Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Todos los veranos echo de menos en Moratalla un amplio, prolijo y cuidado festival de cultura, y no solo algunos actos aislados, conciertos de música o pequeñas exposiciones. El pueblo ya cuenta con enclaves naturales y urbanos dispuestos para la ocasión, entre los que destacan el Castillo, la Plaza de la Iglesia, el Casino  o el teatro Trieta.

Resulta inevitable un pequeño viaje en el tiempo, un salto a principios de la década de los ochenta, en que un grupo muy reducido de universitarios, que pasaban sus vacaciones en su tierra, decidieron proyectar unas jornadas culturales de una ambición inaudita en Moratalla hasta la fecha y con muy escasa ayuda oficial; con la inteligencia práctica de la juventud, el trabajo diario y otros pequeños milagros lograron poner en marcha una oferta cultural que afectaba al teatro, a grupos que vinieron al pueblo prácticamente subvencionados, como el Matadero, a películas que proyectamos en el nuestro cine como Novecento, las dos extensas partes del emblemático film, Calle mayor de Bardem, Ciudadano Kane  o algunos otros grandes títulos, entre otros muchos.

No faltaron tampoco charlas, conferencias y mesas redondas, en las que igual se hablaba de la historia del pueblo o se planteaba ya por aquel tiempo la viabilidad del camping de la Puerta con un plan de protección medioambiental  y un estudio socioeconómico; ni se dejó  a un lado tampoco la esfera de los certámenes literarios y pictóricos.

Recuerdo que el programa de ambos veranos fue muy apretado y extenso, porque yo impartía clases de latín durante las horas del día en los altos de la iglesia de la Asunción, me lavaba y cenaba con muy poco tiempo al término de la jornada y   enseguida nos reuníamos los cuatro miembros de un grupo que llamábamos Albanta en honor a una célebre canción de Luis Eduardo Aute del mismo nombre: las hermanas Lola y María Ángeles  García Soler, Enrique Ciller y un servidor para proyectar los actos del día siguiente, pegar los carteles correspondientes de publicidad aquella noche y tomarnos alguna caña si nos sobraba tiempo al principio de la madrugada. Por supuesto que, a pesar de nuestra evidente precariedad económica, propia de estudiantes sin presente y  con un futuro no muy claro, trabajamos con denuedo y entusiasmo aquel verano para ofrecer a nuestro pueblo los productos culturales de mejor calidad y de mayor solvencia sin obtener ningún tipo de recompensa económica a actcambio. Nunca la pedimos pero tampoco nos la ofrecieron.

Las dos campañas culturales constituyeron un éxito de público y no recuerdo que el Ayuntamiento sufriera pérdidas sustanciales, acaso los que más perdimos fuimos nosotros, pero nos compensó la pasión de nuestra amistad, el ajetreo de la preparación de los actos, las felicitaciones de muchos asistentes, aunque es posible que alguno tuviera un gesto de menosprecio, un ademán de desdén displicente al que nosotros nunca atendimos.

Hoy más que nunca Moratalla necesita un proyecto estival de cultura que atraiga el mejor público y que ofrezca a su ya reconocido turismo no solo el beneficio gastronómico, paisajístico y climatológico indudable, sino también y al mismo tiempo la música, el teatro, el cine, la cultura y el debate de mayor prestigio, la reflexión y el arte de élite, la palabra reputada de los mejores y las ideas escogidas de los ilustres.

No es una fórmula original, porque hace años que lo están haciendo en diversos lugares del país, en entornos escogidos y con el presupuesto y el personal necesarios.

Moratalla también lo merece.