Ya en la calle el nº 1053

Cuando el tiempo no es amigo

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Se va la tarde

Pepe Fuentes Blanc/Escritor

Se aleja la tarde salpicada de trazos de lluvia fina, se pierde entre la niebla convertida en jirones de pensamientos, en guiñapos de ideas que navegan a contracorriente. Me siento tarde. Tarde de octubre en medio de un estornudo de palabras sin forma que aguantan la espera para ser regurgitadas en el momento oportuno. Palabras quieren ser plenas de luz y de belleza, exentas de contenido tibio, amasadas con mimo entre salivas que enriquecen la vida y el lenguaje. Coloco dentro de ellas la esencia transformadora de la idea, la índole más acertada, la consecuencia inevitable de una libación hermosa cargada de buenas intenciones.

Si acaso remiendos le pongo a esta tarde aciaga. Pensaba que ya había aprendido a dejar correr el tiempo cuando el tiempo es incordio, cuando el tiempo no es amigo. Pero todavía me queda mucho por aprender. Cuando el tiempo no es amigo no hay nada que se pueda hacer. Mejor dejarlo estar. Mejor dormir. Deberíamos aprender a ser sueño, sueño inteligente sin relajar la guardia. El acecho es inminente, preparar las defensas es propicio. Si acaso, remiendos le pongo a la tarde.

Por fin me duermo tranquilo en el regazo de una noche fugaz, concilio de sueños ininterrumpidos que a la mañana llegan decididos y le quitan a la noche su mortaja. Tropel de silencios deambulando en la sorpresa de lo onírico. Nobles sueños entreverados, hartos de no esperar esperanza, decididamente hastiados. Amanecer se espera, pleno de luces y de amor y de colores llenado.

Al despertarme he escuchado a la calle. He roto mi pacto con el silencio y me he predispuesto, como otras veces, a la experiencia de una escucha activa sobre lo que pasa en la calle. Una vez más he sido derrota. Un día más he quedado sumido en un atolladero como de perros pertinaces empeñados en llenar de ruido las horas. Hoy no soy descanso; ni siquiera lo soy alejado de mi ventana cerrada. Cuando no soy descanso miro la vida como la mira el poeta —si acaso lo soy—. Siento cada instante como el poeta que traspone su laberinto de soledad

haciendo poesía, aunque no escriba versos. Todo poeta pasa, alguna vez, por una época determinada en que la poesía lo maltrata. La poesía nace primeramente del maltrato, de la crisis. Más tarde, si aprende, el poeta se precisa como degustador impulsivo de la belleza, aunque no escriba, aunque no encarne ideas. Y aunque no le lean. Poeta mecido en la vorágine. Eso soy.

Al atardecer de la vida, cuando me examinen del amor, solo espero decir verdades. Espero tener la oportunidad de exponer las secuencias de mi vida en las que he buscado la belleza. Espero que me permitan explicar que he convivido con ella. El amor es la más alta expresión de la belleza. Se va la tarde lóbrega, en lontananza se intuyen claros.

 

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