Ya en la calle el nº 1032

Cuestión de tiempo (por Francisco Martínez López)

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FRANCISCO MARTÍNEZ LÓPEZ

Que gran paradoja la del tiempo. Un empleado sueña con el tiempo libre, sin embargo, un parado no tiene otro pensamiento que el de ocupar su tieReloj de arenampo, incluso hay parados que ya sólo disponen de tiempo, un tiempo precario, inestable y fugaz como el empleo que perdieron un día cualquiera. Hubo un tiempo no muy lejano en el que se imponía la cultura del ocio y ahora que el paro nos desangra el ocio se ha convertido en una penosa imposición, un tributo que hay que pagar por haber perdido el tiempo. Nos hemos pasado el tiempo intentando encerrarlo en una esfera de cristal o en un reloj de arena, observando, grano a grano, como nos devora como la carcoma. Se sabe que el tiempo tiene menos que ver con la distancia que con el sentimiento, ¿cómo va a ser igual el tiempo del amor que el que se emplea en esperar a la persona amada? Un misterio el tiempo. A algunos nos gusta perderlo, porque sabemos que el tiempo siempre vuelve como un perro en busca de su amo. A otros les gusta ganarlo, pero el tiempo es un viejo truhán que siempre guarda un as en la manga. En realidad el tiempo es un asesino, un exterminador que anda suelto desde el principio de los tiempos. Muchos quieren eliminar a ese asesino y hablan de matar el tiempo, incluso hay deportes en los que se pide un tiempo muerto, sin embargo, es preferible dejarlo morir en nuestros brazos. El tiempo es esa dimensión en la que se almacenan nuestros recuerdos, todos esos instantes tan breves que no terminaron de ser presente cuando ya eran pasado, sin embargo, una vez perdidos no hay nada que se pueda hacer para recuperarlos, por eso, quién pudiera disponer de un minuto más para poder despedirse de un ser querido, para dar a nuestro padre ese abrazo que por pudor nunca dimos, para besar una vez más a la mujer amada, quién pudiera recuperar siquiera un segundo para ver un último amanecer o el penúltimo ocaso. Creo que por eso siempre me gustó más el horario de invierno, porque nos regala sesenta minutos, toda una hora, nada más y nada menos, es como si los dioses nos regalasen una prorroga para poner nuestras cosas en orden y darnos la oportunidad de hacer todo aquello que debimos haber hecho. Aprovechemos ahora que todavía queda arena en el reloj.

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