombros y hacernos apagar la música o la de seguir tocándola y bailando con ellos a su son.
Yo no quiero bailar, ¿y tú?