Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

No estábamos todos pero tampoco faltábamos tantos: Paco, Susi, Ginés, Ludeña, Ramírez, Blázquez, Mari Dora, las dos Juana Mari, el Tomi, el Pedro Juan y un servidor, y el recuerdo de algunos otros a los que aludimos constantemente porque habían pertenecido a aquel tiempo del ancestral BUP en Caravaca. Cuarenta años después nos reuníamos, tras algunos intentos infructuosos, para celebrar lo que se celebra en estas ocasiones, no tanto que habíamos estudiado juntos a mediados de los años setenta, sino que seguíamos vivos y coleando, con ganas de juerga, dispuestos a comer reunidos, al cabo con el pretexto de las fiestas un día del Santísimo Cristo del Rayo, en un restaurante de Moratalla  donde se come bien y a buen precio, Montebenámor.

El éxito de una reunión así es no hablar apenas del presente, porque cada uno ha seguido una estela distinta, con más o menos éxito, con mejor o peor fortuna, con el trabajo que había deseado desempeñar siempre o con cualquier otro que necesitaba para seguir viviendo y podría hacer balance de esas cuatro décadas de un modo diferente, con unos resultados más o menos positivos. No conmemorábamos la fortuna de nadie, sino la nostalgia de unos años que no volverán nunca.

Allí estábamos para rememorar de nuevo la ceremonia de la amistad y el prodigio del tiempo. Si éramos algo, tendríamos que seguir siendo los de siempre, con los apodos, las viejas anécdotas, los pequeños fracasos, algún amor secreto contrariado y también algún triunfo amoroso evidente, con los fantasmas de los viejos profesores que habíamos compartido, la fatiga de aquellos madrugones del setenta y seis en los inviernos helados de Moratalla y en los inviernos gélidos de Caravaca, las comidas comunales en las Fuentes del Marqués con los inefables bocadillos, de queso, de sobrasada o de tortilla de patatas, o en el Mesón Los Faroles del que salíamos hacia los futbolines del Manolo en plena Calle Mayor caravaqueña o en el propio patio del instituto, a la sombra y al resguardo de los altos árboles protectores.

Éramos entonces como una parvada de gorriones desorientados que buscaran con ahínco un lugar en el mundo, que por aquellos años era la casa de nuestros padres y el pueblo de Moratalla, no teníamos nada, no éramos nada, pero nos sobraban fuerzas, energía, ganas y juventud.

Catorce años no vuelven a cumplirse nunca  y lo peor es que por aquella época ni siquiera lo sabíamos. Disfrutábamos de la vida en el presente puro, atendíamos cada mañana soñolientos y tediosos a la melopea del profesor de turno, pero estábamos pensando en la calle, en la fiesta, en la muchacha que nos gustaba, empollábamos forzados unos días antes del examen y cuando llegaba el último día de junio, vaciábamos de golpe el disco duro de nuestra cabeza y nos volvíamos a casa ligeros y felices.

Ahora ya éramos otros y, sin embargo, no dejábamos de ser los mismos en el salón del restaurante donde estábamos comiendo. Por eso repetíamos las bromas de siempre, recordábamos los chistes antiguos, los insufribles apodos, mientas no dejábamos de jalar, porque, aunque habían pasado cuatro décadas, el buen apetito de la adolescencia no se nos había ido aún.

Recordar los mejores momentos con los amigos del pasado es un acto de felicidad indescriptible, porque la magia consiste en parar el tiempo y regresar a la dicha de nuestros primeros días de libertad, cuando empezaba todo y nos enamorábamos una vez al día y no parábamos de reírnos de cualquier cosa y de cualquiera, pues en eso se basa el misterio de la vida, en compartir los momentos de júbilo y en rememorar los que de una forma irremediable ya han pasado.

Es posible que nos cueste un poco de trabajo, pero intentaremos repetir el año que viene.

Ha merecido la pena.