JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

En 1984, con motivo de la edición de FITUR de aquel año, los bandos moro y cristiano desfilaron por las calles de Madrid, desde la Puerta del Sol a la Plaza Mayor, donde se celebró el Parlamento y posterior batalla que en aquella ocasión no ganaron ni unos ni otros, sino Caravaca.

Se trataba no sólo de promocionar Caravaca y la Comarca Noroeste de la Región, sino la Región misma en el corazón de España y, para ello ningún escenario mejor que la capital del Reino en el escaparate en el que anualmente se convierte la ciudad con motivo de la Feria Internacional del Turismo (FITUR), cuya edición número 37 acaba de concluir este año.

Era presidente de la Comunidad Autónoma Andrés Hernández Ros y consejero de turismo el cartagenero Enrique Escudero de Castro. En Caravaca ocupaba la alcaldía Pedro García-Esteller Guerrero, presidía la Cofradía de la Stma. Cruz como su hermano mayor José Moreno Martos, y ocupaba la Secretaría de Festejos Juan Montoya Rico. Eran presidentes del bando moro y del cristiano Manolo «Mané» y Antonio Martínez-Iglesias respectivamente; y reyes moros José Luís Robles y Paquita Sánchez; y cristianos Eusebio López Navarro y Victoria López Saluela.

La Consejería de Turismo se ocupó de los gastos del desplazamiento, no sólo del personal sino de la infraestructura necesaria, y once autobuses partieron de la Gran Vía caravaqueña, a las cuatro de la tarde del 31 de enero con todo lo necesario para «tomar Madrid» al día siguiente. La organización (coordinada por el Alcalde y el Hermano Mayor), había puesto en aviso con antelación al restaurante «Juanito» de La Roda, para que no les cogiera de sorpresa la parada técnica que a eso de las siete se produciría en aquel lugar; y todo allí estuvo dispuesto para atender a los viajeros en muy corto espacio de tiempo.

La llegada al «Hotel Chamartín» de Madrid, donde se alojó el grueso del grupo, y la distribución de las habitaciones fue ágil. La gente, tras la cena, se desperdigó a vivir la noche madrileña y hasta hubo quienes no durmieron, pero todos estuvimos en nuestros puestos a la hora indicada del día siguiente.

A quienes se nos encomendó acudir a las citas convenidas por la organización con las emisoras de radio, tuvimos que madrugar aquel primer día de febrero, pero cumplimos puntualmente con la cita, y nos hicimos presentes en los programas matinales de las ocho de la mañana, en emisoras como COPE, SER y Radio Nacional, invirtiendo el resto de la mañana en acudir a otras emisoras de cobertura local en Madrid y su comunidad autónoma.

El almuerzo se sirvió en el hotel, como el resto de las comidas, y el aparcamiento en superficie de la estación de Chamartín se habilitó como «festódromo» improvisado para un ensayo general a media tarde, gracias a la gestión de Miguel Álvarez Velasco. Paulatinamente se fueron incorporando las bandas de música que viajaron desde sus lugares de origen a Madrid a lo largo de aquella mañana. Al anochecer, la caravana de autobuses, con todo el personal en perfecto estado de revista festera, se puso en marcha en dirección a la Puerta del Sol, desde donde partió el desfile, a las 19.30, por las calles Mayor y Ciudad Rodrigo, hasta llegar a la Plaza Mayor.

Encabezaba el desfile una representación de los tamboristas semanasanteros de Moratalla y Mula, a quienes siguieron las cábilas moras y grupos cristianos con sus reyes, cual si de un cuatro de mayo se tratara.

Como en Madrid cualquier cosa puede suceder, para muchos aquello no era sino el rodaje de una película sin nombre. Para otros un vistoso desfile y, para los más, conocedores del evento a través de los medios de comunicación locales, la presencia en la capital de los moros y cristianos de Caravaca. La organización se había ocupado de comunicar el evento, con antelación, a los caravaqueños residentes en la capital, para su posible asistencia y la de sus vecinos y amigos. Y entre unos y otros no sólo se llenaron las calles del recorrido, sino también la amplia superficie cuadrangular de la barroca Plaza Mayor Madrileña.

Desde el balcón central de la «Casa de la Panadería» (dependencia municipal), las autoridades locales y autonómicas, acompañadas de concejales del ayuntamiento capitalino (en ausencia del alcalde Enrique Tierno Galván), presenciaron la entrada de ambos bandos, siendo todo narrado, a través de la megafonía, por el Cronista que esto escribe.

El Parlamento entre los reyes moro y cristiano fue interpretado con la mayor perfección y, al finalizar el mismo, como si de un atardecer de mayo se tratara, se entabló la batalla que, como antes dije, no ganaron ni unos ni otros, sino el pueblo de Caravaca. Cuando el cornetín de Pablo dio por terminada la contienda, nuestra Banda de Música interpretó el Himno a Caravaca que todos cantamos como de normal hacemos siempre, concluyendo así una jornada que muchos de los participantes aún recordamos emocionados.

En Caravaca se siguió el acontecimiento en directo gracias al denodado y entusiasta trabajo de la emisora local «Antena 3» que entonces dirigía en la ciudad Luís García Martínez, quien se las ingenió para lograr un balcón particular de una de las viviendas de aquella gran plaza.

El regreso fue apoteósico. En los autobuses se prolongó el entusiasmo durante todo el recorrido, en gran parte del cual nos acompañó la nieve. Y al llegar a Caravaca, un cohete anunció a la población de la llegada de la caravana.

Los Caballos del Vino tuvieron su espacio físico con stand propio en el Pabellón de Murcia de la Feria, la cual había inaugurado esa misma mañana el Vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra, en compañía del Ministro de Turismo Enrique Barón.

Treinta y un años no es mucho tiempo para que la memoria olvide, por lo que invito a quienes aquellos días fueron protagonistas de aquel acontecimiento irrepetible, a completar con sus propias vivencias y recuerdos, lo que el Cronista hoy ha esbozado muy resumidamente, por razones de espacio, abriendo las puertas al recuerdo comunitario.