Pedro Antonio Martínez Robles

Había en mi casa en la década de los 60 y aun en la de los 70 un importante número de cubiertos de alpaca que procedían de la época de la fonda. Me acuerdo con absoluta fidelidad de la sensación que me producía abrir uno de aquellos pesados cajones del robusto aparador donde, primero mi abuela y después mi madre, los guardaban clasificados en sus compartimentos: cucharas, cuchillos, tenedores, cucharillas… Aún conservamos en mi casa materna parte de esa cubertería ancestral y todavía guardo en mi casa de ahora, como una reliquia, la cuchara y el tenedor que mi abuela María mandó grabar con mis iniciales cuando yo era un crío y empecé a valerme solo en el menester de la alimentación, no sé si con el objeto de estimularme o de premiarme. De cualquier manera, aquellos cubiertos que sobrevivieron a los tiempos de la fonda, fueron, durante mucho tiempo, los utensilios que se usaron en mi casa para comer, hasta que, poco a poco, acabaron siendo sustituidos por otros más modernos, más llamativos, pero mucho menos consistentes –eso lo fui descubriendo más tarde–. Aquella cubertería a la que el tiempo iba cubriendo con una pátina cetrina mi madre la fregaba con una arena blanca y finísima que alguna vez me envió a buscar a las faldas del Cabezo del Angular. La arena, mezclada con algún detergente de la época y aplicada con estropajo de esparto, parecía obrar milagros en los cubiertos que, aunque no lograba devolverles el esplendor primario, sí alcanzaban una decencia más que suficiente para ser presentados de nuevo a la mesa en la siguiente comida. Aquello era, sin duda, un recurso de pobres, porque ricos en recursos de pobres éramos entonces casi todos.

Yo he vivido en una época suficiente como para presenciar la vertiginosa transformación de tantas cosas que, rememoradas hoy, me va pareciendo increíble que hayan podido sucederse en tan corto espacio de tiempo. Hemos pasado de sumar, restar y multiplicar con lápiz, papel, cabeza y dedos, a las calculadoras electrónicas que nos permiten realizar las operaciones aritméticas más engorrosas con solo mover la yema de un dedo. Hemos pasado de abrir los cerrojos de las puertas con herrumbrosas y pesadas llaves, y en ocasiones con la ayuda del hombro, a hacerlo con un mando a distancia, o detectados con nuestra sola presencia, o con un golpe de voz, como en la ocurrente y caduca película de Alí Babá al grito de “¡Ábrete Sésamo!”. Hemos pasado de ir caminando al colegio, al trabajo o a la cafetería, a la vuelta de la esquina, a ser llevados y traídos en automóviles cada vez más sofisticados a los que ya no les queda tanto para que nos trasladen a cualquier parte con una sola instrucción de voz. Hemos pasado de levantarnos para encender o apagar el televisor o cambiar de canal, a enviar al aparato las órdenes inalámbricas tumbados en el sillón relax. Hemos pasado de lavar la ropa a mano y tenderla en las terrazas a meter la colada en lavadoras y secadoras automáticas. Hemos pasado de fregar la cubertería con arena a hacerlo en modernos y cómodos lavavajillas… Y todo eso está bien. ¡Claro que está bien! Pero yo me pregunto si alguna vez, una circunstancia extraordinaria que no seamos capaces de manejar, nos privara de todos esos avances, ¿sabríamos encontrar en algún rincón de nuestro pensamiento el auxilio de alguno de esos recursos que tan lejanos y obsoletos vemos hoy y que con tanta naturalidad aplicaban en su quehacer diario nuestros mayores? No sé… No sé…

 

 

21 de octubre de 2019